Un homenaje merecido y tardío

Cartel homenaje

Cartel anunciador del acto

A la salida del acto celebrado en Los Arcos el pasado día 4 de junio, un compañero mío de pupitre en la escuela de Los Arcos me decía: ¿por qué se ha tardado tanto en hacer un acto tan aparentemente sencillo y emotivo? Y él mismo se respondía: decía un ilustre escritor que las guerras civiles duran 100 años, y de ésta solo han pasado 80.

Pero más vale tarde que nunca. Y aquellos 22 arqueños de todas las edades -desde José Ábalos con 17 años a Antonio Zurbano con 48- vieron por fin reconocidas sus personas, sus ideales y el dolor de sus familias, en un acto que tuvo de todo, sobre todo calor humano y emoción contenida.

En aplicación de la Ley Foral de Memoria Histórica, aprobada por el Parlamento de Navarra en noviembre de 2013, el Ayuntamiento de Los Arcos aprobó por unanimidad una moción presentada por el grupo de UPN en la que se acuerda celebrar un acto de homenaje a los 22 arqueños asesinados y colocar una placa con sus nombres en la propia Casa Consistorial. Unas ajustadas palabras del alcalde, Javier Chasco, dieron la bienvenida a los asistentes y abrieron el acto.

Una iniciativa de estas características siempre tiene detrás personas e instituciones que las impulsan y las hacen posibles. Entre las personas, cabe citar de forma especial a Inés Biurrun y María José Baquedano, nietas de Galo Biurrun, uno de los asesinados. Entre las instituciones, no podía faltar la benemérita Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra (AFFNA36), promotora de buena parte de la labor de búsqueda y exhumación de restos realizados en Navarra en las últimas décadas.

La parte más emotiva del acto, como suele ser propio en estos casos, la constituyó las intervenciones de familiares, iniciadas con la lectura reposada y solemne de los nombres de las 22 personas asesinadas. Inés Biurrun, Merche Bretón, Ester Ganuza y María José Baquedano, cuatro bravas mujeres, recordaron las aciagas jornadas de la guerra civil y las penosas circunstancias que rodearon algunas de las muertes. Los fusilados fueron los hombres, pero las ultrajadas y sufrientes fueron las madres, esposas, hermanas y familiares que soportaron el desprecio, la burla y a veces la rapiña de las escasas propiedades por parte de los vencedores. Y todo ello con respeto, sin deseo de venganza, solo con la satisfacción de que 80 años después, aquellos ciudadanos humildes, la mayor parte jornaleros pertenecientes a partidos de izquierdas y sindicatos de clase, fueran reconocidos con la verdad, la justicia y la reparación que la Asociación busca para todos ellos.

El descubrimiento de la placa, que condensa tanto sufrimiento, tuvo una especial emoción. Mientras Sandro Gastón hacía sonar el Himno de Riego, los familiares directos de algunos de ellos, Aníbal y Alejandro Morrás, Carmen y Dolores El Busto, Carmen Álvarez y Josefina Biurrun, descubrieron la placa que a partir de ahora honrará su memoria.

Panteón

El panteón cubierto con la bandera tricolor y los claveles depositados por los familiares

Con un clavel en la mano, familiares y amigos nos dispusimos a caminar hacia el cementerio municipal para participar en la segunda parte del homenaje. En las plaza de los Fueros, al lado de la cárcel ahora desaparecida en la que muchos de ellos vivieron las horas previas a su fusilamiento, Rafael Bea entonó una jota alusiva que hizo brotar lágrimas de emoción en los asistentes.

La marcha cívica acabó en el cementerio, junto al panteón que recoge los restos de buena parte de ellos, tras el proceso de búsqueda y recolección de sus huesos por varias cunetas de Tierra Estella. A los sones de la Internacional nos arremolinamos todos junto al panteón sobre el que se había depositado la bandera tricolor de la II República. Roberto Ábalos, familiar de José Ábalos y misionero dominico, nos narró su experiencia en Guatemala en el proceso de exhumación de cadáveres tras la sangrienta guerra civil que asoló al país centroamericano. En palabras atinadas y certeras habló de los que buscaban lo mejor para los suyos, el reparto de la propiedad y de la tierra, y un futuro en el que cupieran todos. Él depositó el primer clavel sobre la tumba al que siguieron los otros 21 en honor, memoria y homenaje a todos ellos. La lectura de sus nombres y el compromiso de no cejar hasta encontrar a los que faltan, culminó un acto que abrió emociones pero cerró heridas.

Cuando salíamos del cementerio, pudimos ver el panteón de los entonces vencedores caídos en las trincheras mudo y sin flores que les acompañaran. Todo un símbolo que nos debiera hacer pensar. En las guerras civiles, a la postre, no hay vencedores. Pero no es momento de ninguna revancha, sino de cerrar digna y fraternalmente un doloroso capítulo de nuestra historia. Eso sí, conviene no olvidar que, en palabras de Ramón J. Sender, “todas las guerras civiles están irremisiblemente perdidas”, y todos los enterrados en ambos panteones perdieron también la suya. Tras buscar la verdad, intentar hacer justicia y exigir reparación moral, solo nos queda desear para ellos el recuerdo y el perdón. Para nosotros, la paz. ¡Nunca más ni para nadie tanto horror!

Diario de Navarra, 18/6/2016

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