Música y oración agradecidas

Orfeon

La ciudad de Pamplona ha llegado al siglo XXI con una estrucutra urbana que permite reconocer con claridad el centro histórico, los ensanches, los nuevos barrios nacidos en la segunda mitad del siglo pasado y el conjunto del área metropolitana. A todos sus habitantes les cabe por igual el nombre de pamploneses. Pero cuando la ciudad se quiere reencontrar consigo misma y con su historia, vuelve la mirada, se repliega sobre sus muros y el caso histórico concentra toda su actividad vital. Y esto, lo mismo para la fiesta que para el duelo, para la exaltación que para la reivindicación. Si el acontecimiento tiene lugar además en época invernal, el carácter recoleto y familiar se acentúa.

Esa sensación tuve el pasado domingo mientras atravesaba la Plaza del Castillo, camino de la catedral, para celebrar la festividad de Santa Cecilia invitado por el Orfeón Pamplonés. Las campanas de los burgos tocaban a misa de doce, y sobre todas ellas retumbada la campana María, con su sonido hondo y escasamente festivo, al igual que el de los habitantes a quienes protege. Por si esto no fuera suficiente para un viaje en el tiempo, en Mercaderes me topé con La Pamplonesa, que, recia y con abrigo, subía hacia la catedral entre la sonrisa cómplice de los transeuntes, muy lejos de la marabunta festiva del siete de julio.

Toda celebración litúrgica, y más si es la eucaristía, tiene una doble dimensión que es preciso señalar: la religiosa propiamente dicha, y la ritual, con una serie de recursos humanos y materiales puestos al servicio de esa celebración-representación. Dejando a un lado la primera, porque “doctores tiene la Iglesia”, convengamos en que el acervo acumulado a lo largo de dos mil años de historia hace de las ceremonias religiosas algo dificilmente igualable, en las que lo simbólico y lo gestual brillan a gran altura. Si ello se desarrolla además en una catedral gótica bien restaurada, gratamente iluminada y con una feligresía abundante; si el rito ha sido cuidado con esmero, desde el ajuar, vestimentas y el paseo procesional hasta las lecturas y homilía; y si todo ello viene acompañado por la participación de entidades musicales de prestigio, el resultado tiene necesariamente que ser hermoso, cuando no emocionante.

La Capilla de Música, nacida en el siglo XIII y presente desde entonces en las grandes celebraciones litúrgicas de la seo pamplonesa, fue homenejeada por el Orfeón Pamplonés en 2006 con un concierto para celebrar su VIII centenario. En consecuencia, en esta ocasión ha sido la Capilla la que ha invitado al Orfeón a su casa para celebrar juntos su 150 aniversario. Esta buena relación, no siempre existente entre agrupaciones musicales, ha permitido además unir en el evento a sus respectivos componentes, acompañados de instrumentistas diversos y el organista Julián Ayesa, todos bajo la dirección del veterano maestro de capilla Aurelio Sagaseta, ya una institución en sí mismo, y el más joven Igor Ijurra, digno sucesor de los nombres ilustres de antaño.

El programa tuvo mucho de ecléctico. Junto a la imagen de Santa María la Real y el relicario de Santa Cecilia, expuesto a la veneración de los fieles en el presbiterio, pudimos cantar agradecidos algunos pasajes de la Misa de Angelis; escuchar emocionados obras de compositores de nuestra tierra como el propio Sagaseta, Ondarra y Andueza; y rememorar a algunos de los grandes autores de música sacra como Otaño, Perosi y Händel. Precioso el Cantantibus organis del primero; evocador de otras épocas el Kyrie de la Misa II Pontifical del segundo, que de niño oí intepretada por el coro parroquial en Los Arcos; y espectaculares la Oda a Santa Cecilia y el Alleluia del tercero.

No es día para críticas musicales -que la sombra del añorado Fernando Pérez Ollo es alargada-, unido a que la sonoridad del templo no ayude a distinguir con nitidez los planos, sino para felicitar al Orfeón por su trayectoria, a la Capilla por su abnegada continuidad, y al conjunto de las agrupaciones musicales navarras por su trabajo, esfuerzo y dedicación.

Como bien decía el arzobispo Cirarda, el domingo era día de misa y mesa. Así que siguiendo a La Pamplonesa, en un cortejo laico y festivo, descendimos la calle Curia y disfrutamos del aperitivo en las nutridas barras del casco antiguo. En la primera de ellas, brindamos con algunos orfeonistas por la música y escuchamos algunas improvisaciones. Estoy seguro que fueron las primeras de una larga serie que continuaría en el hotel Maisonave donde tenían prevista la celebración gastronómica y festiva. Mi felicitación a todos ellos, orfeonistas, directivos y gestores. La trayectoria continúa y el 150 aniversario lo han culminado con éxito. ¡Y lo mejor está por venir!

Diario de Navarra, 26/11/2015

 

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