Un fin de semana de cine

AmamaTaxi TEherán

En los últimos años ha sido casi un ritual para mi ir con mi mujer al cine los domingos por la tarde. A veces lo hago con cierto disgusto, porque el futbol televisivo también me llama, pero en general se trata de una costumbre agradable que nos suele reportar buenos ratos. Eso sí, hay que acomodarse a la cartelera de Estella, que no siempre ofrece lo que nos gustaría. Lamentablemente pasaron los tiempos en los que debíamos hacer cola ante la taquilla y hoy no es desgraciadamente inhabitual que no seamos más de una docena, casi siempre los mismos, los espectadores. Y eso que la digitalización emprendida en el último año ha mejorado la cartelera y podemos acceder a títulos más actuales.

Este fin de semana ha sido especialmente cinéfilo, porque no hemos tenido oportunidad de ver una película sino dos. Y ambas, muy distintas entre sí, unidas por una mirada cálida y amorosa al entorno más próximo. Ambas también, películas de bajo coste y muy poco convencionales.

La primera es “Taxi Teherán”, toda ella rodada desde el interior de un taxi al que se montan una serie de personajes variopintos. Lo que se ofrece, en consecuencia, es un visión de una gran ciudad en la que conviven personas de mentalidad mucho más diversa de lo que la propaganda oficial nos quiere hacer ver. La película, rodada con escasísimos medios, ofrece sin embargo hora y media de buen cine, por más que por momentos pueda decaer el interés de la historia que se narra. En consencuencia, cantidad no es igual a calidad y la película es un ejemplo de que el cine es, sobre todo, un buen director y una historia bien contada.

Más próxima en el tiempo y en el sentimiento es “Amama”, una historia familiar que narra el conflicto entre padres e hijos, entre lo urbano y lo rural, entre el pasado y el presente. Pero además de una historia que es un canto al caserío vasco que desaparece, la película es una metáfora del mundo que conocimos y se nos va, sumidos como estamos en una globalización que todo lo homogeneiza. Y en ese bellísimo paisaje en el que la casa y el haya alcanzan valores simbólicos, tan importante como las palabras son los silencios. De tal manera que aunque la película sea en euskera, subtitulada en castellano, apenas somos conscientes de ello, porque las frases son cortas, las miradas penetrantes y los planos largos, muy largos. Y al fondo, tan ausente y tan presente, la amama, la abuela, un personaje real y un concepto a la vez. La película tiene el valor añadido de haber sido rodada en parte en Navarra, en concreto en Aldatz y Artikutza, dos enclaves de un valor paisajístico indudable.

En definitiva, dos buenas películas que, por razones diversas, resultan altamente recomendables.

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