Refugiados

refugiados

Escribo estas líneas en la tarde de Reyes, una jornada en la que nuestros corazones de personas adultas se enternecen y vuelven a sentir la nostalgia de un tiempo que se fue. Con más deseos que realidades y más peticiones que regalos, rodeados de abuelos, padres y hermanos en número considerable, esperábamos ansiosos la tabla del parchís, la muñeca de cartón o la anguila en aquella caja de colorines. Y aquí estoy, tras esta ensoñación, dispuesto a escrbir una pequeña reflexión sobre los refugiados, dado que esta palabra ha sido elegida la palabra del año por la Fundación del Español Urgente, como recuedo de un drama que llegó a nuestras puertas y nos conmocionó a todos. Pero no acabo de encontrar la medida del puzle. Tengo sobre mi mesa los últimos datos aparecidos en la prensa de hoy: la noticia de los enésimos subsaharianos muertos frente a la valla de Ceuta y en sus aguas próximas; los primeros 27 ahogados de 2016 frente a las costas de Lesbos, incluidos tres niños; la última bravuconada indecente de Trump, confundiendo la valla de Melilla con la frontera entre México y Estados Unidos; y un cuadernillo de la serie “Cristianismo y Justicia”, titulado De la hostilidad a la hospitalidad en el que se reflexiona críticamente sobre el fenómeno de la migración. Probablemente demasiados datos para tan poco espacio.
Comencemos, por tanto, desde el principio. La historia del mundo es, en buena medida, una historia de migraciones interminables. Si tomamos como fecha aproximada de la aparición de la especie humana los cinco millones de años antes de Cristo, durante cuatro millones novecientos noventa y cinco mil los humanos -más bien pocos- han sido una especie en continuo movimiento en busca de alimento que les permitiera sobrevivir. Solo con el neolítico, es decir no mucho antes del 5.000
a. C., algunas comunidades comenzaron a cultivar la tierra y a domesticar algunas especies animales, lo que trajo consigo la necesidad de una sedentarización y el proceso subsiguiente: nacimiento de las núcleos urbanos, necesidad de especializar el trabajo, aparición de las clases sociales, y deseo de conquistar nuevas tierras y dominar a otros colectivos humanos.
Pero entrados en la historia más reciente, el proceso no se paralizó y variadas oleadas de pueblos diversos han recorrido sobre todo Eurasia en busca de mejores lugares donde asentarse. Los motivos del desplazamiento han sido varios: en unos casos, probablemente los más, razones estrictamente económicas; en otros, a éstas se han añadido otras como las políticas, sociales o religiosas. Hoy hablamos fundamentalmente de éstos, los que han tenido que abandonar familia y patria por las razones apuntadas para sobrevivir a una muerte probable o segura.
¿Qué nos ha deparado 2015, el año de los refugiados? Los hemos visto recorriendo miles de kilómetros a través del Egeo o encaramándose a las concertinas de una nueva valla, mientras intentaban pasar a sus hijos por ellas con caras de terror. Les hemos visto ser recibidos con aplausos en algunas estaciones de tren centroeuropeas, pero también ser objeto de insultos, zancadillas y exhaustivos controles interiores. Nos han impactado las imágenes de Aylan y otros niños de nombre desconocido flotando en aguas de las costas de la supuesta tierra de promisión. Y, consecuencia de esto, hemos oido muchas palabras de líderes europeos que a veces nos han avergonzado, muchas reuniones y cumbres, y muchas promesas incumplidas. En 2015 han llegado a las costas de Europa, la civilizada y culta Europa, más de un millón de personas que huían de sus países de origen y pretendían encontrar asilo y cobijo en la tierra de los derechos humanos, pero pocas han sido las políticas materializadas y aplicadas a nivel comunitario y varios cientos de miles de refugiados  han pasado unas navidades  en unas penosas condiciones sin saber qué les deparará el 2016.
Nos queda mucho por hacer en este año que comienza: abrir vías legales de entrada a Europa para evitar que los potenciales refugiados arriesguen sus vidas; concretar una misión europea de salvamento marítimo que evite numerosos naufragios; definir una política de reparto justo de responsabilidades, con criterios objetivos de distribución como la tasa de desempleo y el número de solicitantes; establecer una lista europea de países seguros; y crear una policía fronteriza europea.
Estas medidas, todas en fase de estudio por parte del Parlamento Europeo y del Consejo, constituyen un test de la Europa que queremos. Dicho de otra manera, debemos pasar de la hostilidad a la hospitalidad y convertir las promesas en realidades. Nos empujan a ello el pasado que fuimos, el presente que hemos forjado y, si somos insensibles al éxodo, el oscuro futuro que atisbamos en el horizonte, lleno de vallas físicas e inviernos afectivos.

Diario de Navarra, 6/1/2016

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