Viaje a Sicilia. El estilo árabe-normando (II)

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Portada de la catedral de Monteale

Tras la noche, con movida musical incluida, amanece con tiempo frío pero soleado. La visita la comenzamos por Monreale, a escasos siete kilómetros de Palermo. Se trata de aprovechar el menor tráfico y poder ver la catedral de Santa María la Nueva en las mejores condiciones. Estamos casi solos y con la ayuda del pinganillo todo se desarrolla en perfecto orden.

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Comenzar por Monreale tiene un inconveniente. Es tan grande su categoría, que todo lo demás parece cuestión menor. Pero también una ventaja, expresada por los alumnos con admiración: su visita, contemplación y deleite justifican el viaje.

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El grupo sigue absorto las explicaciones de la guía

Esta dinastía normanda merece capítulo aparte en la historia de Sicilia. Aportaron tolerancia, innovación política y administrativa y un gusto exquisito por el arte. Monreale es todo suntuosidad, elegancia y esplendor, con el mosaico convertido en biblia en piedra como elemento dominante.

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Vista general del claustro adosado a la catedral

¡Qué viveza de imágenes, dominio del color y riqueza de oros y mármoles! Resulta casi milagroso que haya llegado a nosotros en condiciones casi intactas. Suelo, paredes y bóvedas reflejan como el primer día el mundo en el que fueron concebidas y afortunadamente solo han sufrido pequeños añadidos que apenas han variado la fisonomía del conjunto.

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Los alumnos pasean por el interior del claustro

Todo el esplendor de los mosaicos interiores se vuelve austeridad en el exterior. Tanto la logia que da a la plaza del ayuntamiento, con sus elegantes arcadas del quattrocento, como las torres de defensa y los muros bajos, saeteras incluidas, indican bien a las claras su respectiva misión.

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Plaza de Monreale, con el ayuntamiento en primer término

Tras un relajado café en los bares de la plaza, iniciamos el descenso hacia Palermo, tan cerca en el espacio y con intereses y objetivos tan distintos. El palacio real reúne buena parte de la historia de Sicilia en el medievo y la época moderna. Hoy sede del parlamento regional, los medios de seguridad se endurecen, detector de metales incluido. Una vez en el interior nos interesan dos piezas sobre el resto: la capilla palatina y el patio de los virreyes.

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Vista del Patio de los Virreyes, situado en el Palacio Real

 

 

 

 

 

 

 

Esta capilla es otro ejemplo inmortal del estilo árabe-normando. De nuevo el fulgor de los mosaicos y el oro brillan por doquier. Y afortunadamente también, solo algunos elementos han sido modificados. Con mucha razón, el conjunto de piezas de Palermo y Monreale ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. El patio de los virreyes es un imponente conjunto del siglo XVI, similar a los existentes en otras muchas zonas de España. El ejemplo más arquetípico, tal vez, de la presencia española en la isla.

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Interior de la Capilla Palatina con sus espléndidos mosaicos

Tras la comida en un restaurante de la ciudad, el autobús nos conduce a la catedral. Toda la emoción que la catedral de Santa María produce por el exterior, con sus arcos entrelazados, torres a los pies y hermosos ábsides, que definen claramente el estilo ya conocido, se vuelve frialdad académica en un interior radicalmente reformado en el último barroco, convertido casi ya en neoclásico.

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Vista del exterior de la catedral de Palermo y el palacio arzobispal

Y no le falta interés ni a la cúpula ni a la solución interior, incluida la tumba de Santa Rosalía, una riquísima urna de plata maciza, obra maestra de la plateria siciliana del siglo XVII.

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Todo el esplendor barroco es poco para honrar a Santa Rosalía, patrona de Palermo

El deambular por el caso histórico de Palermo nos lleva a la plaza próxima, con la estatua de Carlos V con todos los títulos de su imperio; al decadente esplendor de la propia plaza, llena de elegantes y desvencijados palacios barrocos; los Quattro Canti, apoteosis de la monarquía hispana representada por los virreyes más temidos que amados; la escenografía barroca de la fuente del ayuntamiento que en su dimensión asfixia la propia plaza; el esplendor y el lujo de barroco religioso palermitano, representado en la iglesia de los teatinos, con sus columnas monolíticas, su techo lleno de estucos y pinturas, y sus capillas de mármoles taraceados.

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Detalle del mármol taraceado, típico del barroco palermitano

Pero con ser mucho lo visto, todavía nos queda una sorpresa para finalizar. Aprovechando el comienzo de la temporada de ópera, sugerí la posibilidad no de ver el teatro Massimo, dedicado a Verdi, sino de asistir a la ópera Macbeth que teníamos en cartel. Tras muchos avatares, Laura, nuestra eficaz guía, nos consiguió entradas para el día 26, una vez dada la vuelta a la isla. Allí estaremos, si Dios quiere.

 

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El Teatro Massimo engalanado para la inauguración de la temporada de ópera

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