Viaje a Madrid. Paradas de ida y vuelta (5) Guadalajara

Una ciudad asomada al balcón industrial del Henares

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Fachada del palacio del Infantado, principal joya artística de la capital

Si ustedes han subido a Medinaceli desde el barrio de la Estación, les recomiendo que desciendan por el otro lado de la ladera. Tras pasar por la ermita del Humilladero, levantada en el siglo XVI, toman la carretera de la derecha hasta el siguiente cruce. Ambrona y su museo, con los restos del cazadero de elefantes del Paleolítico Inferior (300.000 a.C.) les esperan, si ustedes disponen de tiempo, a poco más de 10 kilómetros. El perfil de Medinaceli sigue dominando la altura. Salimos de nuevo al cruce de la autovía y por el moderno viaducto nos incorporamos a un clásico del camino, la antigua Nacional II, hoy autovía del Nordeste, que nos conducirá a Guadalajara.

Durante unos kilómetros, el mínimo Jalón, recién aparecido en superficie, las viejas salinas y los molinos abundantes nos acompañan en el viaje. El ascenso hasta Alcolea nos hará recuperar prácticamente la altura de Medinaceli. Acabamos de dejar la otrora Castilla la Vieja, hoy Comunidad Autónoma de Castilla y León, y nos hemos incorporado a la provincia de Guadalajara, hoy Comunidad Autónoma de Castilla La Mancha. De nuevo el paisaje se abre y se esponja a la altura de Alcolea. A la izquierda dejamos la carretera que nos conducirá a las tierras del Alto Tajo, cuya capital, Molina de Aragón, es rica en historia, cultura y patrimonio natural. A la derecha, una carretera comarcal nos conducirá hasta Sigüenza, la ciudad episcopal. Por tres veces se nos invitará a desplazarnos a Sigüenza por carreteras comarcales en los 70 kilómetros de línea casi recta que tenemos hasta Guadalajara. Si tienen tiempo no caigan en el error de pasar de largo. El doncel, que duerme el sueño del caballero en su sepulcro de la catedral, les echará en falta y se perderán un centro histórico de primer nivel.

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Palacio del Infantado. Vista del zaguán con su escalera de acceso y, al fondo, el patio principal

El paisaje apenas cambia hasta Torija. La planicie la comparten extensas manchas de vegetación autóctona, más bien rala dada la altura y la dureza del clima, y campos de cereal. Pero el agua no está lejos. Cela y su Viaje a la Alcarria se nos cruzan en el camino. El escritor comenzó su recorrido de posguerra en Guadalajara y armó su libro en torno a personas, paisajes, ríos y ciudades: del Henares al Tajuña, pasando por Torija y Brihuega; del Tajuña al Cifuentes, visitando la población del mismo nombre; del Cifuentes hasta el Tajo, con Gárgoles y Trillo en el camino; del Tajo al arroyo de la Soledad, visitando La Puerta y Budia; del arroyo de la Soledad al arroyo Empolveda, pasando por Durón y, tras dormir al raso, llegar a Pareja. Finalmente, visita Sacedón, donde pagó un duro por la habitación de dos camas y seis pesetas por el desayuno; toma un autobús hacia Tendilla y Pastrana, que le pareció “una gran ciudad un poco dormida”, para terminar montado en el coche de don Paco en Zorita, pueblo todavía sin la central nuclear “que vive en familia, y en paz y en gracia de Dios”.

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Palacio del Infantado. Vista parcial del patio principal con su ostentosa decoración

Estamos ya de vuelta, a las puertas de Guadalajara. Reconozco que es preciso hacer un esfuerzo para desviarse de la ruta. Madrid está muy cerca y la perspectiva desde la carretera no ayuda. Urbanizaciones convencionales, edificaciones mil veces vistas y la ausencia de un reclamo especial nos empujan a seguir. Pero si tienen tiempo entren en Guadalajara, les espera mucho más que un gran palacio.

Una historia en construcción

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San Ginés, una de las iglesias del casco histórico de Guadalajara

Guadalajara tiene orígenes remotos que la ligan con la Celtiberia. Pero las primeras referencias históricas nos informan de su condición de plaza fuerte en la etapa de al-Andalus. Su nombre actual parece provenir de Wad al-Ayara, traducción al árabe de su nombre prerromano, Arriaca.

En 1085, Guadalajara fue incorporada por Alfonso VI al reino de Castilla. A lo largo de la Edad Media, las prebendas reales fueron numerosas: Alfonso VII le concedió fueros en 1133, ratificados por Fernando III en 1219; Alfonso le concedió asiento en Cortes y Alfonso X el Sabio la organización de ferias. Por último, Enrique IV devolvió a Guadalajara definitivamente el título de Ciudad en 1460. La villa, en estos siglos medievales, se había estructurado en un próspero núcleo urbano en el que convivían cristianos, judíos y musulmanes. Los monumentos mudéjares que todavía se conservan son prueba de esta mutua influencia.

