El nuevo Consejo Navarro de Cultura

ConsejoNavarro de Cultura

Imagen del Pleno del Consejo de Cultura saliente

La Cultura, citada así, en mayúscula, es un signo distintivo de las administraciones modernas. En nuestro país, España, existían unidades de archivos, bibliotecas, museos y otras actividades englobadas en el ámbito cultural, pero sólo avanzado el siglo XX se crearon estructuras administrativas encargadas de ordenar, gestionar e impulsar esta actividad bajo el nombre de ministerio de Instrucción Pública primero, de Educación después, y finalmente de Cultura, bien sea sólo o unido al anterior.

Otro tanto sucedió en Navarra. La vieja Diputación Foral disponía de un ámbito administrativo, la Institución Príncipe de Viana, fundada en 1940, encargada de gestionar e impulsar todo lo relativo al ámbito de la cultura. Y esto hasta tal punto que “Príncipe de Viana” todavía es hoy sinónimo de cultura en el imaginario colectivo navarro.

Fue en 1984 cuando Navarra adecuó su estructura administrativa de corporativa a departamental. Surgió entonces el departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud, con un responsable político al frente y sus correspondientes direcciones generales, servicios, jefaturas de sección y de negociado, Con perspectiva histórica, llama la atención lo siguiente: la estructura administrativa y los programas apenas han cambiado en los últimos treinta años; el porcentaje dedicado a los programas culturales ha descendido del 1% alcanzado en 1990 a poco más del 0,6% en 2015; mientras que la estructura administrativa ha crecido de forma sustancial. Lo que no ha variado ha sido la existencia de un órgano consultivo, el Consejo Navarro de Cultura, nacido en el año 1984, compuesto por 20 miembros extraídos de los más diversos ámbitos y al que se le asignaron funciones no menores para el desarrollo cultural de la Comunidad. Es verdad que no todos los Consejos han sido igual de fructíferos, pero ello ha dependido más de la voluntad de los responsables políticos que del buen hacer de las personas que han formado parte de los mismos. Vaya por delante mi reconocimiento a todos ellos, unos personalidades importantes y otros menos conocidos, cuya tarea ha sido en general muy superior al coste de las modestísimas dietas con que han sido retribuidos.

Los significativos cambios políticos experimentados en Navarra tras las últimas elecciones forales han traído novedades no pequeñas en el ámbito de la cultura. Los componentes del cuatripartito, que sostiene al actual gobierno, expresaron en campaña deseos de cambios importantes, cuando no drásticos, y esto tanto en programas como en presupuesto. El Gobierno foral decidió articular, entre las múltiples combinaciones posibles, un departamento de Cultura, Deporte y Juventud con cambios no demasiado grandes en el organigrama y significativa presencia de personas procedentes de los ámbitos más contemporáneos en detrimento de los tradicionales. Y, enfrentado a la dura realidad, acaba de presentar un anteproyecto de presupuesto para 2016 prácticamente igual al del denostado gobierno anterior.

Pero aún siendo importante, puedo decir por experiencia que no todo es cuestión de presupuesto. La actual consejera, Ana Herrera, veterana, sensible y eficaz funcionaria del propio departamento, también lo sabe y debería aprovechar los resortes de que dispone para sacar a sus políticas el mayor fruto posible. Uno de estos resortes, y no menor, es el Consejo Navarro de Cultura que acaba de renovarse por completo. Conozco la trayectoria de algunos de sus miembros, y aún a riesgo de expresar una opinión precipitada y poco fundada, me atrevo a señalar algunas características que lo definen: es un órgano multidisciplinar; con esfuerzos evidentes no del todo conseguidos por intentar ser representativo del plural panorama cultural navarro; tendente a un cierto equilibrio que no es fácil alcanzar; paritario y rejuvenecido, de ahí que haya nombres no demasiado conocidos, aunque con ilustres veteranos en sus filas.

A las importantes y tradicionales tareas encomendadas, tras la aprobación de la Ley de Mecenazgo, todo un hito en el panorama cultural español, se ha unido una de especial interés: propiciar que la ley se desarrolle con éxito, se inserte en la sociedad navarra como elemento habitual y sirva a los fines que buscó el legislador. Este objetivo general se concreta en uno de especial interés y responsabilidad como es dictaminar qué proyectos y asociaciones reciben el llamado sello MECNA, que les acredita y les permite beneficiarse de las ventajas fiscales del mecenazgo. Unas ventajas, es preciso recordarlo una vez más, que elevan hasta el 80% la deducción fiscal en cantidades inferiores a 150 euros, lo que convierte al contribuyente también en mecenas.

A la espera de novedades en programas y presupuesto, bienvenido sea el nuevo Consejo Navarro de Cultura. Ojalá sirva para que la Cultura navarra recupere parte del vigor perdido.

Diario de Navarra, 10/12/2015

 

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