El laberinto

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El verano pasado, por sugerencia de José Antonio Asiáin, leí la novela Bomarzo, obra cumbre de Manuel Múgica Laínez. Quedé literalmente fascinado por su hermosa y barroca escritura, su erudición, su recreación de ambientes y el colorido fastuoso de una obra que lo tiene todo: historia, arte, literatura, intrigas y amor en un país y una época, el renacimiento italiano, especialmente fascinante.

El propio José Antonio me recomendó El laberinto, otra novela histórica que junto a Bomarzo y El unicornio, completa el célebre tríptico de grandes novelas históricas del escritor argentino.

En esta ocasión asistimos a la vida, narrada en primera persona, de Ginés de Silva, el niño pintado por el Greco en el “Entierro del conde de Orgaz”, desde su infancia hasta su muerte, ya octogenario y convertido en ermitaño con su amigo y compañero Gerineldo, en tierras americanas, acribillado por las flechas de los nativos a quienes soñó con redimir.

Aunque, en mi opinión, El laberinto no alcanza el nivel literario de Bomarzo, la novela es excelente por muchas razones: una documentación rigurosa y sólida le permite recrear el mundo de las dos orillas con una pasmosa facilidad. El don poético, la invención verbal y la recreación de ambientes son una constante en la obra. A título de ejemplo, esta es la descripción de Toledo y Sevilla: “Si Toledo era una urbe esencialmente viril, severa, recia, una ciudad con armadura, Sevilla era una ciudad hembra, riente, sonora, mórbida”. No se puede decir más y mejor en tan pocas palabras.

En la primera parte asistimos a la vida en la España del siglo XVI, pintada a través de personajes reconocibles: el hidalgo don Diego de Silva, obsesionado con lucir la cruz de caballero de Santiago; el Greco y su ambiente en la imperial Toledo, tras su fiasco en El Escorial con Felipe II; don Félix Lope de Vega, poeta y mujeriego de proverbial facilidad para conjugar ambos mundos; don Álvaro de Bazán y la felicísima armada, que no fue enviada a luchar contra los elementos; y finalmente Gerineldo, que aparece en la vida de Ginés de Silva para no separarse más de él.

La segunda parte refleja el mundo de la conquista en tierras americanas, más allá de la epopeya y las gestas militares. Ginés de Silva tiene ocasión de vivir, sufrir, gozar y morir, ya octogenario,sin retornar a su Toledo natal Y la recreación del ambiente en el nuevo mundo también alcanza en determinados momentos un altísimo nivel.

A punto de morir, en la batalla de San Bernardo, entre Pedro Chamijo, alias Bohórquez, y Girón, alias el Inca Huallpa, Diego de Silva evoca por última vez a su Toledo de la niñez. “Y anoche soñé que oía ¡tan lejos de Toledo! las pisadas lúgubres del Hombre de Palo. Pero soñé también con el Entierro del conde de Orgaz, al que abarqué, luminoso, cual si me hallara delante de él. Soñé que junto a mí se encontraba, vestido con igual ropilla, Gerineldo, un Gerineldo tan niño y lozano como yo. El pequeño paje que soy en la pintura, apagaba el hachón contra el piso; Gerineldo y él hacían una reverencia al noble de negra armadura; cruzaban en medio de los enlutados señores, que a ambos lados se abrían, para dejarlos pasar; sentían las manos del Greco, rozándoles las frentes con caricia suave; y luego comenzaban a ascender, despaciosos, las nubes, como si fueran peldaños”.

Ficha bibliográfica: MÚGICA LAÍNEZ, M., El laberinto, Seix Barral, Barcelona, 1991

 

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