Paradas de ida y vuelta

He iniciado mi jubilación verdadera, tras la etapa de la presidencia del Consejo Social, acompañando a mi hijo Iñigo a Madrid donde ha comenzado un máster en marketing. Era 2 de mayo, fiesta en la villa y corte y en otras cuantas comunidades autónomas. Sin prisa, hemos hecho los 200 primeros kilómetros y hemos llegado a Almazán. En otros tiempos, sobre todo para los funcionarios forales que viajaban oficialmente a Madrid, Almazán era parada obligada, tanto a la ida como a la vuelta. Pero ahora, con la buena red de carreteras existente, a la que se añaden los lentos pero sucesivos tramos de la Autovía de Navarra que unirá en su día Medinaceli con Tudela, el viaje de ida y vuelta a Madrid puede hacerse en el día con relativa comodidad.

Los que han salido perjudicados con esta mejora son los pueblos y ciudades del camino, ya que las variantes animan a no entrar en los núcleos urbanos. Es lo que ha sucedido con Ágreda, Almazán o Medinaceli, por no citar sino las tres ciudades históricas situadas a pie de carretera.

Almazán

Vista parcial de la Plaza Mayor con la iglesia de San Miguel y el palacio de Altamira

Ante la falta de prisa por llegar, optamos por tomar un bocadillo en Almazán, y ningún lugar mejor que su Plaza Mayor para hacer un alto en el camino. La plaza, restaurada con gusto en 2011, dispone de cuatro edificios singulares de interés: la iglesia románica de San Miguel, con bóveda de nervios en el crucero que nos remite a modelos califales cordobeses, al igual que el Santo Sepulcro de Torres del Río o la iglesia de Oloron, al otro lado del Pirineo; el ayuntamiento de la villa; el palacio de los Hurtado de Mendoza o de Altamira, hermoso edificio de los siglos XVI y XVII; y el antiguo casino, notable edificio de principios de siglo XX. A todo ello se une una hermosa estatua sobre pedestal de Diego Laínez, segundo general de la Compañía de Jesús tras San Ignacio de Loyola y uno de los grandes teólogos de Trento.

Medinaceli2

Vista parcial de la plaza mayor de Medinaceli con la alhóndiga, el palacio y la torre de la colegiata al fondo

Tras dejar a Iñigo en Madrid, emprendí a media tarde el camino de vuelta. Si puedo, me suele gustar parar en Medinaceli y pasear por sus calles normalmente desiertas, aunque al ser día de fiesta en Madrid estaban más frecuentadas que de costumbre. Entré en el convento de Santa Isabel, de monjas clarisas, y asistí al rezo del rosario, la plegaria del mes de mayo y la exposición del Santísimo. Una comunidad de 11 monjas en el bajo coro, unos cuantos feligreses y un sacerdote de edad avanzada éramos toda la concurrencia. La ceremonia me recordó otros tiempos en Los Arcos y Pamplona. “Venid y vamos todos/ con flores a porfía/ con flores a María/ que madre nuestra es. De nuevo aquí nos tienes/ purísima doncella/ más que la luna bella/ postrados a tus pies” cantamos en la fresca tarde de mayo, situados como estábamos a 1204 metros de altura. Por supuesto, tras la exposición del Santísimo, situado en un baldaquino rococó inserto en un retablo de traza parecida al de San Gregorio Ostiense, rezamos las casi olvidadas salutaciones. “Bendito sea Dios; bendito sea un santo nombre…” A la salida, di un paseo por la plaza mayor, una de mis plazas rurales preferidas de España. Abierto como estaba el Palacio de Medinaceli, entré a echar un vistazo. El amable responsable de su conservación, un arquitecto jubilado mallorquín, me permitió acceder al patio, un rotundo rectángulo de dos pisos de arcadas superpuestas de raigambre renacentista, hoy cubierto con una cúpula acristalada. La enorme plaza estaba vacía, con una sola persona sentada en un banco. Paseé por el antiguo foro romano, me acerqué a la alhóndiga, hoy sede del ayuntamiento, y me asomé a la colegiata, un enorme edificio renacentista de los siglos XVI y XVII. He aquí un ejemplo de la España histórica que se resiste a morir. Apenas quedan vecinos los días de labor. Pero los fines de semana, gracias a la autovía y a la cercanía a Madrid, las calles reviven, los restaurantes se animan y la población recobra un poco de vida. ¿Hasta cuando?

Un nuevo arreón, y en poco más de dos horas me presenté en Oteiza  Son las ventajas del tiempo presente. Salir de un pequeño núcleo rural, llegar a la capital de España, y visitar, tanto a la ida como a la vuelta, dos poblaciones históricas de interés en un solo día y sin especiales apuros hoy es posible.

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