Huele a oveja

Elizalde

La antigua tierra de Canaán, el territorio bíblico conocido con nombres como Israel, Judá o Palestina, según las épocas, es una estrecha franja de tierra situada en la zona sudoriental del Mediterráneo. La agricultura de secano y sobre todo la ganadería han sido históricamente sus fuentes de riqueza. De ahí que la figura del pastor sea una imagen omnipresente en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, en el primer caso referida a Yahvéh y en el segundo a Jesús de Nazaret. ”El Señor es mi pastor”, dirá el Salmo 23; “Yo soy el Buen Pastor”, recordará Jesús en Juan 10, 11.
Con el nacimiento de la Iglesia, esa imagen del pastor se aplicará al Papa, los obispos y los sacerdotes, encargados de guardar el rebaño. No sorprende que en los primeros siglos, con una Iglesia primero perseguida y luego solo tolerada,  el tema del Buen Pastor sea el más representado en la iconografía paleocristiana, con más de 900 imágenes, tanto en pintura como en escultura. Pero a partir del siglo IV, el cristianismo se convierte en religión oficial, la pobreza deja paso a la acumulación de riqueza, y el Papa y los obispos dejan de ser solo representantes eclesiales para pasar a ser también señores temporales, dueños de territorios, haciendas y vidas. Curiosamente la representación del Buen Pastor desaparece casi completamente en la Edad Media y solo aparecerá esporádicamente en los siglos siguientes.
Y héteme aquí que, recién iniciado el siglo XXI, tras los poderosos papados de Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, llega un Papa venido del extrarradio, Francisco, y sitúa en  el centro de su pontificado no el juicio sino la misericodia y, en medio de un mundo tecnificado donde el pastoreo es una actividad prácticamente inexistente, pide a la Iglesia volver a los orígenes, salir a la periferia a  acompañar a las ovejas en su difícil tránsito terrenal y a buscar a las descarriadas, y demanda imperiosamente a los obispos que sean “pastores que huelan a oveja”.
El día 8 de enero conocimos el último nombramiento en la larga lista de obispos distribuidos por el mundo. Juan Carlos Elizalde, un navarro de Mezkiritz, ha sido designado obispo de Vitoria por el Papa Francisco. Sé que hay aspectos que requerirían nuestra atención: el proceso de participación en la elección y los criterios ideológicos-pastorales en la selección, entre otros. Pero, sin desconocerlos, hoy es día para subrayar mi alegría como navarro, como amigo y como miembro de la Iglesia diocesana.
Conozco a Juan Carlos Elizalde desde el año 2005. Era el responsable de la residencia Argaray, sita en el antiguo seminario de Pamplona, cuando mi hijo comenzó sus estudios universitarios y residió un año en la misma. Me pareció un hombre afable, cercano y vital, especialmente interesado en la pastoral juvenil, tan importante y desatendida en nuestras diócesis. He seguido sus pasos posteriores. Responsable de la pastoral universitaria en la UPNA, sé de su discreción, su temple y su constancia, y de una actividad que no se ha circunscrito a la modesta capillita del Sario, sino a actividades nunca fáciles en un medio indiferente cuando no hostil. Y todo ello, junto a una actividad frenética como vicario episcopal, prior de Roncesvalles y párroco de 9 pueblos del Pirineo, próximos a su Mezkiritz natal y a la colegiata. Por no hablar de los planes en marcha para impulsar uno de los centros artísticos y culturales más importantes de Navara y dotarlo de nuevos bríos en un horizonte de peregrinaciones en alza.
Pero todo esto cambiará dentro de poco cuando tome posesión de la diócesis de Vitoria. He leido la carta hermosa y sentida que acaba de enviar a toda su diócesis y a todos los alaveses. Sus ideas son claras y firmes: pide la ayuda de todos, porque no sabe ser obispo y debe aprender; desea acompañar a todas las comunidades cristianas a seguir saliendo a la periferia que señala el Papa Francisco: los más pobres, la gente golpeada por la violencia, la increencia deshumanizadora y la desunión entre nosotros; promete entregar todo su tiempo, su caudal afectivo y sus fuerzas en beneficio de todos; como servidor necesitado se abre a las sugerencias, consejos y aportaciones de  toda la diócesis con enorme esperanza; y espera sentirse como en casa, viniendo de una diócesis tan cercana en sensibilidad social y eclesial.
No lo va a tener fácil. Pero tiene cuatro cosas en su haber nada despreciables: cree en lo que predica y vive una fe consecuente; conoce el proceso de secularización intensa de la diócesis de Vitoria, porque lo ha vivido en la de Pamplona-Tudela; ha sabido ser levadura en la masa; y huele a oveja como quieren Francisco y sus feligreses. Feligreses  que, aún siendo un solo rebaño, tienen sensibilidades muy distintas. De todos se espera que sea el pastor.
Diario de Navarra, 14/1/2016

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