La Selectividad y sus alternativas

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La palabra “Selectividad” se ha integrado de tal manera en nuestro lenguaje que Wikipedia la recoge en su enciclopedia libre en una larga entrada. Consiste en una prueba escrita que se realiza a los estudiantes que desean acceder a estudios universitarios en universidades públicas y privadas de España. Dicho examen forma parte de las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU), en los que, además de la selectividad, computan los dos cursos de Bachillerato. Para poder acceder a la universidad es necesario aprobar la selectividad y, en función de la nota obtenida en la PAU, el alumno puede escoger la carrera universitaria con límite de plazas que quiera cursar en función de la nota de corte (nota mínima que se usa como límite para acceder a una carrera determinada) establecida para cada titulación y universidad. Esta nota de corte varía cada año y de una universidad a otra. Para el conjunto de España, la selectividad se inició en 1986 con el 74% de aprobados y acaba de cerrar su última prueba con un porcentaje que supera claramente el 90% de los mismos. ¿Mejores alumnos los actuales? No lo creo, la explicación reside, a mi juicio, en que el Curso de Orientación Universitaria (COU) ya no es tal, sino más bien un curso de preparación de la selectividad, lo que tiene su parte positiva -mejores notas- y su parte negativa -el curso ha perdido interés por el saber en beneficio de la nota, que no es lo mismo-.

El pasado 15 de junio, los estudiantes navarros que se habían presentado al examen de selectividad conocieron sus resultados. Los nervios y las histerias de los días anteriores dieron paso a una amplia sonrisa en la mayor parte de los casos, acrecentada con la expectativa de un viaje a la costa en grupo -iniciático en muchos casos-, una idea que pese a haber nacido antesdeayer parece haberse convertido en costumbre ancestral. Los datos de la selectividad en Navarra resultan apabullantes: aprobaron el 96,76% de los estudiantes presentados, que ascendieron a 2.715. Ello ha implicado un complejo dispositivo en el que han participado un importante número de profesores pertenecientes a la enseñanza secundaria y universitaria que han tenido que corregir en muy pocos días 5.731 exámenes, de los que el 71,10% han alcanzado el aprobado y el 28,90% han sido calificados con un suspenso. En este sistema tan garantista que tenemos, los alumnos disponen todavía de la posibilidad de una segunda corrección o la revisión de la nota inicial, además de una segunda convocatoria para los suspendidos que tendrá lugar los días 29, 30 de junio y 1 de julio.

Los docentes de secundaria sabemos bien que la verdadera criba no está en el examen de selectividad, sino en los dos cursos de bachillerato, especialmente el segundo, donde no son raros los porcentajes de aprobados que apenas superan el 50% del alumnado del curso. Si eso es así, conviene preguntarse por la razón de una prueba cara, compleja y bastante inútil para el objetivo perseguido. Convendría, antes que nada, dejar claro que España no es ninguna excepción en el panorama europeo. Al existir en todos ellos un desajuste entre la oferta y la demanda de plazas de estudios superiores, el acceso está condicionado a la superación de un proceso selectivo. Ahora bien, España sí es una excepción en el modo de obtener el certificado de Educación Secundaria.. Prácticamente en todos existe una prueba de certificación de secundaria, que a la vez abre la posibilidad de acceso a la universidad y, en la mayoría de los casos, es tenida en cuenta para la ordenación de los alumnos con este fin. En definitiva, lo más común en Europa es la existencia de una prueba obligatoria para la obtención del título de bachillerato.

La LOMCE, la ley educativa todavía en vigor, prevé la eliminación de la Selectividad y su sustitución por la reválida final de bachillerato. En 2015 la propuesta estaba clara: una prueba test de 350 preguntas dividida en tres bloques. El revuelo ha sido tal que Gobierno y rectores han pactado un nuevo modelo que nos retrotrae en buena medida al actualmente existente. En definitiva, siguiendo a Lampedusa, se trata de cambiarlo todo para que casi todo siga igual. Eso sin tener en cuenta que la LOMCE tiene los días contados. La idea de un Pacto de Estado por la Educación avanza lentamente y no es seguro que se aborde como tarea prioritaria en el primer año de la legislatura, cuando una ley de calado tiene más posibilidades de aprobarse. No obstante sería deseable, por no decir que obligado, que profesorado y alumnado comenzaran el próximo curso sabiendo qué les espera al final del mismo. Pero me temo que esto no sucederá porque lo que ahora verdaderamente importa no es qué va a hacer el gobierno, sino quién va a presidir ese gobierno. Y así nos va.

Diario de Navarra, 24/6/2016

 

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