Un estilo pastoral

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Vista parcial de los asistentes a la misa de acción de gracias

Ha sido un tópico, que tiene algo de verdad, señalar que en nuestros pueblos quienes mandaban, además del alcalde, eran el cura, el médico y el boticario. Esta estampa, por hablar de lo que nosotros hemos vivido, corresponde a una época histórica que corre paralela al franquismo. Con un nacionalcatolicismo que lo imbuía todo, desde el púlpito, el confesonario o la clase de religión, el cura dictaba la moral, dictaminaba las buenas o malas costumbres, influía en las relaciones familiares y marcaba conductas. Era, en definitiva, un guía y una referencia en la vida del pueblo.

Esta visión moralista de la religión, la mayoritaria en la época, conoció una crisis profunda con la llegada del Vaticano II. Y los curas de nuestros pueblos fueron en muchos casos la cara visible de la nueva etapa eclesial. Nuevos usos litúrgicos, nuevas relaciones con la feligresía, nuevas preocupaciones sociales, nuevas homilías y nueva visión de la figura de Jesús y de su Iglesia acompañaron un proceso rico, complejo y convulso en el que nos hemos movido en los últimos cincuenta años. El periodo fue acompañado de una crisis vocacional profunda, que supuso la secularización de un buen número de sacerdotes y la escasez de nuevas vocaciones, una progresiva presencia del laicado, todavía claramente insuficiente, y una reducción casi drástica de la asistencia a la misa dominical, que de ser mayoritaria ha pasado a ser minoritaria incluso en la otrora oficial y católica Navarra. Para completar esta visión de la Iglesia navarra hoy, añadiré que creo apreciar una involución en la última generación de sacerdotes, tanto en mentalidad como en apertura eclesial, respecto a la que desarrolló su tarea pastoral siguiendo la estela del Vaticano II, muchos de ellos ya en edad de jubilación a la que no pueden ni quieren acceder dada la escasez de vocaciones.

Dicho lo anterior, debo subrayar que aprecio mucho la tarea que los curas realizan en la sociedad secularizada de hoy. Una tarea que juzgo especialmente complicada. Ya no son los hombres socialmente importantes de antaño, ni los faros referenciales en la vida de nuestros pueblos, pero su trabajo y presencia siguen siendo importantes, ahora desde la modestia y el buen ejemplo de su compromiso y su vida. Los hay conservadores, volcados en el culto y los sacramentos, y me merecen respeto. Los hay más abiertos, sabedores de que la Iglesia debe acompañar y no imponer y me merecen respeto también. Y los hay quienes, al margen de su ideología, confunden vocación con profesión y parecen funcionarios más o menos cumplidores de una misión que tienen encomendada, y éstos me gustan menos. De todo hay en la viña del Señor.

Vivo en Oteiza desde hace 35 años y he tenido la fortuna de conocer a dos párrocos bien distintos, pero igualmente queridos por la población. La salida algo traumática de Enrique Moreno no fue bien vista por la feligresía, que removió Roma con Santiago para tratar de impedirla. Enrique salió físicamente, pero permaneció en el corazón de los oteizanos que vieron en él una persona sencilla, trabajadora y honesta que era uno más entre los suyos.

Hace casi 20 años llegó Ángel Mauleón, misionero del Verbo Divino. Supo abordar bien el desgarro afectivo de la salida de Enrique, y desde la modestia y el buen hacer, supo hacerse un hueco en el corazón de los vecinos de Oteiza. Si el balance hubiera de hacerse por la asistencia a la misa dominical, ese no sería brillante. ¿Pero se atreve alguien a tirar la primera piedra si esa es la pauta para medir la eficacia de la acción pastoral? Afortunadamente, hay otras pautas de actuación. Unas homilías bien preparadas y actualizadas, un sentido bíblico visiblemente marcado, una liturgia austera y centrada en la figura fundante de Jesús, una Iglesia para los fieles y no una feligresía para la Iglesia, y una participación activa en la vida religiosa y civil de la población, son algunas de las características de su paso entre nosotros. La respuesta del pasado 5 de noviembre, en la que se despidió como párroco, fue el digno colofón a una trayectoria de servicio. Una eucaristía, convertida en verdadera acción de gracias, permitió a toda la comunidad parroquial participar en una fiesta alegre y sentida. Por el ambón desfilaron jubilados, representantes de las distintas asociaciones del pueblo, el colegio entero representado por profesores, padres y madres y alumnado, el coro parroquial del que formaba parte, y las mejores voces de niños y mayores que desgranaron para él jotas alusivas. Y tras la misa, la mesa. Más de 250 personas nos reunimos para continuar una fiesta con bingo solidario y música para finalizar. Era la forma de decir gracias a una persona, a un estilo pastoral sencillo y cercano que solo intentó acompañar a sus hermanos en el camino.

Diario de Navarra, 11/11/2016

 

 

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