Viaje a Madrid. Paradas de ida y vuelta (4) Medinaceli

Una villa petrificada y varada en lo más alto

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Vista de la villa de Medinaceli desde la carretera de acceso del barrio de la Estación

La salida de Almazán por la antigua carretera general nos permite conocer el tramo más moderno de la villa, surgido al calor de la modesta industrialización de la segunda mitad del siglo XX. Recién abandonado el casco urbano, una primera rotonda nos invita a desviarnos del camino previsto y tomar la carretera que nos conducirá a la ciudad episcopal del Burgo de Osma. Si tienen ustedes tiempo, no duden en hacerlo porque Osma es una joya artística, urbanística y gastronómica.

El paisaje de Almazán a Medinaceli presenta cierta monotonía no exenta de aspectos de interés. Junto con las tierras llanas dedicadas al cereal, moteadas por ligeras manchas verdes de girasol, otro elemento se enseñorea del paisaje: los molinos, en una proporción que nos recuerda a las sierras de nuestra Navarra media. Convendremos en que estéticamente no añaden nada al paisaje de Castilla, es más, han roto esa paz visual que conlleva sus amplias perspectivas, pero bienvenidos sean si ayudan a que los pueblos no mueran definitivamente y los modestos presupuestos municipales puedan hacer frente a las necesidades de una población muy envejecida que los habita mayoritariamente.

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Vista del barrio de la Estación y la autovía desde el arco romano

Dos caminos de muy distinto signo cruzan la nueva autovía. Por un lado, la cañada de merinas, recuerdo del glorioso pasado en que la Mesta era una todopoderosa organización y los rebaños de ovejas la principal fuente económica de la región. Por otro, la línea del ferrocarril Soria-Ambrona en la que tantas esperanzas se depositaron y tan escasos resultados ofreció al impulso regional.

Llegados a los altos de Radona, que superan con creces los mil metros, aparece al fondo y en lo alto la silueta, primero desdibujada y luego inconfundible, de la torre de una iglesia. Faltan todavía 17 kilómetros, pero la villa de Medinaceli ya se percibe en el horizonte. Allí permanece en pie, oteando el horizonte y guardando los caminos desde hace más de 2.000 años.

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Vista general del arco romano de Medinaceli, su emblema más significativo

Hitos en la historia

Durante buena parte de la historia de la humanidad, la ubicación geográfica ha sido factor esencial para el emplazamiento de una población. La fácil defensa, la presencia de agua y los cruces de caminos son algunos de estos factores. Este es el caso de Medinaceli. Situada a 1.204 metros de altura, ocupa lo alto de un cerro sobre el nacimiento del río Jalón, paso obligado entre las meseta castellana y el valle del Ebro. Aunque la vida en la zona viene de muy antiguo es en la época romana cuando la ciudad entra en la historia propiamente dicha. La ciudad celtíbera de Ocilis, dado su estratégico emplazamiento, fue primero conquistada y luego prontamente romanizada. Su arco romano, sus mosaicos y sus murallas son buena prueba de ello.

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Vista exterior de la colegiata c0n la torre en primer término

La época musulmana supone el segundo hito importante en la historia de Medinaceli. Situada en la marca que separaba al-Andalus de la España cristiana, Medinaceli fue un enclave de primer orden en la época del califato cordobés. La tradición señala que Almanzor fue herido en la batalla de Calatañazor y llegó cadáver a Medinaceli, siendo enterrado en su recinto. La desintegración del califato y la definitiva consolidación de la frontera del Duero convierten a Medinaceli en auténtica avanzadilla, lo que hace que cambie de manos en varias ocasiones durante el siglo XI. A comienzos del siglo XII, en 1124, Alfonso el Batallador la ocupa definitivamente como territorio cristiano.

No obstante, durante el siglo anterior, Medinaceli ocupará un importante papel en las correrías del Cid Campeador. El Cantar del Mío Cid, según Menéndez Pidal obra de un juglar de la zona, alude a la villa en varias ocasiones. Así recoge el poema la salida de Jimena y sus hijas camino de Valencia:

Gerardo Diego

Poética y certera descripción de la villa en palabras de Gerardo Diego

 

“Pasada que fue la noche y llegada la mañana,

después de oír misa todos, dispusiéronse a la marcha.

