El Maeztu, de aniversario

Museo 3

El 7 de febrero de 1947 falleció en su domicilio de Estella Gustavo de Maeztu y Whitney, pintor vitoriano de proyección nacional, asentado en la ciudad desde los comienzos de la guerra civil. Fue tal su comunión con la ciudad que legó a ésta toda su obra, a lo que la ciudad del Ega le correspondió en vida con la concesión del título de Hijo Adoptivo de la misma. Este legado, compuesto por más de 500 obras entre cuadros, litografías, dibujos y otros enseres complementarios, tuvo una vida azarosa durante los cuarenta años siguientes, siempre con la asignatura pendiente de buscar una sede digna y definitiva para la colección.

La creación de un Departamento de Educación y Cultura a a partir de 1983, que englobaba a la antigua Institución Príncipe de Viana como una Dirección General de Cultura, permitió abordar una verdadera programación cultural en los ámbitos clásicos del patrimonio, archivos, bibliotecas, museos y difusión cultural. Entre los edificios susceptibles de restauración se encontraba el llamado Palacio de los Reyes de Navarra que, pese a los múltiples usos y destrozos inherentes a su azarosa historia, seguía siendo pieza clave del románico civil navarro y español.

Y, afortunadamente, la simbiosis se produjo dada la buena buena relación y el interés de las partes. El Gobierno de Navarra financió la rehabilitación del edificio, obra meritoria y nada sencilla, debida a la fina sensibilidad de Miguel Ángel Alonso del Val y su equipo, tarea que mereció en diciembre del 2012 el premio World Architecture Community Awards. El Ayuntamiento de Estella, por su parte, se hizo cargo de la gestión, conservación y financiación del mismo, dando lugar a la figura entonces inusual de un museo municipal y de autor.

El 14 de junio de 1991 se celebra la inauguración y el edificio comienza a recuperar la vida. Poco después se incorpora como directora Camino Paredes, la figura clave que permite explicar lo sucedido en estos 25 años. No era sencillo dotar de contenido a un museo monográfico, ubicado además en una pequeña ciudad de provincias que apenas superaba los 10.000 habitantes. Pero la profesionalidad, las ideas claras y el coraje, envueltos en las dulces maneras de su titular, han configurado en este cuarto de siglo un espacio atractivo, vital y referencial para la ciudad y su entorno. Los pasos se han ido sucediendo en una cadencia no exenta de dificultades. Primero, la recuperación y exposición de los fondos del artista, con una lectura coherente y bien articulada. Segundo, la programación de actividades de todo tipo, con la pretensión de hacer del Maeztu un museo abierto, dinámico, próximo y vinculado a la ciudad. La llegada de la crisis ha afectado directamente al museo, pero yo diría que para bien. La ausencia de recursos económicos, unido a la falta de pulso que la cultura navarra ha experimentado en los últimos lustros, ha obligado a la dirección a renovar el esfuerzo. Como bien dice su directora, “lejos de rendirnos, hemos sabido reinventarnos” y en eso, también está siendo pionero. El museo está totalmente informatizado; su colección es Bien de Interés Cultural (BIC), el máximo nivel de protección que prevé nuestra legislación; se han abierto nuevos espacios al público como el centro de documentación, la biblioteca y un espacio didáctico; y se han reforzado sus cursos, exposiciones y actividades de difusión, con una programación especial y específica para celebrar el 25 aniversario. La memoria de 2015, fácilmente asequible en su limpia, hermosa y práctica página web, reúne en 122 páginas un completo resumen de la actividad del último año. Queden algunas cifras como síntesis de su labor: 18.000 visitantes y 189.617 euros de presupuesto, de los que 178.100 proceden del mecenazgo (90%) y sólo 11.517 (el 10% restante) lo son de subvenciones públicas.

El Museo celebra su 25 aniversario, como se ve, rebosante de salud, de iniciativas y de futuro. Pero le quedan retos pendientes: recuperar el presupuesto y el personal necesario para una apertura a jornada completa; eliminar las barreras arquitectónicas que todavía perduran; y lograr que todo el edificio previsto como tal se convierta en museo. No dudo que se conseguirá, porque lo más difícil está alcanzado.

Mientras eso sucede, disfrutemos del aniversario, agradeciendo al pequeño grupo humano que lo forma -parte esencial del mismo- su trabajo, dedicación y esmero. Solo me queda instar a los de fuera a realizar una visita especialmente obligada en estas fechas. Y a los de casa, reiterarles la fortuna de contar con una institución como ésta en la ciudad e invitarles a su uso y disfrute. Aprendamos la lección. Pese a las dificultades, cuando se quiere, se puede. El Gustavo de Maeztu es un ejemplo de libro.

Diario de Navarra, 9/6/2016

 

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