Pero Guadalajara ha estado unida históricamente a la familia de los Mendoza. La pugna entre el poder real y el nobiliario se decantó a lo largo del siglo XV a favor de éste último. En 1475, Diego Hurtado de Mendoza recibió el título de duque del Infantado y la ciudad se convirtió en una corte señorial del Renacimiento, repleta de casonas blasonadas, hermosas capillas y espaciosos conventos. Este periodo fundacional abarcó los siglos XVI y XVII en el que se instalaron en la ciudad comunidades de franciscanos, carmelitas, jesuitas y hospitalarios.

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Vista de la plaza del Ayuntamiento con el edificio historicista de principios del siglo XX al fondo

La llegada de la casa de Borbón supuso para la ciudad un cambio sin precedentes. A los desastres de la Guerra de Sucesión siguió un revulsivo económico y demográfico ejemplificado en la instalación de la Real Fábrica de Paños, que convirtió a Guadalajara en uno de los principales centros manufactureros de la España de la Ilustración. La Guerra de la Independencia acabó con esta actividad. Los inmuebles se reconvirtieron años más tarde en instalaciones militares y en1833 se instalaba la Academia de Ingenieros del Ejército. Guadalajara recuperaba su función de plaza militar para, más tarde, convertirse en adelantada de la aeronáutica y la automoción al ser, desde 1896, la sede del Servicio de Aerostación Militar y, desde 1917, de la Hispano S.A., Fábrica de Automóviles y Material de Guerra. La Guerra Civil acabó con estas buenas perspectivas y, dada su vinculación republicana, fue olvidada durante décadas por el franquismo.

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El casino principal, pieza indispensable en una ciudad de provincias del siglo XX

Hoy, Guadalajara vive un nuevo despertar, al calor del potente foco madrileño. A la tradicional actividad comercial, funcionarial y de servicios de la ciudad, se ha añadido un importante núcleo industrial. Y la explosión demográfica no se ha hecho esperar: poco más de 18.000 habitantes en 1950, 21.000 en 1960, 31.000 en 1970, 55.000 en 1980 y 83.000 en 2015. De ahí las nuevas urbanizaciones y servicios, tan visibles a nuestro paso por la autovía. Pero dentro, nos espera un núcleo histórico amable, accesible y de interés, que nos disponemos a sugerir brevemente.

Mucho más que un gran palacio

El casco histórico de la ciudad queda enmarcado por el eje cultural al norte, la Carrera y la plaza de Santo Domingo al este, y por la plaza y calle Mayor al sur, que constituyen la espina dorsal de la ciudad, alargando su recorrido hasta la plaza de los Caídos, donde se levanta el edificio más emblemático de la capital, el único que ha pasado a todas las historias del arte, el palacio del Infantado.

Les aconsejo que comiencen su itinerario por la Oficina de Gestión Turística Municipal, situada a escasos 200 metros de dicho palacio. Además de una completa y profesional información, podrán comenzar un itinerario ascendente que les permitirá conocer lo esencial de la ciudad.

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Vista del panteón de la condesa de la Vega del Pozo, obra de finales del siglo XIX

Unos cientos de metros más abajo, encontramos los dos restos más antiguos: el puente califal sobre el Henares, uno de los escasos exponentes de la ingeniería andalusí, datable en el siglo X, y el Alcázar Real, ya de época cristiana, del que hoy conservamos los paramentos izados en el siglo XIV. El resto del edificio fue lamentablemente destruido en la Guerra Civil.

Desde la Oficina de Gestión Turística es perfectamente visible el palacio del Infantado. Poco antes de llegar a él se encuentra el torreón de Alvar Fáñez de Minaya, unido a la leyenda de la reconquista de la ciudad en 1085.Se trata de una torre pentagonal de comienzos del siglo XIV, que formaba parte de la antigua muralla medieval.

El palacio del Infantado es la joya artística de Guadalajara. Obra de Juan Guas, arquitecto de los Reyes Católicos, se trata de un edificio único que reúne lo mejor de las tres tradiciones en las que bebe el arquitecto: sus orígenes nórdicos, la tradición de los alarifes de al-Andalus y las soluciones clasicistas planteadas por los tratadistas italianos. El resultado es un edificio con una fachada espectacular, una portada profusamente decorada y un patio interior todavía de reminiscencias góticas en las que la decoración se impone a los valores arquitectónicos. Novedosa en también la galería de arcos de medio punto sobre pilares elípticos y el extenso jardín de recreo que se abre al sur. El palacio está incluido desde 2015 en la lista indicativa de España para optar a su designación como Patrimonio de la Humanidad. Una imponente figura en bronce de Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal, hijo del marqués de Santillana, recuerda en la plaza, a los pies del palacio, a la estirpe que hizo posible la construcción de tan bello edificio.

