Surtopías forales

Surtopía

En el ya lejano enero de 2004, previa invitación del medio, comencé a plasmar mis impresiones sobre la situación de Navarra en entregas quincenales recogidas bajo el epígrafe “Desde La Solana”. Enunciaba entonces que pretendía hacerlo desde un espacio poco habitual, un rincón de la Navarra rural en el que vivo desde hace 33 años y desde el que observo atentamente el discurrir de una tierra plural y heterogénea, que afortunadamente no acaba en las urbanizaciones del entorno de la cuenca de Pamplona, sino que se extiende, escasa en hombres y mujeres y abundante en problemas, al resto de las zonas de la Comunidad. Uno de los mayores, señalaba entonces, es el relativo al desequilibrio territorial, de cuyo acierto en su resolución depende en buena medida la existencia misma de la Comunidad. Los años transcurridos no me hacen ser especialmente optimista: la brecha continúa ensanchándose y la última crisis ha venido a acrecentar las diferencias. No deja de ser una cruel paradoja que Navarra, a la que uno de nuestros mejores historiadores, Fermín Miranda, define como “una sociedad urbana de corazón rural”, siga avanzando en este desequilibrio y que, sin distinción de colores políticos, lo que sucede más allá de las mugas de la cuenca de Pamplona interese relativamente poco porque somos pocos los que habitamos los casi 10.000 kilómetros cuadrados restantes, pese a que hayan sido fundamentales en el devenir  geográfico, histórico, político y social de nuestra tierra.
Sensibilizado con este problema que denuncié de nuevo hace 15 días al insistir en que nuestras escuelas rurales eran mucho más que centros de enseñanza hasta convertirse en elementos claves del futuro de nuestros pueblos y del equilibrio territorial de la Comunidad, me topé el pasado día 2 de febrero en este mismo medio con un artículo titulado “Surtopía”. Tras el hermoso neologismo, Pedro Blanco, Julio Mazarico y Jesús María Ramírez, tudelanos ejercientes, daban cuenta de la publicación de un libro del mismo título que recogía sus colaboraciones en la edición de Tudela de Diario de Navarra a lo largo de los últimos años. Compré el libro, que se lo recomiendo vivamente, y me lo leí de un tirón. Aunque los hay excelentes, si tuviera que elegir un solo artículo como especialmente representativo, me decantaría por el titulado “Surtopía”, firmado por Pedro Blanco y aparecido el 29 de enero de 2015. Es un hermoso alegato, lleno de dignidad y un punto de orgullo, hecho por una persona que se asoma todas las noches como subdirector de uno de las programas de máxima audiencia de la radio española, Hora 25 de la Cadena SER, y que pese a residir en Madrid no quiere olvidar sus orígenes. Les rescato algunos párrafos muy significativos: “Estamos aquí, en el lugar que siempre hemos estado. Somos esa gente del sur, esos mismos a los que los del norte sólo ven cuando miran hacia abajo (…) Siento que nos miran, pero no nos ven, que nos observan pero no nos entienden, que nos contemplan pero no nos sienten, ni nos oyen, ni nos escuchan. Tengo la sensación de que hubo días, que quizá se repitan, en los que llegaron a perdernos el respeto. Somos esa gente del sur que desearía que en esta tierra la política, de una vez por todas, también se ejerciera desde el sur (…) Bien pensado, tal vez todo lo que han leído no haya sido más que un ejercicio de surtopia porque me temo que hace ya demasiado tiempo que nosotros, las gentes del sur, perdimos el norte”.
Confieso que yo, habitante de Tierra Estella, al igual que otros ciudadanos de la Navarra Media Oriental o de las tierras prepirenaicas, hemos pensado durante años que los de la Ribera se quejaban de vicio. ¿No eran sus tierras fértiles, sus industrias prósperas y sus fiestas interminables y sin igual? Pero los datos son muy tozudos y esa tierra prometida que manaba leche y miel nos presenta hoy cifras muy preocupantes. El aldabonazo lo dio en la segunda mitad del año 2014 la Cátedra de Investigación para la Igualdad y la Integración Social de la UPNA (CIPARAIS) alertando de la existencia de importantes desigualdades entre las distintas zonas de Navarra, llevándose la peor parte la Ribera. “Desempleo, pobreza, exclusión social, emigración son palabras que en los años pasados de la riqueza hueca creíamos desterradas, cuando en la Ribera gastábamos a manos llenas, cuando la fiebre del ladrillo dejó vacías las aulas y llenas las inmobiliarias y concesionarios de alta gama”, resume Jesús María Ramírez.
Sin olvidar el sur, que agrupa casi a 100.000 personas, permítanme recordar que existen también otros sures forales dignos de atención, con menos recursos naturales, menos habitantes y menos liderazgos.
Aún reconociendo que las culpas son compartidas, frente a tantas urgencias prefabricadas que hoy nos acosan, este problema ¿cuando toca abordarlo?
Diario de Navarra, 3/3/2016

 

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