De nuevo, el pacto educativo

pACTO

Si hay una aspiración permanente que recorre España desde hace años en programas políticos, declaraciones públicas, tribunas de prensa y demandas ciudadanas es la necesidad de un pacto social y político por la educación. El mero hecho de no haberlo alcanzado, pese a los esfuerzos realizados al respecto nos indica, por un lado, la dificultad del objetivo y, por otro, la necesidad imperiosa de seguir intentándolo.
Estamos, según parece, en vísperas de unas nuevas elecciones tras el fracaso estrepitoso no de la ciudadanía, que ya dijo ¡el 20 de diciembre de 2015! cuáles eran sus preferencias, sino de una clase política incapaz de articular mayorías y consensos. Volverán en las próximas semanas los partidos a ocuparse en desempolvar programas, zurcir listas y buscar responsabilidades en el adversario. Y de nuevo aparecerá, sólo de pasada, la necesidad de un pacto educativo.
Dado que esa realidas nos supera, parece  más realista que fijemos la mirada en Navarra y tratemos de esbozar las líneas por las que podría discurrir un objetivo más modesto, pero igualmente necesario: un pacto foral por la educación que permita dar un salto educativo a una Comunidad que reúne los mimbres necesarios para llevarlo a cabo.
El punto de partida no es malo. Navarra presenta, globalmente hablando, uno de los mejores índices del sistema educativo español en financiación, plazas escolares, número de alumnos por aula, atención a la diversidad, fracaso escolar o infraestructuras educativas. Y esto no es por casualidad. La Comunidad Foral asumió las transferencias educativas en 1990 con tres problemas de primera magnitud bien resueltos: una magnífica infraestructura educativa, fruto de inversiones muy importantes en los años anteriores; un ley del vascuence que permitió encauzar  un serio problema hasta entonces enquistado; y la creación de una universidad de nueva planta -la UPNA-  que, bien dotada de medios humanos y materiales, sirvió de modelo a las que llegaron después. A eso se unió el acuerdo suscrito entre PSN-PSOE, un partido que, conviene recordar, gobernó con 15 parlamentarios de 50, y UPN. Éste último garantizó la gobernabilidad y la aprobación de los sucesivos presupuestos a cambio de un acuerdo global en materia educativa que, además de cuidar la enseñanza pública, supuso la práctica gratuidad entre los 3 y los 18 para todos los centros concertados de Navarra, ikastolas incluidas. Este acuerdo se mantuvo en los lustros siguientes con altibajos de uno y otro signo, pero con una política compartida de fondo: unos presupuestos de educación próximos en financiación a porcentajes europeos de los que nos hemos ido alejándonos en los últimos años.
La atonía de la última etapa de UPN  ha saltado por los aires con la llegada del nuevo gobierno. Consecuencia de ello, la educación ha vuelto al primer plano de la actualidad y la necesidad de un pacto que traiga rumbo claro y compartido, estabilidad y sosiego se ha hecho todavía más evidente.
Pero a diferencia de otras ocasiones, además de palabras y buenas intenciones, tenemos una propuesta seria encima de la mesa. Sé lo que es elaborar documentos educativos y las dificultades que entraña y me atrevo a señalar que el “Pacto social y político por la educación en la Comunidad Foral de Navarra” que presentó hace unas semanas el PSN-PSOE es un documento digno de ser tenido en cuenta. Sobre todo si, como han señalado sus responsables, es solo el punto de partida para un acuerdo entre diferentes.
Por si esto no fuera suficiente, el pasado lunes, con muy buena presencia de docentes y representantes de asociaciones y apymas, se presentó en sociedad de la mano de tres ponentes de peso: Guillermo Herrero, la consejera de Educación de Aragón y Ángel Gabilondo. Resumo lo que, a mi juicio, fue lo esencial de su intervención. En el caso del exministro su convicción de que para pactar -bajo los parámetros de la libertad, la igualdad y la justicia- es preciso querer hacerlo, buscar el interés general, comenzar por lo que nos une y pactar los desacuerdos. Guillermo Herrero  enumeró, desde su larga experiencia, algunos de sus componentes: criterios de escolarización, política lingüística y apoyo explícito a la escuela rural. Me atrevo a señalar otro más: la necesidad de definir entre todos el modelo de Universidad que queremos para Navarra.
Tarea no nos falta. La sociedad lo quiere y Navarra lo necesita. Hagamos de la necesidad virtud. Es preciso que la clase política también lo quiera, se siente, se lo tome en serio y trabaje. Puedo dar fe de que otras cosas más difíciles  se consiguieron. La voluntad política no sólo hay que proclamarla sino ejercitarla. Señores parlamentarios, pongan manos a la obra. Es su turno. Y no lo duden, eso sí es prestigiar el Parlamento, que buena falta le hace.
Diario de Navarra, 14/4/2016

 

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