Un premiado distinto

Aranbguren

Ignacio Aranguren en su salsa

El 10 de junio del pasado año asistí a la entrega del Premio Príncipe de Viana de la Cultura a Ramón Andrés en Leire. Ese mismo día redacté, bajo el título “Nuevos usos institucionales”, el artículo quincenal correspondiente y en él me preguntaba: “¿Tendremos nuevo premio el año que viene?, ¿qué formato tendrá?, ¿quiénes serán los asistentes? No tengo dudas que habrá cambios, solo resta por saber el alcance y el sentido de los mismos”.

Un año después ya conocemos el alcance de estos cambios. La entrega del premio no la presidirán ni los Reyes de España ni la Princesa de Viana, y ésta tendrá lugar en el palacio de Olite y no en la abadía de San Salvador de Leire. En mi opinión, dos decisiones equivocadas que no añaden nada al premio y le quitan raigambre histórica, solera institucional y proyección exterior. Estoy seguro que si les hubieran preguntado a los galardonados, la decisión mayoritaria hubiera sido la de continuar como hasta ahora. Ni fue acertado su cambio al Baluarte y su pretendida proyección internacional, ni lo son las novedades actuales, que responden más a intereses políticos que culturales.

Pero lo verdaderamente importante no es ni quién entrega ni dónde se entrega, sino quién lo recibe. Y ahí creo que se ha acertado. Hace muchos años que conozco a Ignacio Aranguren, porque somos docentes de la misma generación y nos hemos jubilado casi a la vez. Llevaba yo dos años en el instituto de Estella, cuando una serie de inquietos profesores nos presentamos en el despacho de don Luis Rey Altuna, el todopoderoso inspector de enseñanza media, para pedirle que nos autorizara a impartir el currículo, no según el temario previsto en asignaturas compartimentadas, sino en bloques homogéneos donde literatura, arte, geografía, historia y filosofía fueran partes de un todo. El inspector, con palabras amables, nos alabó la iniciativa, nos devolvió a la realidad y no hubo eco para la innovación.

A los pocos años, siendo yo consejero de Educación, recibimos una petición aparentemente peregrina: un profesor pretendía que le redujéramos alguna hora lectiva a fin de dedicarla a iniciar a sus alumnos en el teatro. Me acordé de la respuesta de Rey Altuna y, aunque no había normativa específica que lo acogiera, se lo autorizamos y ya conocemos el resultado: generaciones de alumnos han pasado por sus manos y, con la ayuda de otros colegas, ha inoculado la pasión por el teatro en cientos de jóvenes, ha ganado todos los premios forales y nacionales y ha hecho del Taller de Teatro del Navarro Villoslada toda una referencia en el teatro escolar.

Hace unos años, con motivo de su jubilación y en el más absoluto secreto, Vicente Galbete, secundado por una buena parte de los componentes del taller a lo largo de los años, preparó un concienzudo dosier sobre Ignacio Aranguren y su labor, a fin de solicitar al ministerio de Educación la concesión de la Cruz de Alfonso X el Sabio como reconocimiento a la labor de toda una vida dedicada a la docencia y al teatro escolar. Aunque me encargué de realizar personalmente las gestiones ante la delegación del Gobierno, no tuvimos fortuna y, por razones que nunca nos explicaron satisfactoriamente, la distinción no le fue concedida.

Cuando vi la relación de personas presentadas al premio, pensé que tal vez le había llegado el momento. Y sentí una gran alegría cuando leí la noticia en la prensa. Ya sé que a más de uno le habrá sorprendido la concesión. Es una rara avis en el selecto elenco de los premiados desde 1990, pero no hay duda de que encaja plenamente en lo previsto en las bases que regulan el premio: reconocer la trayectoria de personas o entidades relevantes en el mundo de la cultura, comprendiendo tanto la acción creativa en el ámbito de las artes plásticas, la música, la literatura, etc., como el trabajo en los campos de la ciencia, la técnica y la investigación. Y aunque el premio no tenga dotación económica directa, otra ocurrencia más, no tengo duda de que el proyecto que se articule servirá para difundir el encomiable trabajo del profesor Aranguren y la importancia del teatro escolar en la educación integral de nuestro alumnado. Con él quiero creer que también se premia a muchos y buenos docentes que han dedicado su vida a tareas llamadas complementarias por las que no han recibido más recompensa que la satisfacción del deber cumplido.

Enhorabuena a Ignacio Aranguren. Y no descarten la sorpresa en la entrega del premio. Puede que Talía y Melpómene le estén esperando en el palacio y pretendan celebrarlo por todo lo alto.

Diario de Navarra, 12/5/2016

 

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