Siria en el corazón

Palmira

Vista parcial de Palmira con la fortaleza al fondo

Los medios de comunicación nos han informado en los últimos días que la cifra de desplazados en el mundo sigue creciendo de forma casi exponencial. Podemos llegar a entender que este exilio forzoso lo sea por razones económicas, tratando de buscar una vida mejor. Las imágenes de barcazas a la deriva en el Mediterráneo, históricamente un mar de vida, cultura y mestizaje, nos lo recuerdan casi cada día, con el riesgo que conllevan de convertirse en una rutina apenas noticiable. Pero resulta increible que a estas alturas del siglo XXI, todavía haya millones de personas que tengas que salir de su tierra por razones de tipo político, religioso o cultural. ACNUR acaba de dar la cifra aproximada de 2014: 59,5 millones. A este cifra contribuye de forma poderosa Siria, nuestro país de referencia: 7,6 millones de desplazados internos y 3,8 millones de refugiados propiamente dichos.

A estas cifras abrumadoras, sin duda las más importantes, se unen otros daños colaterales, especialmente estratégicos para un país que tiene en el turismo cultural una de sus principales fuentes de ingresos. La guerra civil y los ataques del Estado Islámico han destruido 24 ubicaciones de interés y han dejado muy dañados 5 lugares declarados por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Y lo peor está por llegar. Ayer mismo, este periódico recogía el siguiente titular: “El Estado Islámico comienza la destrucción de Palmira”.

En la primavera de 2009 tuve la oportunidad de realizar un viaje a Siria y Jordania. Pocos paises me han impresionado tanto como el primero de ellos, para mí un verdadero descubrimiento. Estas fueron algunas notas que redacté a mi vuelta y que retomo hoy para ustedes: “La Siria que nos transmiten las agencias internacionales podríamos resumirla así: antigua en lo histórico, rica en lo artístico, desértica en lo geográfico, poco desarrollada en lo económico y totalitaria en lo político. Pues bien, en cinco días, esta Siria tópica ha adquirido matices nuevos y se ha enriquecido con otras visiones. Pocos países poseen un estrato histórico tan potente y rotundo. Fue el punto de cruce de los enfrentamientos expansionistas de las primeras potencias de la historia; el eje entre Oriente y Occidente con las expansión de las culturas griega y romana; el epicentro de la conquista árabe con los califas omeyas; el espacio vinculado durante siglos al imperio otomano; y, tras la sujeción a los intereses occidentales, el país orgulloso y aislado desde su independencia. Esta historia rica y compleja se manifiesta de forma especial en el arte. Imposible enumerar lo visto, pero nunca olvidaré algunas obras maestras: las estatuas de Mari, las ciudades helenísticas de Palmira y Apamea, el teatro romano de Bosra, la sinagoga de Dura Europos, el santuario bizantino de San Simeón Estilita, la mezquita omeya de Damasco, o la imponente fortaleza gótica del Krak de los Caballeros” (…) Lamentablemente, el país no pasa por sus mejores momentos. Articulado en una sociedad disforme y muy diferenciada, donde la huella musulmana es viva y patente, en el territorio conviven la penuria y la escasez con los barrios opulentos de Damasco y Alepo. Y todo ello articulado en un sistema totalitario y corrupto, donde el culto a la personalidad del joven jefe de Estado, Bachir el Asad, resulta tan omnipresente como antipático”. Añándanle a ello una cruenta guerra civil y la aparición del radicalismo religioso más sectario, bárbaro y analfabeto, y tendrán una idea aproximada de lo que hoy queda de la Siria de antaño.

Pero no puedo terminar esta evocación sin recordar Palmira, probablemente el lugar más emblemático del país. Lo recuerdo así: “Nuestro primer contacto con la ciudad y sus oasis de palmeras es la zona de tumbas (dos de las cuales acaban de ser voladas por el Estado Islámico), en los extramuros del recinto urbano. Pero Palmira es, sobre todo, la extensa ciudad histórica conformada por el gran templo, la vía sacra, la calle principal y los edificios públicos adyacentes. Un conjunto impresionante en dimensión y calidad. Una vez más queda demostrado que en Oriente, a diferencia de Grecia, la medida de todas las cosas no es el hombre, sino que el gigantismo lo invade todo. El estilo palmireño, a caballo entre Grecia, Roma y el mundo sasánida, es robusto, recargado y mestizo. Un paseo entre sus restos nos familiariza con Zenobia y sus sueños, y la puesta de sol desde la fortaleza termina definitivamente de encandilarnos. La piedra rosada refulge al sol, recuperando por unos momentos el esplendor del tiempo perdido. ¿Y la Palmira de hoy? Un gran poblachón con algunos hoteles de lujo y un turismo de horas, que se contenta con dar una vuelta por la zona arqueológica y seguir rumbo a otros lugares”.

¿No es posible, en nombre de la civilización, detener todo este horror humano y artístico?

Diario de Navarra, 27/6/2015

 

 

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