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Palacio del Infantado. Vista parcial del patio principal

La calle que sale de la plaza de los Caídos inicia un suave ascenso que nos llevará hasta la plaza Mayor. A nuestra izquierda dejamos dos edificios de interés: la iglesia de Santiago, un bello ejemplo de confluencia de los estilos gótico y mudéjar, y el convento de la Piedad, edificio renacentista de comienzos del siglo XVI, hoy instituto Liceo Caracense. La plaza Mayor ha sido el corazón de la ciudad desde su reconquista en 1085. Aquí se emplazaron las Casas del Concejo, que se rehicieron en el siglo XVI. El actual ayuntamiento se levantó en 1906. Llama la atención su carácter historicista y su campanario de hierro forjado.

A la derecha de la plaza Mayor se encuentran buena parte de los edificios histórico-artísticos más importantes de la ciudad: la concatedral de Santa María, donde el mudéjar, el renacentista y el barroco se suceden; la capilla de Luis de Lucena, edificio renacentista; el convento de San José, ejemplo de fundación teresiana; y el palacio de la Cotilla, elegante edificio del siglo XVI.

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Vista del monumento al conde de Romanones, ministro de Instrucción Pública, en cuyo mandato los sueldos de los maestros aparecieron por primer vez en los presupuestos generales del Estado

De la plaza Mayor a la plaza de Santo Domingo se alzan los edificios más representativos de la arquitectura historicista de principios del siglo XX. Para nosotros los navarros, hay un conjunto monumental de especial interés, situado fuera del recinto histórico y visible desde la autovía: el panteón de la Condesa de la Vega del Pozo y el centro benéfico dedicado a niñas y niños de Guadalajara. La misma condesa que mandó levantar en Dicastillo un palacete neogótico que constituye una rareza dentro de nuestro panorama artístico regional. Al margen del gusto estético personal, panteón y edificaciones anexas constituyen uno de los conjuntos monumentales más bellos de la arquitectura española del siglo XIX.

Sigüenza y su doncel

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Vista aérea de la catedral de Sigüenza, con su carácter de iglesia-fortaleza perfectamente visible

La catedral de Sigüenza es una de las más hermosas y desconocidas catedrales de España. Las obras dieron comienzo en el siglo XII, a instancias del primer obispo y señor de Sigüenza, don Bernardo de Agen, después de la reconquista de la ciudad. Prosiguieron a todo lo largo de la Edad Media, quedando completo el edificio en el siglo XV. Su estructura estaba, en principio, incluida entre los muros de la ciudad y presenta todavía hoy un neto carácter defensivo. Su imponente presencia sobre el conjunto urbano refleja fielmente el dominio de los obispos, que ejercieron el señorío sobre la ciudad durante ocho siglos.

Entre los retablos y capillas de su interior sobresale la capilla de los Vázquez de Arce, conocida como “la del doncel”. El más bello y conocido de sus enterramientos corresponde a Martín Vázquez de Arce, muerto gloriosamente en la guerra de Granada cuando sólo contaba veinticinco años de edad. Del conjunto sepulcral destaca la bellísima estatua de alabastro del caballero que, armado de espada y puñal, vistiendo cota de guerrero y adornado el pecho con la cruz de Santiago, aparece recostado sobre el lecho de muerte, con un libro abierto entre sus manos. Es, sin duda, una de las obras cumbres de la estatuaria del renacimiento español

Para saber más

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Sepulcro de don Martín Vázquez de Arce, el doncel de Sigüenz

La Oficina de Gestión Turística Municipal está situada muy cerca del palacio del Infantado. Allí podrán hacerse con toda la información necesaria para la visita a la ciudad: mapa, guía turística, guía gastronómica e información de visitas guiadas.

En la web encontrarán además múltiple información y PDFs descargables para preparar la visita.

Entre los textos más representativos, les sugiero los siguientes:

VV.AA., Guadalajara. Guía turística, Ayuntamiento de Guadalajara. Es una guía actualizada, gratuita y muy completa que les ayudará a realizar una cómoda visita a la ciudad.

CELA, C. J., Viaje a la Alcarrria, Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1970. Es una de las muchas ediciones de un clásico que no envejece. Ameno y de fácil lectura, es lectura muy recomendable.

ATEMPORA. Catedral de Sigüenza. Se trata una exposición que recorre la sociedad, la cultura y el arte del Siglo de Oro con motivo del cuarto centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare. Se articula en 14 apartados distribuidos entre el claustro y la catedral. Permanecerá abierta hasta el 16 de octubre

 

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