Cuidemos la escuela rural

Oteiza

Colegio Público San Salvador de Oteiza

Permítanme que comience con una alusión personal. Por profesión y vocación he dedicado buena parte de mi vida a la educación. He alternado la docencia en centros públicos con la gestión, y me ha tocado estar en primera fila en momentos especialmente relevantes relativos al euskera, la Universidad, la asunción de las transferencias o la gestión ordinaria de la educación, el proceso más oscuro y difícil de todos ellos. Recién llegado a la jubilación como funcionario, recuerdo con cariño los avatares de antaño, pero me interesan y me preocupan mucho más los problemas de hogaño.
He venido reclamando en no pocas ocasiones la imperiosa necesidad de un pacto educativo duradero y estable a nivel nacional. Este país, que no es otro que España, no podrá formar parte de las grandes naciones desarrolladas del mundo mientras no logre que la educación salga de la lucha partidista y constituya una base sólida y estable sobre la que edificar una sociedad donde libertad e igualdad de oportunidades convivan armoniosamente y se establezca un consenso básico en valores cívicos que impregnen currículos, programas y escuelas. ¿Perderemos también la oportunidad que ahora se nos brinda con la formación del nuevo gobierno?
Pero centremos nuestra mirada en Navarra. Tampoco aquí oficialmente fue posible un pacto global. Pero sí se llevaron a cabo acuerdos puntuales y el resultado está a la vista. La Ley del Euskera requirió mayoría absoluta y, aunque no fue fácil, se aprobó y se desarrolló con resultados ciertamente notables que pacificaron el sector. Crear y desarrollar la UPNA requirió consensos varios y hoy es una espléndida realidad. Los difíciles acuerdos PSN/UPN hicieron posible un sistema educativo navarro en el que la gratuidad de la enseñanza se extendió de los 3 a los 18 años, con una doble red de centros públicos y concertados que han convivido con problemas puntuales pero de forma sensata y equilibrada durante casi 30 años. Los presupuestos anuales, aprobados por unos y por otros, han hecho posible centros dignos, ratios asumibles y resultados razonablemente satisfactorios. A todo ello se sumó las incorporación de programas nuevos de idiomas, atención a la diversidad y otras novedades puestas en marcha en los últimos lustros. ¿El balance? Un buen sistema educativo, fruto de la labor y el esfuerzo de muchos que debemos intentar mantener a toda costa y mejorar en la medida de lo posible.
Sin embargo, la situación actual se mueve entre la confusión y la perplejidad. Enumero algunos problemas que hoy son actualidad: una OPE llamada a satisfacer a muchos, que disgusta a casi todos; una demanda objetiva, el aprendizaje en inglés, convertida en arma arrojadiza  entre lenguas llamadas a convivir y enriquecer; una defectuosa planificación, fruto de la presión en unos casos y de la demanda en otros, en la que conviven distintos modelos y programas lingüísticos en municipios apenas distantes unos kilómetros entre sí; un intento de segregar centros por modelos lingüísticos, sin duda lo más fácil cuando lo más provechoso y difícil es convivir en un mismo centro. Y, para finalizar, un peligro del que me gustaría alertar especialmente, la difícil pervivencia de la escuela rural.
De todo el sistema educativo navarro, el bien más preciado es la escuela rural. Cumple no solo la misión de proporcionar una enseñanza digna a los vecinos, sino que es elemento clave en el mantemiento de la vida de nuestros pueblos. Éstos perdurarán mientras la escuela resuelva satisfactoriamente las necesidades de las familias. Es, por tanto, factor clave en el difícil equilibrio territorial de nuestra tierra. Y todo esto lo hace francamente bien. De  ahí la importancia de implantar con sosiego y equilibrio los nuevos modelos y programas previstos. Pongamos un ejemplo: un pueblo con una población escolar de 70 a 100 alumnos, nada inusual entre nosotros, donde se ofrezcan los modelos en castellano, en euskera -sea el A o el D- y una modalidad de inglés. Objetivamente tienen derecho a todos ellos, pero lo mejor es enemigo de lo bueno, y si nos empeñamos en implantarlos todos probablemente haremos imposible que funcione ninguno. Y eso sería una tragedia. De ahí la necesidad de informar,  planificar y consensuar el proceso que ahora se pone en marcha, bueno en sí mismo, pero que puede producir resultados perversos.
Apelo de nuevo a la necesidad de un pacto educativo, sugerido por determinados partidos y  enunciado en las últimas semanas por la Presidenta Barkos. Hagamos de la necesidad virtud. Pero eso requiere, lo digo por experiencia, abandonar posiciones maximalistas, consenso, ideas claras, pulso firme, determinación, sosiego y recursos. Es decir, convertirlo en una prioridad social y política, y  hacer de la educación una palanca que nos una y nos proyecte al futuro.
Diario de Navarra, 18/2/2016

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