El jardín de un caballero

pedro

El pasado lunes, con el alba, nos dejó Pedro Manterola. Y a la hora de evocar su persona y su obra, porque estas líneas pretenden ser más recuerdo que necrológica, no he encontrado otra fórmula mejor para encabezar el escrito que pedirle prestado un título, el que él empleó en un lúcido ensayo para recrear la obra de Mendiburu, Oteiza y Chillida.

Para Pedro Manterola el jardín “es el lugar en el que se encarna el sueño de una Naturaleza para el hombre, y por tanto, el sueño de una idea de hombre”, en línea con lo reflejado por Venturi del jardín como metáfora de la vida.

Conocí a Pedro Manterola a comienzos de los años ochenta. Era ya para entonces una figura señera de la vida artística de Navarra en sus múltiples facetas de pintor, animador, crítico y profesor universitario. Por ello me sorprendió su total disposición a echarnos una mano y participar de forma activa en el equipo, porque como tal nos sentíamos, que trató de poner en marcha una verdadera programación cultural, por muy modesta que ésta fuera, y articular un departamento de Cultura digno de tal nombre. Eran tiempos de ilusión, mucho trabajo y sobriedad administrativa. Y como la estructura orgánica del departamento no daba para más, tuvimos que prescindir de un auxiliar administrativo y ofrecer a Pedro el sueldo correspondiente para integrarlo como asesor en materia de cultura. Durante siete años, en un despacho próximo al mío primero, y en el Museo de Navarra después, Pedro asistió puntualmente al trabajo y realizó una impagable tarea de la que José María Romera e Ignacio Aranaz se han hecho eco en este mismo medio en días pasados. Pedro era casi literalmente nuestro padre y maestro. Acababa de llegar a la cincuentena, lo cual nos parecía una edad provecta entre treintañeros como éramos casi todo el equipo directivo del departamento. Su figura, físicamente rotunda e intelectualmente poderosa, era una referencia que aportaba confianza, sosiego y cierta paz en medio de la refriega constante y la hiperactividad en que vivíamos. Y ofrecía también algo que ahora con la edad aprecio especialmente: una cierta distancia lúcida con el hecho cotidiano, el incidente menor, la zancadilla dialéctica o la crítica desaforada o injusta, frecuentes en todos los órdenes de la vida y habituales en el ámbito político. Lo cual no estaba reñido con su apuesta por el riesgo, la vanguardia e incluso una cierta provocación, de la que dan fe algunos de los programas incluidos en los Festivales de Olite y Navarra de aquellos años. Nunca agradeceré suficientemente las conversaciones tranquilas con el hombre sabio que relativizaba los incidentes menores, por incómodos o dolorosos que fueran, y me animaba a fijar la vista en objetivos a medio plazo y a avanzar en programas sólidos que aportaran progreso, modernidad y tolerancia a nuestro mundo educativo y cultural. Y todo ello, situado en un segundo plano, sin ningún afán de pontificar ni de sobresalir, simplemente de ayudar.

Lo tenía bien claro en su actitud vital. En el ensayo al que he hecho referencia nos dice: “hay una sentencia popular que, ironizando sobre el prestigio que se obtiene por las apariencias, denuncia el engaño que supone tomar el santo por la peana (…) De la que el mencionado refrán quiere prevenirnos en primer lugar y la más patente de todas es la del que utiliza la peana como mediador social, distancia psicológica a la que elevarse para obtener ascendencia -poder por naturaleza- sobre los demás”.

En sus cuadros, en sus escritos, en sus conversaciones y en su vida, Pedro era un hombre reflexivo, con un complejo mundo interior en el que la vida y la muerte ocupaban un importante papel. El último capítulo de su ensayo El jardín de un caballero se titula “Morir por añadidura”. En él se recoge la siguiente reflexión: “Quizá la tarea propia del hombre -siempre eludida- no sea otra que la de hacerse cargo de la propia muerte. La muerte que Adán obtuvo en el Paraíso ha resultado ser nuestro daimon. La conciencia de morir -la extraordinaria herencia que hemos recibido- nos ha hecho únicos, insustituibles e infinitos de finitud. Somos dioses porque solo con ella y por ella no tenemos semejante, dioses porque morimos.

En el vestíbulo de mi casa cuelgan dos pequeños cuadros, un amanecer y un ocaso llenos de poesía y de sabiduría pictórica, que Pedro me regaló con motivo del nacimiento de mis dos hijos. Cada vez que los vea, tendré ocasión de recordar al artista, pero sobre todo al maestro y al caballero que fue.

La muerte, dice Borges en el Aleph, hace preciosos o patéticos a los hombres. Pedro, caballero en el pleno sentido de la palabra, ha querido que la suya fuera discreta y digna, la culminación de una fecunda vida. ¡Que disfrute del jardín!

Diario de Navarra, 29/9/2016

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s