La construcción del relato

Fuerte

Acto a las puertas del Fuerte de San Cristóbal

 

Don Julio Caro Baroja publicó en 1974, en los estertores del franquismo, un libro titulado El laberinto vasco. En la página 139 del mismo, con la independencia y llaneza que caracterizaban su pluma, nos dice: “El historiador sabe muchas veces que la “tradición” es la historia falsificada y adulterada. Pero el político no solamente no lo sabe o no quiere saberlo, sino que se inventa una tradición y se queda tan ancho”. Cuando se trata de cuestiones menores -vestimentas, fiestas, ritos- la cosa no tiene demasiada importancia, pero cuando se pretende reescribir la historia corremos el riesgo de quemarnos todos. Veamos algunos ejemplos.

La gran tragedia de la Navarra de la primera mitad del siglo XX fue la guerra civil. Pese a no haber soportado en su suelo la contienda propiamente dicha, ésta afectó de lleno a todos los ámbitos de actuación: político, militar, social, económico, cultural y religioso. De tal manera que hasta finales del franquismo el relato oficial se mantuvo casi inalterado: la guerra fue una cruzada de liberación en la que los requetés jugaron un importante papel; Navarra se decantó mayoritariamente por el bando nacional; y la represión de las fuerzas republicanas y de izquierda fue un acto necesario y oportuno. Esta verdad oficial encubrió venganza, asesinatos, represión, mucho dolor y más de 3.000 muertos fuera de los frentes de guerra, muchos de los cuales se fueron recuperando de las cunetas en los años de la transición. La mayor parte de los asesinados fueron militantes de izquierda y, sólo en mucha menor medida, nacionalistas. Sin embargo, si hoy asiste uno a cualquier homenaje a los fusilados, sea en el Parque de la Memoria de Sartaguda, en los cementerios de nuestros pueblos o en actos cívicos de cualquier tipo, se encuentra con una proliferación de ikurriñas que no responden a ninguna verdad histórica, sino al relato que se nos quiere contar e imponer por parte de determinados partidos o ideologías. De poco sirve que las beneméritas asociaciones de familiares y amigos de fusilados intenten ceñir los actos a lo importante: el recuerdo a los muertos, la reivindicación de la memoria y la exigencia de una sepultura digna para todos. En la foto siempre habrá una bandera que buena parte de los asesinados desconocieron, otros no compartieron y sólo los menos la sintieron como propia. ¿Conocen algo de esto los jóvenes navarros menores de 35 años? Sería bueno que nos lo preguntáramos. Pero ahí queda el relato, y lo están ganando.

ETA

Mural colocado en Baluarte con motivo de la  presentación del libro Relatos de plomo

La segunda gran tragedia de Navarra, ésta en la segunda mitad del siglo XX, ha sido la existencia de ETA, que ha dejado en nuestra Comunidad 42 asesinatos, cientos de heridos, y muchísimo dolor en la sociedad. Los que tenemos una cierta edad recordamos con horror los años de plomo, los entierros casi clandestinos de policías y guardias civiles, y el miedo metido en el cuerpo de casi todos. ¡Cuántos y durante tantos años no han tenido que comenzar su jornada esperando a un escolta que llegara a la puerta de su casa, o mirando ellos mismos debajo de su coche para evitar que un atentado les segara las piernas o la vida! Afortunadamente, esto terminó hace unos años y pasear con libertad y sin mirar de reojo es una sensación que no tiene precio. Pero una cosa es reconocer el avance experimentado y otra tener que dar las gracias por ello. El libro escrito por Javier Marrodán y su equipo Relatos de plomo, describe en tres sobrios y densos volúmenes una historia abominable que deberíamos dar a conocer a las nuevas generaciones y no olvidar los que la vivimos. Bernardo Atxaga nos dice: “En todas las culturas hay que enterrar a los muertos, ponerles nombre y contar lo que les pasó”. Y añade: “Hay que dejar una puerta abierta, pero antes hay que leer entera la página de la violencia”. Y ésta, no solo no se ha leido, sino que los mismos de antaño pretenden manipular lo sucedido y volver a reescribir la historia. Luis Aizpeolea escribía en El País el pasado 8 de mayo un reportaje titulado: ¿Kale borroka? ¿Eso qué es?, resumen del debate habido en las aulas de la Universidad del País Vasco. Y es que el silencio pasivo de muchos y la militancia activa de otros nos han conducido al último espectáculo: presentar a Otegi, sea en televisión, en Irlanda, en el Parlamento europeo o en el Parlament de Cataluña, como un hombre de paz y, para más inri, candidato a lehendakari. También aquí lo importante es el relato y, de nuevo, lo están ganando.

 

La sociedad necesita un rearme moral. Es nuestra historia reciente la que está en juego. Historiadores, políticos, instituciones y gobierno, con el recuerdo imperecedero a las víctimas y sus familiares, deberían de contribuir más activamente a dar a conocer lo más objetivamente posible lo sucedido, porque algunos pretenden terminar el libro sin leer todas sus páginas, cuando no arrancando algunas y tergiversando otras.

Sigamos perdiendo el tiempo en cosas menores. Espero que cuando despertemos del letargo y nos demos cuenta de lo sucedido no sea ya demasiado tarde.

Diario de Navarra, 26/5/2016

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