Siddhartha

 Siddhartha

No hace muchos días, en la bitácora de Victor Manuel Arbeloa que ojeo asiduamente, hacía una referencia explícita al libro de Hermann Hesse, del que decía que era uno de los libros más hermosos que se habían escrito nunca. Me chocó la rotundidad del juicio y, dado que se trataba de una pequeña novela corta, en pocos días he tenido la oportunidad de leerla y disfrutarla. No me atrevo a hacer un juicio tan rotundo como el de Arbeloa, pero sin duda alguna se trata de una pequeña obra maestra que encierra muchas y sabias lecciones bajo el amable aspecto de un lírico cuento oriental.

Sumida Europa en la crisis que sucedió a la primera gran guerra, en la que dejaron la vida varios millones de personas en una contienda durísima, Hesse compone una historia basada en la vida del joven Buda, resultado de un viaje a la India, donde la relación entre un padre y un hijo le permite bucear en el alma humana, descubrir el valor del no tener y del no ser para llegar a ser, y proponer unas normas basadas no tanto en la doctrina como en la vida, la meditación, la experiencia, el contacto con la naturaleza, el servicio y el desasimiento.

Son muchas las páginas memorables, pero el capítulo final, titulado Govinda, el nombre de su amigo de juventud, es el más denso y el que refleja con más nitidez su mensaje.

“Govinda exclamó: ¿Pero acaso no has encontrado tú mismo esta doctrina con algunos razonamientos o conocimientos tuyos, que te ayuden a vivir? Si quisieras decirme alguna de estas teorías, alegrarías mi corazón.

Siddhartha repuso:

– He tenido ideas, sí, e incluso razonamientos de vez en cuando. En alguna ocasión he creído sentir en mi cómo se percibe la vida en el corazón, pero tan solo por una hora o un día. Eran muchas las ideas, y me sería difícil comunicarlas. Mira, Govinda, esta es una de las cuestiones que he descubierto: la sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un erudito intenta comunicar, siempre suena a simpleza.

– ¿Bromeas?, inquirió Govinda.

– No. Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar. Esto era lo que ya de joven pretendía, y lo que me apartó de los profesores. He encontrado otra idea que tú, Govinda, seguramente tomarás por broma o chifladura, pero, en realidad, se trata de mi mejor pensamiento. Es este: ¡Lo contrario a  cada verdad es igual de auténtico! O sea: una verdad sólo se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y unilateral es todo lo que se puede expresar con pensamientos y declarar con palabras; todo lo unilateral, todo lo mediocre, todo lo que carece de integridad, de redondez, de unidad. Cuando el venerable Gotama enseñaba el mundo por medio de palabras, lo tenía que dividir en samsara y nirvana, en ilusión y verdad, en sufrimiento y redención. No es posible otra forma para el que desea enseñar. No obstante, el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo samsara o del todo nirvana, nunca un ser es completamente santo o pecador. Nos parece que es así porque nos hacemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y el tiempo no es real, Govinda, lo he experimentado muchísimas veces. Y si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y la bueno, es una ilusión (…) El mundo, amigo Govinda, no es imperfecto, ni se encuentra en un camino lento hacia la perfección. No, él es perfecto en cualquier momento. Todo pecado ya lleva en sí el perdón; todos los lactantes, la muerte; todos los moribundos, la vida eterna. Ningún ser humano es capaz de ver en el otro en qué situación se halla dentro de su camino: en el ladrón y en el jugador espera el buda, en el brahmán espera el ladrón. En la profunda meditación existe la posibilidad de anular el tiempo, de ver toda la vida pasada, presente y futura a la vez, y entonces todo es bueno, perfecto: es brahma. Por ello, lo que existe me parece bueno; creo que todo debe ser así, tanto la muerte como la vida, el pecado o la santidad, la inteligencia o la necedad; todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi conformidad de amante: entonces es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme. He experimentado en mi propio cuerpo, en mi misma alma, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no compararlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal como es y amarlo y vivirlo a gusto.

Estas son, Govinda, algunas de las ideas que se me han ocurrido”.

Ficha bibliográfica: Hesse, H., Siddhartha, Debolsillo, Madrid, 2003

 

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