Menos héroes y más ciudadanos

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“Esfuerzo eminente de la voluntad y de la abnegación, que lleva al hombre a realizar hechos extraordinarios en servicio de Dios, del prójimo o de la patria”. Esta definición, que tal vez merezca una revisión, es la primera acepción de “heroísmo” contenida en el diccionario de la RAE. De los tres ámbitos que la definición señala, les propongo que nos fijemos en el tercero, el heroísmo en favor de la patria, normalmente unido, aunque no necesariamente, al mundo militar. Sobran ejemplos de todo ello, ya que el mundo del cine, sobre todo en estas fechas, nos ofrece ejemplos paradigmáticos.

Como pueblo lamentablemente curtido en mil batallas y creador de uno de los grandes imperios de la historia, los soldados españoles han protagonizado un sinnúmero de hechos memorables. Desde las gestas de las guerras contra los romanos, hasta llegar a la guerra civil, pasando por la etapa medieval, las gestas de la conquista y colonización de América, los tercios de Flandes, la guerra de la independencia, las guerras carlistas, el fin del imperio y los tristes episodios de la guerra de África. En casi todos ellos, los soldados, fueran de reemplazo, profesionales o de fortuna, pusieron el valor y la vida y estuvieron muy por encima de gobernantes y jefes militares. Para muchos de estos episodios sigue teniendo validez el famoso verso 20 del Cantar de Mío Cid: “¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!”.

Estas ideas me rondaban por la cabeza el lunes por la noche a la salida de la película 1898. Los últimos de Filipinas, que acababa de ver en el cine: un episodio memorable en sí mismo, menor en el transcurso de la guerra, y absolutamente absurdo en el contexto en el que se desarrolló. Los hechos sintéticos fueron los siguientes: Un destacamento de 60 militares españoles, al mando del teniente Martín Cerezo, se refugió en la iglesia de San Juan de Baler, en la isla de Luzón (Filipinas) y fue sometido a un asedio que duró 337 días, desde el 30 de junio de 1898 al 3 de junio de 1899. Desde diciembre de 1898, con la firma del tratado de Paz de París entre España y los Estados Unidos, se ponía formalmente fin a la guerra y España cedía la soberanía a la nueva potencia. Durante seis largos y durísimos meses, el teniente Martín Cerezo se resistió a entregar la plaza dudando de la veracidad de los hechos, hasta que convencido de ello por una noticia menor se entregó a las autoridades filipinas, que aceptaron unas condiciones honrosas de capitulación y permitieron con honores su repatriación a España. La lista de muertos y heridos por parte de los revolucionarios filipinos ascendió a 700, mientras que de los españoles, 15 murieron de beri-beri o disentería, 2 lo hicieron por heridas de combate -uno de los cuales fue el soldado de segunda Julián Galbete Iturmendi, natural de Morentin (Navarra) que falleció debido a las heridas el 31 de julio de 1898-, 6 desertaron y 2 fueron fusilados por intento de deserción.

El sitio de Baler ha merecido dos películas españolas de signo bien distinto. La primera, de 1945, en pleno franquismo, es un canto inequívoco al valor, el honor y el heroísmo visto desde una rígida y tradicional disciplina castrense de amor a la patria. La segunda, la estrenada estos días, presenta un perfil menos unívoco y se presta a variadas interpretaciones.

Dejando al margen los valores cinematográficos de la película, que a mí personalmente me gustó mucho por la ambientación, la recreación histórica y la buena interpretación de los actores, ¿qué visión nos da de los hechos?, ¿triunfo, mito, honor, heroísmo, desastre, absurdo, traición, triste realidad? Todos estos ingredientes y algunos más aparecen en el filme. Un teniente que, pese a su humanidad demostrada y su sentido del honor, hace de la ordenanza su regla de vida, aunque ésta se dé de bruces contra el sentido común. Otro teniente médico que, acostumbrado a tratar de salvar vidas en condiciones difíciles, es partidario de capitular, no discute la jerarquía, pero se muestra comprensivo con todos, incluso con los desertores. Y una serie de soldados de reemplazo, verdadera carne de cañón procedente de las clases más humildes, cuyas familias no disponían de las 2000 pesetas necesarias para impedir su enrolamiento en el ejército, que se debaten entre su deseo de vivir, su amor por una España que los ha dejado abandonados y el absurdo de una situación para la que no encuentran explicación.

Estoy, por supuesto, mucho más cerca de la segunda visión que de la primera. Respeto el valor y el heroísmo, pero desearía para el presente y el futuro de mi país, que es España, que nadie fuera inmolado en el altar de la patria. En definitiva, menos héroes y más ciudadanos. De aquéllos, ya hemos tenido suficientes a lo largo de la historia.

Diario de Navarra, 30/12/2016

 

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