Cuando de Medina salen, el río Jalón pasaban,

por el Arbujuelo arriba va en marcha espoleada,

hasta llegar a Molina la que Abengaldón mandaba” Alfonso VII concedió a Medinaceli un fuero especial, quedando constituído como concejo independiente al servicio del rey. En esa condición participó en las batallas de Alarcos, las Navas de Tolosa y Algeciras. Pero la suerte cambió en 1368. Ese año, Enrique II donó la villa a Bernal de Bearne con el título de conde de Medinaceli y a doña Isabel de la Cerda, su mujer, a la muerte de éste. En 1489, el condado fue elevado a categoría de ducado, confirmando los Reyes Católicos a don Luis de la Cerca como primer duque.

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Vista de la plaza de entrada a la colegiata

La bonanza de lo siglos XVI, XVII y XVIII, dio paso a un progresivo decaimiento. En 1842 la población era de 1.600 vecinos. Durante el siglo XX, el núcleo económico y administrativo se trasladó del centro histórico al nuevo barrio de la Estación, debido a la circulación de la carretera N-II y el paso del ferrocarril. En 2010 el núcleo histórico contaba con 564 habitantes. Hoy, Medinaceli parece resurgir con un cuidado urbanismo, una gastronomía abundante y un buen centro de iniciativas turísticas, que lo sitúan con frecuencia en la relación de pueblos más bonitos de España.

Evocación de una tarde de mayo

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Plaza Mayor de Medinaceli con la alhóndiga, el palacio y la torre de la colegiata al fondo

 

Aunque castigado por el paso de los siglos, el patrimonio de Medinaceli abarca épocas y estilos bien distintos. El primero en el tiempo es el arco romano, único de tres arcadas existente en España y de dimensiones notables, acrecentadas además por su singular emplazamiento a la entrada de la ciudad y asomado al valle. Su antigüedad, probablemente del siglo I d.C., evidencia su pronta e intensa romanización. Posteriores en el tiempo son las murallas y los mosaicos aparecidos recientemente en la Plaza Mayor y que hoy podemos admirar en la exposición situada en el Palacio Ducal.

La época de dominio musulmán apenas nos ha dejado algunos lienzos de murallas y la conocida como “puerta árabe”. El castillo de Medinaceli se encuentra en el extremo oeste del cerro que ocupa la villa. Posiblemente es obra de los siglos XIII y XIV. Su estampa actual es la de una ruina consolidada. Tampoco han quedado apenas restos de las parroquias de la Edad Media, hasta un total de 13 que aparecen enumeradas en los documentos. Todas ellas fueron derribadas al levantarse la colegiata, según bula del Papa Pío IV, expedida en 1563.

Convento clarisas

Vista exterior del convento de monjas clarisas de Santa Isabel

 

La gran época de esplendor se inicia en el siglo XVI y a este siglo y los siguientes responde en buena medida la trama urbana que hoy podemos transitar. Si puedo, en mis viajes a Madrid me suele gustar parar en Medinaceli y pasear por sus calles normalmente desiertas. La última vez entré en el convento de Santa Isabel, de monjas clarisas, y asistí al rezo del rosario, la plegaria del mes de mayo y la exposición del Santísimo. Una comunidad de 11 monjas en el bajo coro, unos cuantos feligreses y un sacerdote de edad avanzada éramos toda la concurrencia. La ceremonia me recordó otros tiempos en Los Arcos y Pamplona. “Venid y vamos todos/ con flores a porfía/ con flores a María/ que Madre nuestra es”, cantamos en la fresca tarde de mayo, situados como estábamos a 1204 metros de altura. Por supuesto, tras la exposición del Santísimo, situado en un baldaquino rococó inserto en un retablo de traza parecida al de San Gregorio Ostiense, rezamos las casi olvidadas salutaciones: “Bendito sea Dios; bendito sea un santo nombre…” A la salida, di un paseo por la plaza Mayor, una de mis plazas rurales preferidas de España. Abierto como estaba el Palacio de Medinaceli, entré a echar un vistazo. El amable responsable de su conservación, un arquitecto jubilado mallorquín, me permitió acceder al patio, un rotundo rectángulo de dos pisos de arcadas superpuestas de raigambre renacentista, hoy cubierto con una cúpula acristalada. La enorme plaza estaba vacía, con una sola persona sentada en un banco. Paseé por el antiguo foro romano, me acerqué a la alhóndiga, hoy sede del ayuntamiento, y me asomé a la colegiata, un enorme edificio renacentista de los siglos XVI y XVII. He aquí un ejemplo de la España histórica que se resiste a morir. Apenas quedan vecinos los días de labor. Pero los fines de semana, gracias a la autovía y a la cercanía a Madrid, las calles reviven, los restaurantes se animan y la población recobra un poco de vida. ¿Hasta cuando?

