Viaje a Madrid. Paradas de ida y vuelta (2) Soria

“Barbacana hacia Aragón en castellana tierra” (A. Machado)

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Estatua de Antonio Machado en la fachada del instituto que lleva su nombre

Campos de Soria

En esta ocasión no seguimos la ruta de Ólvega, el puerto de la Carrasca, con sus 1196 metros de altitud, y la carretera que, vía Gómara, nos llevará entre extensos campos de cereal hasta Almazán. Optamos por la carretera de Soria, vía Matalebreras y el puerto del Madero. Antonio Machado, que nos acompañará en nuestras paradas sorianas, reflejó en sus Campos de Soria con precisión y maestría el paisaje que nos acoje:

“Es la tierra de Soria árida y fría.

Por las colinas y las sierras calvas,

verdes pradillos, cerros cenicientos,

la primavera pasa

dejando entre las hierbas olorosas

sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña./

Al empezar abril está nevada

la espalda del Moncayo;

el caminante lleva en su bufanda

envueltos cuello y boca, y los pastores

pasan cubiertos con sus luengas capas.

La carretera, de largas rectas, nos permite contemplar dos elementos comunes a buena parte de las poblaciones hasta la capital de la provincia: iglesias románicas y torreones de vigilancia de la vieja frontera contra los musulmanes.

Soria histórica

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Vista de conjunto desde San Juan de Duero. En primer lugar, las junqueras y álamos del rio. A la izquierda, el puente y el parador sobre el viejo castillo. A la derecha, el caserío de la ciudad

El sistema de variantes, generalizado en los últimos lustros en todas la ciudades de España, supone una gran ventaja para el viajero, obsesionado por ganar tiempo, y para el tránsito ciudadano en la larga y sorda batalla entre vehículos y peatones por el dominio de la ciudad. Pero tiene también sus inconvenientes. Las ciudades han visto devaluadas sus entradas tradicionales, sus perspectivas urbanas y sus referencias históricas. Esto es muy visible en nuestro caso. La nacional 122, procedente de Zaragoza y Pamplona vía Ágreda, se ha convertido en las afueras de Soria en una áspera variante que bordea la ciudad, buscando sobre todo los accesos a Logroño, Burgos, Valladolid y Madrid. Su mejor virtud no es la belleza, pero si continuamos por ella, pasaremos por la curva de ballesta de la que habla Machado para referirse al Duero a su paso por la ciudad, y otearemos el cerro de Garray con las ruinas de la antigua Numancia, tan ponderada en nuestros viejos libros de historia como ejemplo de la lucha indígena frente a Roma.

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Vista general de la calle Collado con sus arcadas porticadas, arteria principal de la ciudad histórica

Les recomiendo que tomen la primera salida y entren en la ciudad por el camino tradicional. Casi de repente, se toparán con el arrabal, el Duero con sus junqueras y álamos, el puente medieval de datación incierta y un apretado caserío situado a 1.063 metros de altura, del que destacan el actual parador de turismo sobre las ruinas del castillo y las torres de sus iglesias y palacios.

Sobre los orígenes de Soria nada se sabe a ciencia cierta. La arqueología solo constata la existencia en el cerro del castillo de un asentamiento prerromano habitado por pastores, vinculado a la cercana Numancia. La huella romana tampoco es notable. Sin embargo, la ciudad acoge un museo especialmente interesante para conocer un territorio rico en yacimientos paleontológicos y arqueológicos, que nos llevarán desde Paleolítico inferior (yacimientos de Torralba y Ambrona en torno al 300.000 a. C.) hasta la Edad Media ( la Soria musulmana y la conquista cristiana). El periodo mejor representado es el correspondiente a la cultura celtíbera, con Numancia y sus restos como referencia indiscutible. El Museo, ampliado y remodelado a finales de los ochenta del pasado siglo, se encuentra situado en pleno centro de la ciudad y es una visita obligada que dejará huella.

Retomando el curso de los siglos, se especula que sería Fernán González, primer conde independiente de Castilla, quien habría erigido aquí una fortificación para proteger el paso del Duero. Conquistado posteriormente por Almanzor, retornaria a manos castellanas a comienzos del siglo XI, junto con otras plazas fuertes como Osma y San Esteban de Gormaz.

