Renoir íntimo

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El paseo, 1870

Una visita a Madrid siempre plantea alicientes. Algunos amigos que aprovecharon el puente de Todos los Santos vinieron sorprendidos de la cantidad de visitantes que encontraron en monumentos, museos y exposiciones. Lamentablemente es el peaje que hay que pagar por visitar la Villa un fin de semana especialmente frecuentado. Pero siempre existen fórmulas para aminorar las colas y evitar aglomeraciones. Las tres más socorridas, si de un puente festivo se trata, son hacerse amigo del museo en cuestión, con las ventajas adicionales que esto tiene si la visita va a ser frecuente; proceder a la compra on line, cada vez más sencilla y conveniente para asegurar la entrada; y aprovechar los horarios menos frecuentados, que siempre son de dos a cuatro de la tarde.

Tuve la oportunidad de disfrutar de una visita en familia el pasado fin de semana. Y aunque literalmente estuvo pasado por agua, eso no nos impidió disfrutar de algunas exposiciones inolvidables. Se acercan unos días especialmente festivos. El 3, el 6 y el 8 de diciembre son fechas señaladas en el calendario foral y el puente invita al viaje, actividad altamente recomendable siempre que se pueda. Y como serán muchos los navarros que visiten la capital de España en las próximas fechas, me permito aconsejarles algunas exposiciones, en el bien entendido de que todas les harán disfrutar en mayor o menor medida. Hay mucho y bueno donde elegir. Además de las colecciones permanentes, que siempre merecen una visita, el Museo del Prado nos ofrece dos especialmente notables: Ribera. Maestro del dibujo y Maestro Mateo en el Museo del Prado. El Palacio Real, además de la espectacular Armería, nos presenta El Retrato en las colecciones reales. De Juan de Flandes a Antonio López. CaixaForum, la titulada Los pilares de Europa. La edad media en el British Museum. Y la Fundación Mapfre, Los Fauves. La pasión por el color. Pero si hay una que, por su calidad, su interés, y su planteamiento les recomiendo especialmente es Renoir. Intimidad, ubicada en el Museo Thyssen-Bornemisza.

La exposición Renoir. Intimidad es una muestra retrospectiva dedicada a Pierre Auguste Renoir (1841-1919). A través de 78 obras autógrafas, realizadas a lo largo de seis décadas de trabajo, nos permite disfrutar y conocer su evolución, desde su etapa pre-impresionista hasta sus pinturas finales fuertemente modeladas e influidas por la tradición clásica.

Está articulada en ocho salas y seis bloques temáticos: impresionismo, retratos, paisajes, escenas familiares y domésticas, y bañistas. En todos ellos, Renoir, conocido como el pintor de la alegría de vivir, crea escenas amables a veces cargadas de una fuerte sensualidad. Una sensualidad que se vincula con el placer de tocar las cosas hermosas de la vida. Los personajes de sus obras se tocan y las superficies de lo pintado empujan al espectador a aproximarse, a acariciar, a intimar. La pintura, decía el autor, debe “apresarte, envolverte, llevarte”.

Debo confesar que no toda la exposición me parece igualmente interesante. A una primera etapa, la más propiamente impresionista realmente magnífica, le sigue un distanciamiento del grupo y un progresivo éxito comercial y social que le llevaría a ser nombrado en 1900 Caballero de la Legión de Honor francesa. Justamente esa primera etapa, que se extiende hasta 1882, está representada por algunos de sus cuadros más memorables. En ellos destacan ya sus rasgos impresionistas: pinceladas rápidas, factura abreviada y nerviosa, intensidad cromática, búsqueda de la atmósfera, y permanente presencia de la figura, que es como se presenta él en las cuatro exposiciones del grupo impresionista en las que participa. “Lo que queríamos en nuestras pinturas en 1874 eran unos acordes alegres, vida sin literatura”.

Pese a su mala salud, el autor se mantiene en una evolución constante, que le llevará a buscar el ideal clásico, teniendo como fuente de inspiración la Afrodita de Cnido, Rafael, Velázquez o Ingres. Y ahí de nuevo las figuras, que nunca le habían abandonado, alcanzan una especial relevancia: los retratos y las bañistas son buena prueba de ello.

La exposición termina con una sala muy sugerente titulada “Un hermoso jardín abandonado”. Ha sido concebida como un espacio de intimidad donde, a través de sutiles referencias a los aromas, los sonidos y las texturas, el visitante pueda tener la vivencia de transitar por el jardín que Renoir pintó en Mujer con sombrilla en el jardín. Como él mismo decía: “Me gustan los cuadros que me den ganas de pasearme por ellos, cuando es un paisaje”.

Sea puntual con el horario, dótese -si es posible- de una audio-guía, abstráigase de la multitud, y déjese llevar por el placer de vivir. El goce está asegurado.

Diario de Navarra, 1/12/2016

 

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