Andanzas sicilianas

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Vista del templo dórico de la Concordia en Agrigento

La UPNA puso en marcha desde el curso 2001-2002 un título propio, denominado Diploma en Humanidades y Ciencias Sociales, dirigido a las personas mayores de cincuenta años, que ha sido un éxito y goza de excelente salud. Casi desde su inicio, por invitación de la Universidad, imparto la materia de Arte Antiguo y Medieval, un cuatrimestre en el que procuro que los alumnos aprendan disfrutando y que lleguen a gustar el arte, un ámbito del saber que les hará pasar tan buenos ratos en la etapa en la que se encuentran. Como además viven en Navarra, un espacio artístico privilegiado en el que a no más de cincuenta kilómetros de su casa pueden disfrutar de obras artísticas de primer nivel, he procurado completar las clases teóricas con salidas in situ a diversos lugares emblemáticos para contemplar dichas obras. Creo que todos disfrutamos y que la experiencia es muy positiva.

 

Pero también a mi me ha llegado la jubilación, y ahora dispongo de más tiempo para hacer cosas que antes me resultaban imposibles. Por eso, desde hace tres años, el cuatrimestre termina con un viaje de fin de curso a lugares especialmente significativos. En los dos últimos años el país visitado ha sido la Grecia continental. Con frío, pero casi solos, hemos podido admirar la Acrópolis de Atenas, Micenas, Olimpia, Delfos o Meteora,

Este año, hemos elegido otro destino. Y pocos lugares tan apropiados para disfrutar de arte griego, romano, románico en su vertiente árabe-normando y gótico como Sicilia, la Magna Grecia de los textos clásicos, sin contar el renacentista y barroco, que lo verán en años sucesivos. Así que el 20 de enero, a las cinco y media de la mañana y a cinco grados bajo cero, salíamos del Aulario de la UPNA hacia Palermo, vía Barcelona. Imposible resumir todo el contenido del viaje en unas pocas líneas. Pero los siete intensos días nos permitieron conocer lo más granado de la isla. Palermo, la hermosa, caótica y desvencijada capital de la isla; Monreale, donde la gran catedral de Santa María la Nueva, recubierta de mosaicos, ha quedado varada en el tiempo cobijando lo más selecto de una época de verdadero esplendor; Segesta, donde la lluvia y la belleza llenaron a partes iguales el cuerpo y el espíritu de los cincuenta miembros del grupo; Agrigento, con un valle de los templos abierto casi exclusivamente para nosotros en una radiante mañana; Villa Casale, con sus impresionantes 20.000 metros cuadrados de mosaicos romanos en la mansión más completa de todo el imperio; Catania, la ciudad oscura y barroca, varias veces reconstruida tras los terremotos; Siracusa, donde acariciamos las columnas dóricas del templo griego, hoy convertido en la catedral cristiana; Taormina, donde evocamos a Edipo Rey en el teatro grecorromano, con el Etna al fondo; el estrecho de Mesina, con la punta de la bota de la Italia peninsular al otro lado; la Cefalú medieval, con una catedral donde el Pantocrator bizantino reina en su hierática belleza; para volver de nuevo a Palermo, disfrutar de una memorable sesión del Macbeth de Verdi en uno de los coliseos operísticos más espectaculares de Europa, el teatro Massimo, para recorrer después callejuelas y rincones inolvidables en su decrépita hermosura.

Y todo ello, con buen ánimo, compañerismo, sin incidentes mayores y la suerte de contar con un buen chófer y una excelente guía. Y Sicilia, ¿cómo está? Mejor que la última vez que la visité hace ya diez años, pero todavía renqueante y perezosa. Las infraestructuras dejan mucho que desear, y eso que vive básicamente del turismo, las autopistas no merecen tal nombre, el cuantioso patrimonio ha mejorado pero sigue desvencijado, y el recelo hacia el norte y el gobierno central se mantiene inalterado. Pero, pese a todo, Sicilia es un destino inmejorable, que recomiendo vivamente.

Sólo espero y deseo que no sea verdad el veredicto del Principe de Salina en el Gatopardo de Lampedusa, cuando en 1860 declina ante el representante del gobierno formar parte del Senado del nuevo reino. “En Sicilia no importa hacer mal o bien, el pecado que nosotros los sicilianos no perdonamos nunca es simplemente el de “hacer”. Somos viejos, Chevalley. muy viejos. Hace por lo menos veinticinco siglos que llevamos sobre los hombros el peso de magníficas civilizaciones heterogéneas, todas venidas de fuera, ninguna germinada entre nosotros, ninguna con la que nosotros hayamos sintonizado. Somos blancos como usted. Chevalley, y como la reina de Inglaterra; sin embargo, desde hace dos mil quinientos años somos colonia. No lo digo lamentándolo: la culpa es nuestra. Pero estamos cansados y también vacíos”. Un diagnóstico tan pesimista como realista, que a principios del siglo XXI conserva su parte de verdad.

Diario de Navarra, 9/1/2017

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