Pasión del dios que quiso ser hombre

Argullol

La sociedad navarra y española de hoy es el fruto de una larga historia en la que las raíces cristianas ocupan un papel preponderante. Durante buena parte de la misma, sobre todo a  partir del siglo tercero en el que comienza la progresiva cristianización  del territorio, la Iglesia es mucho más que un poder religioso, hasta impregnar la vida política, social y cultural, y convertirse en la amalmaga de nuestra sociedad. Sólo a partir de la Ilustración, y con muchas dificultades, comenzará a hacerse realidad la emancipación de la sociedad civil, hasta llegar a nuestros días en los que la secularización creciente constituye un rasgo característico de nuestra sociedad.
Pero todavía hoy, en Semana Santa y en las fiestas patronales sobre todo, como reflejo de una cultura que perdura, algunos rasgos de esa tradición religiosa se hacen presentes en la vía pública. En la Navarra urbana y en la rural, en Pamplona con fasto y solemnidad menguantes, y en los pueblos a veces con dificultades para sacar los pasos a la calle por falta de portadores,  las procesiones volverán a hacer latir los corazones de muchos creyentes, en muchos casos escasamente practicantes, que recuerdan tradiciones heredadas de sus mayores y les gustaría poder transmitirlas a sus hijos y nietos en forma de cofradía, medalla, asociación o romería.
Los días que vienen constituyen la semana clave de la vida cristiana. Celebran la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, para los creyentes el hijo de Dios y Dios él mismo. Sin olvidar el ámbito de la fe y de la trascendencia, esencial para millones de seres humanos a lo largo de la historia, estos hechos han sido objeto preferente de atención por parte de literatos, escultores, pintores y músicos, hasta el punto de ser la fuente de inspiración más importante en los respectivos ámbitos de la cultura occidental. Acercarse a cualquiera de estas vertientes en estos días que vienen, constituye una actividad que, al margen de nuestras creencias, tonificará nuestro espíritu.
Desde hace unos meses tenía en mi estantaría de novedades, a la espera de un momento propicio para su lectura, un librito que apareció en 2014, editado por Acantilado, titulado “Pasión del dios que quiso ser hombre”. Su autor, Rafael Argullol, narador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.
Sus 81 páginas se dividen en tres partes bien diferenciadas: un relato, una confesión y una serie de láminas brevemente comentadas. El relato no es el de un creyente, sino el de un hombre inquieto por la figura de Cristo, el de un hombre apasionado artísticamente por el cuerpo de otro hombre que a todas luces sigue generando un impacto profundo en la mente de sus estudiosos y sus seguidores. Son 44 páginas en las que se dirije directamente a Jesús recordando su paso por este mundo, deteniéndose en los tres últimos años de vida pública y subrayando con especial atención los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección. Las páginas están llenas de frases felices, acertadas para unos y discutibles para otros, reflexiones profundas y audacias expresivas en un tono que, sin embargo, denota por igual asombro, respeto y cautela.
La segunda parte, la confesión, abarca 11 densas páginas que constituyen la aportación más personal del libro. El autor se confiesa no cristiano, pero profundamente interesado por Jesús: “La intimidad que pronto dejé de tener con el cristianismo la continué teniendo con Cristo. El personaje me fascinaba, por más que fuera huidizo para toda interpretación”. Y esta interpretación personal y propia la encontró no sólo en las palabras, sino en las imágenes: “El Cristo de los artistas, aunque continuamente inventado, tiene más verdad que el Cristo de los eruditos”.
Y, finalmente, las imágenes. La tercera parte se titula “la mentira de los artistas que dicen la verdad”. Rafael Argullol resume en 23 imágenes los episodios más significativos de su vida, desde la anunciación (Fra Angelico), hasta la resurrección (maestro de la crucifixión de Lehman), pasando por la resurrección de Lázaro (Giotto), la última cena (Leonardo), el beso de Judas (mosaico anónimo bizantino), la flagelación (Piero della Francesca), la crucifixión (Miguel Ángel, Velázquez y Grünewald), el descendimiento (Van der Weyden), la lamentación sobre Cristo muerto (Botticelli), la Pietá (Bellini), el cuerpo de Cristo y los instrumentos del martirio (Carracci), el traslado de Cristo (Rafael) y el Cristo velado (Sanmartino).
Desde el mismo título (dios en minúscula), el libro es tan sugerente como provocador. Le acompañan una escritura limpia, poética y un punto inquietante. No es libro sólo para filósofos, artistas, historiadores del arte o teólogos, sino para cualquier lector medianamente interesado y sensible. Ustedes mismos. Les auguro una mañana o una tarde inolvidables.
Diario de Navarra, 17/3/2016

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