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Fachada de la iglesia de Santo Domingo, uno de los emblemas del románico soriano

Territorio fronterizo en disputa con el vecino reino de Aragón, la primera constancia documental de Soria aparece en el Cantar del Mío Cid. En 1134, reinando Alfonso VII, Soria quedaría definitivamente unida al devenir de Castilla. Durante el reinado de Alfonso VIII conoció un gran auge urbano, alcanzando con Alfonso X en 1256 nuevos privilegios. Soria se convirtió en un burgo dinámico, habitado por comerciantes, artesanos y clérigos, que creció en torno al collado que separa el monte del castillo y los cerros de alrededor, llegando a tener 36 parroquias.

La creación del Honrado Concejo de la Mesta en el último tercio del siglo XIII y el consiguiente auge del comercio de la lana, supusieron el definitivo florecimiento de la ciudad. Pese a que los siglos siguientes conocieron un lento y progresivo declive, el urbanismo soriano contiene buenas muestras de edificios de los siglos XVI, XVII y XVIII.

La ciudad comenzó a desperezarse a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Capital de provincia, y formando parte de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, Soria es hoy básicamente una población cercana a los 40.000 habitantes dedicados al comercio y los servicios, con modestos polígonos industriales en sus alrededores.

Soria artística

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Pocas imágenes tan evocadoras como las arcadas del claustro de San Juan de Duero, nutrido de influencias varias

Soria es una ciudad de reducidas dimensiones, propicia para el paseo sosegado y tranquilo, con bellísimos rincones y hermosas vistas. Permite además, dado su pequeño tamaño y lo apretado de su caserío, realizar un paseo por los estilos artísticos habidos en nuestro país entre los siglos XII al XX. De ahí que el románico, el gótico, el renacentista, el barroco, el neoclásico, el modernista y algún ejemplo de arte actual, convivan en su limitado espacio urbano.

Una visita planificada en sentido clásico, nos permite proponer dos itinerarios esenciales. El primero nos lleva desde la Alameda a la plaza Mayor, y pasa por las plazas, parques, monumentos y edificios civiles y religiosos más importantes de la población, vertebrados a lo largo del paseo del Collado, arteria de la Soria más tradicional. Es el espacio urbano por excelencia de la ciudad histórica. El segundo nos lleva desde la plaza Mayor hasta el Duero, pasando por ruinas, palacios y templos también indispensables en una visita a la ciudad.

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Fachada del palacio de los Ríos y Salcedo, hoy Archivo Histórico Provincial, principal edificio plateresco de la ciudad

En esa relación de estilos que señalábamos, el románico es el más característico y abundante. Coincide con el periodo de máximo esplendor urbano, sobre todo en su etapa final. A este estilo pertenecen la monumental portada de Santo Domingo; el claustro, la sala capitular, la portada y el museo de la concatedral de San Pedro; las ruinas del monasterio de San Juan de Duero, con el peculiar y evocador armazón de su primitivo claustro; y la bien articulada iglesia de San Juan de Rabanera, con su espectacular cimborrio.

El gótico nos dejó nuevos espacios remodelados en el grupo de iglesias románicas, además de capillas como la de los Calderones en la iglesia de Santa María la Mayor o la llamada torre de Doña Urraca.

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La fachada del palacio de los Condes de Gómara es una de las grandes  del renacimiento hispano

La euforia constructiva del siglo XVI también dejó huella en Soria. Destacan los palacios, sobre todo el de los Ríos y Salcedo, sede del Archivo Histórico Provincial y el de los condes de Gómara, uno de las grandes fachadas renacentistas españolas; y buena parte de la concatedral de San Pedro, con la fachada, el interior de bóvedas estrelladas y el retablo del altar mayor, entre otros. Sorprende que la ciudad no haya sido sede episcopal en su larga historia. Pero la existencia de la diócesis de Osma desde el siglo VI supuso un lastre del que no pudo zafarse. Los conflictos entre la catedral de Osma y la colegiata de San Pedro de Soria fueron constantes desde el siglo XIII, pero no fue hasta 1959 cuando Juan XXIII creó la diócesis de Osma-Soria y elevó a la colegiata de San Pedro al rango de concatedral.

