No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio

Andrés

El último premio Príncipe de Viana de la Cultura me ha dejado un sabroso descubrimiento: la obra de Ramón Andrés, que incomprensiblemente desconocía. Tras ojear algunos de sus libros, recalqué que había que estar atentos a la entrega del premio, pues era previsible que constituyera una hermosa pieza, como así sucedió. En medio de las urgencias del momento, más pendientes de presencias y ausencias futuras, Ramón Andrés realizó un breve, profundo y hermoso alegato sobre la cultura a la que definió como una “forma de resistencia” y abogó por la utilidad de la misma frente al predominio del homo tecnicus, propio de nuestro tiempo.

Con más sosiego, acabo de terminar la lectura de uno de los libros del autor recomendados por un amigo: No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio. El título, perturbador y equívoco, está tomado nada menos que de San Juan de la Cruz, que en sus Avisos espirituales escribe que el alma “ha de ser tan amiga de la soledad y el silencio, que no sufra compañía de otra criatura”.

El libro se compone de dos partes bien definidas. En la primera, Ramón Andrés resume en un amplio prólogo, que es un ensayo en sí mismo, el origen y desarrollo de las tradiciones espirituales y filosóficas de Oriente y Occidente. Para el autor, el silencio, que es algo más que la interrupción de los sonidos o buscar el reverso del lenguaje oral, posee, contradictoriamente, una poderosa dimensión comunicativa y una extraña capacidad para facilitar la entrada en el mundo del espíritu, el pensamiento y las artes. Es, tanto como el habla, una forma de conocimiento, la llave que permite introducirse en la complejidad de la conciencia. Desde el silencio puede analizarse otra perspectiva de la conducta humana, interpretar críticamente la cultura y explicar de modo sutil y poco habitual toda construcción metafísica. Su recorido por las tradiciones espirituales de Oriente y Occidente es fino en su análisis y abrumador en su conocimiento.

Las frases memorables y las citas se suceden, Me limitaré a recoger algunas que me han gustado especialmente.

“Podría pensarse que el silentium es la lógica de la nada, su correspondiente, pero resulta, bien al contrario, un atento “escuchar” en todas direcciones, advertir, lo más desnudamente posible, la voz en la que se ha vaciado cuanto existe (…) Es, antes que otra cosa, un estado mental, un mirador que permite captar toda la amplitud de nuestro límite y, sin embargo, no padecerlo como línea última. Estar sosegado en lo limitado es tarea del silencio (…) La máxima confuciana de poseer “la identificación silenciosa de las cosas” es esencial y exacta para comprender qué son el silencio y su escucha” (pág. 11-12)

“San Buenaventura, exhortando al retiro interior comenta que el hombre, cuando calla, piensa en sus caminos (Homo, cum tacet, cogitat vias suas), aunque si desea alcanzar la más alta perfección debe ayudarse, cosa necesaria, de la virtud del silencio (virtus silentii)” (pág. 15)

“Es el silencio, o puede ser, un mandato del alma (Spinoza), lo que queda del mundo y de la muerte, su despojo (Shakespeare), aquello en que la forma se desconoce (Agustín), el más fiel de los confidentes (Kierkegaard), la puerta de entrada de la sabiduría (Juan de la Cruz), el resultado de toda obra (Bergson), el espacio entre la aspiración y la espiración, que siempre es reinicio (Gadamer), el engarce entre los signos que buscan un sentido (Humboldt), lo previo frente a la trascendencia (Jaspers), lo no dicho e imposible de decir (Wittgenstein), el obligado camino ente el exterior y el interior (Heidegger), el modo de cubrir la distancia infinita (Weil)”. (pág. 17)

“Del mismo modo, como reducción de espacios, y siguiendo la matáfora del monasterio y la celda, cabe pensar que el libro podía empezar a entenderse, al igual que ahora, como un desierto, un monasterion, una clausura, una ventana entre las manos. Porque el libro era y es, a la vez que receptáculo, una forma de derecho al silencio”. (pág. 45)

“Dice Tauler: Elige callar tú y hablará Dios o hablar tú para que Él calle. Debes hacer silencio, Entonces será pronunciada la palabra que tú podrás entender y nacerá Dios en el alma. En cambio, ten por cierto que si tú insistes en hablar nunca oirás su voz. Lograr nuestro silencio, aguardando la escucha del Verbo, es el mejor servicio que le podemos prestar. Si sales de tí completamente, Dios te dará en plenitud, porque en la medida que tú sales Ël entra. Ni más ni menos” (págs. 46-47).

“La tercera de las señales que ha de haber el espiritual, dice San Juan de la Cruz, es si el alma gusta de estarse a solas con atención amorosa a Dios sin particular consideración, en paz interior y quietud y descanso, y sin actos y ejercicios de las potencias, memoria, entendimiento y voluntad -a lo menos discursivos, que es ir de uno a otro-; sino sólo con la atención y noticia general amorosa que decimos, sin particular inteligencia y sin entender sobre qué”. (pág. 49)

“El amor es, para Osuna, una maravilloso callar, lo que verdaderamente empuja a salir de sí para establecerse en lo amado, que es la expresión más alta del silencio” (pág. 60)

La segunda parte del libro es una cuidada selección de textos de los principales místicos españoles de los siglos XV, XVI y XVII. Estos son sus nombres: García Jiménez de Cisneros, Bernardino de Laredo, Francisco de Osuna, Juan de Valdés, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, Juan de Bonilla, Alonso de Orozco, Luis de Granada, Teresa de Jesús, Luis de León, Baltasar Álvarez, Juan de los Ángeles, Alonso Rodriguez, Juan de la Cruz, Antonio Molina, Luis de la Puente, Juan Falconi, María de Ágreda y Miguel de Molinos.

Ni el tema ni la prosa de estos autores son fáciles y los textos pueden resultar difíciles e indigestos. Pero una ojeada resulta imprescindible. En todo caso, solo el prólogo justifica el libro.

Ficha técnica: R. Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio, Acantilado, Barcelona, 2010.

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