Viaje a Irán. Entre la emoción y la zozobra (I)

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María Puy y Jesús reponen fuerzas para el viaje

 

Un año más, los amigos del Verbo Divino nos han preparado uno de esos viajes exóticos a los que nos tienen acostumbrados. Tras Siria y Jordania, Turquía, Uzbekistán y ahora Irán.
Pero la emoción del viaje, Persia es uno de esos destinos inigualables, convive con la zozobra del momento presente. Aunque el país de los ayatolás parece haber entrado en una cierta calma, con el acuerdo nuclear con USA y la victoria de los moderados en las elecciones como hechos recientes, la coyuntura no invita al optimismo. Siria se desangra en una guerra civil interminable. Irak no encuentra un camino de paz con sunitas y chiitas a la greña permanente. Turquía está inmersa en una involución política, social y cultural, pese al balón de oxígeno que puede suponerle la ayuda europea para contener a los refugiados. Afganistán sigue siendo, tras el fracaso sucesivo de rusos y norteamericanos, coto de los señores de la guerra. Y las monarquías del Golfo, con la aquiescencia occidental alimentan los extremismos con los petrodólares. Y por si todo esto no fuera suficiente, el atentado reciente de Bruselas sacudió los cimientos de una Unión Europea en horas bajas y evidenció, una vez más, lo vulnerables que son nuestras sociedades y lo difícil que resulta abordar el fenómeno del yihadismo, con militantes dispuestos a inmolarse por una causa para nosotros irracional e incomprensible.

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El grupo espera el embarque hacia Estambul

Pero Irán nos espera con su historia, su leyenda, su cultura y sus gentes.
Si yo tuviera que evocar lo que Persia trae a mi memoria debería citar a Susa y Persépolis, a Ciro, Darío y Jerjes, a Alejandro Magno, al imperio sasánida, a las dinastías propias musulmanas, a los seljúcidas, a Gengis Kan y Tamerlán que lo arrasaron casi todo a su paso,  a las dinastías timúrida y safávida, a los Pahlevi, al ayatolá Jomeini y la revolución islámica, y a sus sucesores hasta hoy. Y, por supuesto, ciudades míticas como Isfahan o Shiraz. Y en todos estos siglos, un pueblo sojuzgado al servicio de dinastías todopoderosas, de fuera o de casa, que incluso hoy, a comienzos del siglo XXI, mantienen al país como una república islámica fundamentalista regida con puño de hierro y una ausencia casi absoluta de libertades religiosas y civiles.
Mientras escribo estas líneas en el avión que nos conduce a Estambul, como primera etapa de nuestro viaje, la pantalla de televisión nos indica la ruta del aparato. Hemos salido de Bilbao, hemos sobrevolado los Alpes franceses -con un recuerdo para los pasajeros y la tripulación estrellados por el copiloto de Germanwins hace ahora un año- y la Península Itálica por el norte, para entraren el avispero de los Balcanes. Hemos sobrevolado Croacia, hemos pasado sobre la vertical de Sarajevo en Bosnia, cruzamos entre Servia y Kosovo, y estamos a punto de entrar en Bulgaria, con Sofía en el horizonte. Hemos recorrido más de 2.000 kilómetros y nos quedan apenas 800 y una hora de viaje. ¿Cómo no recordar desde aquí a los refugiados que han recorrido todos los caminos terrestres para llegar a na Europa que primero los acoge y ahora los rechaza? ¿Cómo es posible que Turquía pueda acoger a más de 3 millones y toda la Unión Europea sea incapaz de absorber a un millón? Instalados a bordo, los números siempre me impresionan: casi 3.000 kilómetros, casi 4 horas de viaje a 10.000 pies de altura y -57 grados en el exterior.

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Los carteles alusivos al nuevo Irán revolucionario e islámico son una constante

 

La segunda parte del vuelo nos conduce de Estambul a Teherán. Un modernísimo avión de las líneas aéreas turcas nos indica nuestra posición en todo momento. Los cielos del Medio Oriente, menos peligrosos que las rutas terrestres, no dejan de ser inquietantes. Recorremos Turquía de oeste a este y penetramos en suelo iraní dejando encima de nosotros tierras tan complejas con las antiguas repúblicas soviéticas de Armenia y Azerbaiyán -ahora enfrentadas por la región de Nagorno Karabaj- y el mar Caspio, y situándose debajo el avispero de Irak, cuyo espacio aéreo afortunadamente no atravesamos. No me extraña que algunos de los compañeros del viaje hayan tenido que hablar de Persia y no de Irán, sin indicar muy bien donde estaba situada, para no asustar a la familia, amigos y conocidos.

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María Luisa y María Puy han cambiado de aspecto. El pañuelo les acompañará durante todo el viaje

Teherán, la gran urbe convertida en capital de Irán en el siglo XVIII reúne en su conurbación urbana 12 millones de habitantes. El aeropuerto al que nos dirigimos se llama ¡cómo no! Imán Jomeini. Sorprendentemente hemos salido del aeropuerto Kemal Ataturk en Estambul, en honor del héroe turco. Dos líderes diametralmente opuestos que representan el integrismo islámico el primero y el laicismo el segundo. Pero tras ellos, dos inmensos países, los más poblados de la región, buscan su destino. El primero apenas da pasos tímidos hacia un Estado menos radical, el segundo retrocede hacia una islamización creciente. En todo caso, en ambos países el destino lo tienen los más jóvenes, que son la mayoría. ¿Se abrirá paso en ambos un sistema político donde la libertad sea posible?

 

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