El barroco nos dejó cuatro edificios bien conocidos: el palacio de los Linajes, hoy ayuntamiento, las ermitas de San Saturio, patrón de la ciudad, situada sobre el Duero, y la Virgen de Mirón, y el antiguo convento de jesuitas, hoy IES Antonio Machado, en el que el poeta dio clases de francés entre 1907 y 1912. Neoclásicos son el palacio de la Audiencia y la fuente de los Leones, ambos en la plaza Mayor.

La actual Alameda de Cervantes, un hermosísimo parque de propiedad municipal desde el siglo XVII, abre los espacios de los siglos XIX y XX. El Casino, con la imagen de Gerardo Diego en bronce, tomando un café y leyendo un libro en su portal; algunas casas modernistas; y el Museo Numantino son exponentes de esta arquitectura.

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El autor no pudo resistirse a tomar un café con el maestro Gerardo Diego a las puertas del Casino

Pero si algo llama la atención en la Soria de hoy es el cuidado aspecto de sus calles, su limpieza y el acertado mantenimiento de su casco histórico. Llegar hasta el centro con el aparcamiento subterráneo bajo el parque y encontrar una eficaz y amable oficina de información en la plaza de Mariano Granados, verdadero centro neurálgico de Soria, es otro de sus aciertos. Lo comprobarán cuando lleguen.

Soria, el Duero y los poetas

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Evocadora estampa machadiana con el olmo seco, la iglesia de la Virgen del Espino y el cementerio donde reposa Leonor

Soria y el Duero, ayer defensa y hoy lugar de esparcimiento, están indisolublemente unidos por varios motivos. El primero, el orográfico. Dionisio Ridruejo lo dice con poéticas palabras: “el Duero da a Soria un ceñido abrazo en sus roquedales grises antes de verdecerle la ribera de álamos y alejarse entre peñas”. Pero, más importante aún, es el poético. No hay río en la península ibérica más cantado por los poetas, ni ciudad española más vinculada a la poesía que la capital soriana. Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado -que encontró el amor en la joven Leonor y en el cementerio del Espino la dejó para siempre- y Gerardo Diego dieron vuelo a un territorio que tuvo continuidad en Dionisio Ridruejo y José García Nieto, entre otros poetas.

Así canta Machado sus riberas:

“He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras la murallas viejas

de Soria -barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra-”.

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Lápida de Leonor Izquierdo, esposa del poeta. Su rápida y sentida muerte la reflejó el poeta en estos versos: “Señor, ya estamos sólos mi corazón y el mar”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gerardo Diego, docente en el instituto de Soria como Machado, le canta así en su célebre poema:

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Vista del Duero, río poético por excelencia entre los peninsulares

Río Duero, río Duero,

nadie a acompañarte baja,

nadie se detiene a oír

tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde

la ciudad vuelve la espalda.

No quiere ver en tu espejo

su muralla desdentada (…)

Río Duero, río Duero,

nadie a estar contigo baja,

ya nadie quiere atender

tu eterna estrofa olvidada,

sino los enamorados

que preguntan por sus almas

y siembran en tus espumas

palabras de amor, palabras”.

Para saber más

La visita a Soria puede prepararse de dos maneras distintas y complementarias: con las guías turísticas o con los libros de autor.

Entre las primeras destacamos PAZ SAZ, P., Soria, Anaya Touring, Madrid, 2016

Soria es tierra especialmente fértil en libros de autor. Aunque distintos entre sí, destacamos los siguientes:

RIDRUEJO, D., Soria, Gadir, Madrid, 2013. Político y escritor soriano muy notable, se trata del tomo dedicado a Soria que el autor publicó en 1975 con el nombre de Guía de Castilla la Vieja.

HERNÁNDEZ, A., Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, Rimpego, León, 2015. Gran conocedor de Soria por ser durante muchos años cronista oficial de la ciudad, En palabras de Julio Llamazares, su prologuista, es “una declaración de amor y una introspección poética”.

LLAMAZARES, J., Cuaderno del Duero, Edilesa, León, 1999. Buen escritor de viajes, se trata de un libro poético e introspectivo en línea con el estilo del autor.

 

 

 

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