El origen de la fiesta

San Fermín

Hoy es siete de julio, festividad de San Fermín. Y son tantos los matices que tiene esta fiesta que no he podido sustraerme a glosar algunos, hoy tal vez postergados, pero que constituyen los cimientos de lo que, con el paso de los siglos, han llegado a ser los sanfermines.

Todas las culturas han tenido sus fiestas, ocasión propicia para el encuentro de la comunidad y la vertebración del sentido de pertenencia a una familia, un pueblo o una religión. La Biblia es un ejemplo paradigmático del valor de la fiesta en el desarrollo del pueblo de Israel. Lo mismo sucede en las llamadas culturas clásicas.

El cristianismo penetró en Navarra en el siglo III a través del valle del Ebro, llegando inmediatamente a Pamplona, eje vertebrador del territorio de los vascones. En los siglos IV y V el territorio más romanizado se cristianiza y Pamplona se dota de una sede episcopal que continuará hasta nuestros días.

El culto a los santos, entendido en sentido amplio, constituye una de las mayores expresiones de la piedad cristiana. Prácticamente todas las poblaciones navarras tienen un santo titular, sea Dios Padre, Jesús, la Virgen en sus múltiples acepciones, los santos propiamente dichos o la corte celestial. Y las fiestas patronales se articulan en torno a la celebración del santo patrón, con novena previa, procesión y misa solemne en el día grande, y espectáculos que lo acompañan. Con el correr de los siglos, son clásicos la música y el baile, los fuegos artificiales, los toros y los gigantes y cabezudos. Por supuesto, a todos ellos acompañan la comida y la bebida en unos tiempos en los que aquella escasea y la mesa bien surtida es parte obligada del evento.

Y comienzan a aparecer las advocaciones. La primera, en el corazón de la diócesis, ya que el culto a la Virgen en la catedral de Pamplona se remonta al siglo V. En ese mismo siglo comienzan a titularse los templos, dotándolos cuando resulta posible de reliquias. Las primeras advocaciones conocidas son las referidas a San Martín de Tours, San Esteban protomártir, San Pedro, San Juan Bautista y San Andrés. A ellos se unió en el siglo VIII San Miguel, que se adueña de las alturas y se convierte en patrón de la reconquista con Sancho Garcés I en el siglo X.

Tal vez a más de uno le habrá sorprendido la ausencia de mención alguna a San Fermín, un santo que hoy recorrerá en olor de multitud las calles de los burgos pamploneses, acompañado del cabildo catedralicio, las cruces parroquiales, las cofradías y el ayuntamiento en cuerpo de ciudad. Un santo que probablemente será glosado en la homilía de hoy en su capilla siguiendo las pautas de su leyenda, una composición tardía y desprovista de veracidad histórica, como reconoció en su día don José Goñi Gaztambide al comienzo de su Historia de los obispos de Pamplona. El supuesto primer obispo pamplonés, San Fermín, no fue conocido en Navarra hasta el año 1186, desarrollándose a partir de entonces un incremento cultual sostenido y constante, que a finales de la Edad Media apenas traspasaba la capital del reino, salvo en su festividad litúrgica. Las ideas que acabo de exponer muy sucintamente están tomadas básicamente del libro de Roldán Jimeno, El culto a los santos en la cuenca de Pamplona. De San Fermín, como de Santiago en Compostela, lo importante son los frutos, no tanto la veracidad de su origen.

Lo que sucede después es más conocido y menos discutido. Las fiestas de San Fermín están relacionadas con tres celebraciones: los actos religiosos, las ferias comerciales y las corridas de toros, documentadas desde el siglo XIV. En 1466 su culto se extendió a toda la diócesis. En 1591, el sínodo trasladó su celebración del 10 de octubre al 7 de julio, fecha de tiempo más seguro coincidiendo además con la feria, lo que hizo que se popularizara el culto. En 1622, a los pocos meses de su canonización, las Cortes de Navarra propusieron que San Francisco Javier fuera proclamado patrono universal del reino de Navarra. Pero el obispo, el cabildo y el clero secular, enfrentados a una influyente Compañía de Jesús, defendieron con ardor el patronazgo tradicional de San Fermín. En 1657, la Santa Sede, con el pragmatismo que le caracteriza, determinó que los dos santos fueran nombrados copatronos igualmente principales. Y, a partir de ahi, una advocación en alza que ha articulado una fiesta de renombre universal.

¿Los sanfermines son solo eso? Evidentemente no, pero no serían los sanfermines sin eso. Cada generación los ha ido completando con sus aportaciones. En la fiesta todos tenemos cabida, solo hace falta respeto, tolerancia y deseo de disfrutar. ¡Felices sanfermines a todos!. A los presentes y a los ausentes, que también ellos los recordarán con especial fervor y cariño.

Diario de Navarra, 8/7/2016

 

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