El paseo pausado por Medinaceli nos permitirá sentir el eco de lo irrepetible, los viejos pasos perdidos, la dura vida del campesinado al servicio de un duque todopoderoso y el esplendor de la nobleza y el alto clero. Todo ello susceptible de percibir por el ojo atento en las calles de piedra, las casas humildes y las señoriales, las ermitas y los rincones con encanto, hoy espacio para una sugerente gastronomía.

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El Palacio ducal de Medinaceli presenta mejor aspecto externo que interno. Vista de la escalera de subida al piso principal

El Burgo de Osma, ciudad episcopal

Burgo de Osma

Una catedral con pueblo, como la definió Julio Llamazares

En El Burgo de Osma vive menos gente que en la calle Fuencarral de Madrid, pero tienen una catedral a cuyo lado la Almudena no pasa de ser un templo grande de escaso interés artístico, empeorado por unos frescos lamentables (…) El visitante camina tranquilo por los soportales de la calle Mayor de esta localidad soriana, protegiéndose del sol inclemente del verano o el frío y la lluvia del invierno. Hay bares, chacinerías y tiendas de artesanía típica en los que detenerse. Y de pronto, en una plaza que surge a la derecha, aparece ante sí una soberbia catedral, de dimensiones notables. Más aún si se tiene en cuenta que el pueblo cuenta con poco más de 5.000 habitantes. Hay un dato que prueba sin margen de error la importancia que esta localidad tuvo en la Edad Media: en 1101 comenzó la construcción de una catedral en estilo románico y las obras avanzaron a tal velocidad que medio siglo más tarde ya estaba terminada. Los peregrinos que iban venerar los restos de san Pedro de Osma -el turista hallará referencias al santo en todos los rincones de la localidad-– fueron generosos con sus aportaciones y de ahí la duración insólitamente breve de las obras. Sin embargo, en 1232 el obispo del lugar decidió que ese templo se había quedado pequeño y ordenó su demolición para levantar otro gótico en su lugar. Esta vez no hubo tanta prisa: las obras de la torre, lo último que se levantó, no finalizaron hasta la segunda mitad del siglo XVIII, con arquitectos vascos como artífices de la misma. La plaza de la catedral permite una vista muy hermosa del templo. Y el claustro es también muy bello”.

Julio Llamazares, “Catedrales con pueblo”, El Correo, 23 de mayo de 2014

Para saber más

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Fachada principal de una de las casonas existentes en la villa

En la oficina de información turística les ofrecerán información y material básico para visitar Medinaceli. También en la web disponen de información abundante con posibilidad de descargar folletos de Medinaceli y alrededores.

Para profundizar en determinados aspectos les sugiero los siguientes textos:

MANRIQUE ROMERO, A., Guía para descubrir el Alto Jalón, Ámbito, 1999, 192 págs.

FERNÁNDEZ PEREGRINA, B., Medinaceli. Guía histórico-turística, Junta de Castilla y León, Almazán, 2003, 42 págs.

LLAMAZARES, J., Las rosas de piedra, Alfaguara, Madrid, 2008, 608 págs.

Cantar del Mío Cid, edición, estudio y notas de Alberto Montaner, RAE, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Madrid-Barcelona, 2011.

 

 

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