Viaje a Sicilia. Un diluvio en tierra hostil (III)

 

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Desde el parque, entre una cortina de agua, apenas era visible el entablamento del santuario. Vista del mismo en un día claro

Tras la apoteosis de Palermo, tocaba salir a descubrir la isla. Y nada más abandonar la ciudad se desató el diluvio. La lluvia era intensa, prolongada y pertinaz. Con el agravante de que la deforestación de la isla y la inclinación del relieve hacía que las carreteras y caminos parecieran cauces incómodos con piedras y tierra arrastrada. En las tierras llanas, charcos enormes inundaban las buenas parcelas de viñas y naranjos que encontrábamos en nuestro camino hacia Segesta.

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Los alumnos no se resignaron. Empapados de agua y de belleza contemplaron el santuario que luce así en los días claros 

El santuario dórico era un hito del día. ¿Qué hacer ante esta situación? La propuesta de la guía, compartida por mí, era ver el edificio dórico desde abajo y admirar lo que la colina dejaba ver, básicamente el entablamento. Pero nada pudo con el entusiasmo de la mayor parte de los alumnos. Con material inapropiado, paraguas de circunstancias y mucho ánimo ascendieron la colina y se empaparon de agua y de belleza. Estoy seguro que los dioses tomaron buena nota de su disposición y actitud. La llamada de la belleza griega, hecha piedra excelsa en Segesta, caló su cuerpo y su espíritu.

 

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Érice nos recibió hermético, iglesia incluida, en medio de una tormenta

La incomodidad nos acompañó a lo largo del día. La humedad continuó en el camino hacia Érice, el pueblo medieval situado encima de Trápani, en el extremo occidental de la isla, a 900 metros de altura. Una ventisca azotaba la montaña de Érice al llegar a la puerta de la población. Como la iglesia mayor estaba cerrada, pese a ser domingo, tuvimos que refugiarnos en un restaurante situado al pie de la larga calle que asciende hasta la plaza y el castillo.

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La subida hacia la plaza mayor no estuvo exenta de dificultad, entre lluvia y viento

Aprovechando un momentáneo claro, subimos calle arriba buscando refugio y cobijo. Poco pudimos ver. Solo un impecable empedrado convertido en un río que dificultaba la subida. El comedor del restaurante, convertido en improvisado espacio con botas y chubasqueros junto a la chimenea, fue templando los cuerpos humedecidos. También contribuyó a ello la sopa, el couscous de pescado y el pastel del postre.

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Una paradita en lugar estratégico, hasta que escampe

La penosa subida desde Trápani, apenas entrevista entre la lluvia, se convirtió en una bajada peligrosa, pero muy hermosa en sus vistas. Los tonos del Mediterráneo, los límpidos verdes de la vegetación y las salinas próximas a Trápani ofrecían un conjunto admirable. Menos mal que Enzo, nuestro chófer, ofrecía profesionalidad, seguridad y confianza.

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Mientras unos admiran la plaza, otros buscan ansiosos el restaurante

Eso salvó una tarde aciaga en la que las tres horas largas de viaje hasta Agrigento, recorriendo la costa occidental de Sicilia, nos permitieron apreciar una tierra fértil e inundada, unos ríos desbordados y unas carreteras maltrechas.

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La chimenea y el  couscous de pescado hicieron recuperar al grupo el calor del cuerpo y del espíritu

Ya de noche llegamos a Agrigento. Tras dejar las maletas en el hotel situado a orillas del mar, junto al puerto, María Luisa y yo tuvimos la oportunidad de acercarnos a misa en una capilla situada muy cerca. La misa vespertina de la siete de la tarde fue concelebrada por dos sacerdotes jóvenes. La feligresía, no muy numerosa, la constituían personas mayores y matrimonios, algunos de ellos relativamente jóvenes. La participación fue buena, con lecturas de los fieles, cantos y folleto de las ediciones paulinas para seguir la liturgia. Una misa tranquila, sentida y participada con despedida personal de los sacerdotes a cada uno de los fieles allí congregados.

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Impertérrita, la iglesia de Érice nos despide hasta una nueva ocasión

Tras la cena, a dormir. No fue precisamente un gran día artísticamente hablando. En el programa era de transición, pero no teníamos previsto que fuera literalmente pasado por agua.

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