Los paisajes de Navarra

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Nuestra Comunidad es una tierra, en general, bien estudiada en los ámbitos de la historia, la geografía, el arte o la etnografía. A los nombres señeros de los grandes estudiosos que crearon escuela -José María Lacarra y Ángel J. Martín Duque, Alfredo Floristán Samanes y María Concepción García Gaínza, a los que habría que añadir José Miguel de Barandiarán, Julio Caro Baroja y José María Jimeno Jurío-, se unieron en los años ochenta un grupo de autores que divulgaron dichos conocimientos y los hicieron accesibles a una buena parte de la ciudadanía. Fue la época de los libros en fascículos editados por la CAN y por el Diario de Navarra, y de textos bien conocidos sobre naturaleza, ecología, paisaje y parques naturales en los que se repiten los nombres de Jesús Elósegui, Fernando Pérez Ollo y Fernando Redón, entre otros.

Ahora bien, si yo tuviera que escoger tres nombres que han descrito como nadie el paisaje navarro, no dudaría a la hora de la elección. Se trata de tres personas con ideologías y trayectorias vitales bien distintas: José Javier Uranga, Víctor Manuel Arbeloa y Javier Pagola. Del primero destacaría sus artículos a lo largo de muchos años en el Diario y su hermoso Bardenas Reales. Paisajes y relatos, completado con la vigorosa paleta de César Muñoz Sola. Del segundo, es preciso recordar sus seis volúmenes Por Navarra, la colección de apuntes sobre pueblos y paisajes más completa de las publicadas en nuestra tierra, con la ventaja, además, de que el autor amablemente permite descargarlos desde su activo, interesante y variado cuaderno de bitácora.

El más joven de los tres es Javier Pagola, periodista bien conocido por sus muchos años en Radio Pamplona, donde con voz recia, austera y comprometida ejercía una encomiable tarea profesional, atento a las novedades de todo tipo que surgían en la plural e inquieta Navarra de la transición. Pero Javier era y es también un hombre que conoce su tierra como la palma de la mano, y que en su emisora proponía salidas, sugería itinerarios y glosaba enclaves rurales y urbanos con atinados y bellos apuntes.

Hace unos años, en 2008, el Gobierno de Navarra publicó su libro Navarra por mil caminos, un logrado y sólido volumen bellamente editado, del que se han hecho varias ediciones en castellano, además de en euskera e inglés. El libro es una sucesión de apuntes donde la descripción del paisaje, el dato histórico, la valoración artistica o la interpretación etnográfica se dan la mano en un todo que realza cada uno de sus ámbitos. En suma, uno de los textos que mejor reflejan ese microcosmos rico y plural en el que vivimos.

Ocho años después, el Gobierno de Navarra acaba de publicar Conocer y contemplar. Los paisajes de Navarra. Aunque el espíritu es el mismo, el texto recientemente editado presenta algunas novedades dignas de ser subrayadas, que paso a comentarles.

A mi juicio, la primera y principal es un largo texto, a modo de ensayo, titulado El paisaje en el tiempo, que constituye la primera parte del libro. Fruto maduro de un lector experimentado y un humanista ejerciente, el texto rezuma conocimiento, reflexión, visión de conjunto y mirada limpia. Ama su tierra y destaca sus virtudes, sin obviar los peligros que la acechan y los errores cometidos. Su reflexión termina así: “El paisaje somos nosotros, el paisaje es nuestro espíritu. Para bien o para mal lo ha construido la intervención humana. Ya no queda paisaje natural, ni siquiera en la alta montaña. Intervenir es preciso, acertado a menudo, pero la contemplación nos hace sabios. Hombres y mujeres no pretendemos ya ser la medida de todas las cosas, sino los inquilinos que habitan por un tiempo y con cuenta de no alterar demasiado, esta casa que ocupamos por derecho pero donde estamos como de prestado”.

El libro tiene una triple dimensión: literaria, gráfica y auditiva. Los 52 paseos propuestos, 13 para cada estación, conforman la segunda parte del libro. Son textos breves, en su mayoría procedentes de los apuntes radiofónicos. Resultan sugerentes, están pulcramente escritos y muy bien documentados, con asidua presencia de elementos filológicos y etnográficos que los enriquecen. El aparato gráfico lo componen una foto a todo color relativa al paisaje glosado, y acuarelas y dibujos que le dan el aire de un cuaderno de campo. Finalmente, un CD con una serie de textos en castellano y euskera recupera el calor de la palabra hablada, envuelta en el aroma familiar que Pagola sabe transmitir.

Finalmente, el libro es enteramente bilingüe, está editado con primor y su precio es asequible. No es por causalidad que esté en cabeza de los libros más vendidos en Navarra en los dos últimos meses. Se lo merece.

Diario de Navarra, 26/1/2017

 

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