Nuevos usos institucionales

Leire

Autoridades civiles y religiosas en Leire

Escribo estas líneas en la tarde del miércoles, recién llegado del acto de Leire en el que los Reyes de España han entregado el Premio Príncipe de Viana de la Cultura a Ramón Andrés y han presidido el funeral por los antiguos Reyes de Navarra. Al habitual ceremonial se han unido este año como novedades, una reflexión tan breve como hermosa y profunda sobre el valor de la cultura por parte del galardonado, y algunas caras nuevas que pronto ocuparán un papel relevante en la vida política navarra. Pero a lo largo del acto, que ha tenido un indudable tono de fin de ciclo, no he podido sustraerme a una reflexión que me ha rondado persistentemente por la cabeza: ¿Tendremos nuevo premio el año que viene?, ¿qué formato tendrá?, ¿quiénes serán los asistentes? No tengo dudas que habrá cambios, solo resta por saber el alcance y el sentido de los mismos.

Estoy seguro de que la llegada del nuevo gobierno, con el apoyo del cuatripartito en la fórmula que se determine, va a traer de nuevo a la actualidad un debate que no hemos acabado de resolver en la etapa democrática: la presencia del poder político, sea municipal, parlamentario o foral en las manifestaciones religiosas que tanto abundan en nuestra tradición como pueblo.

Para iniciar esta mínima reflexión, comencemos por señalar lo previsto en nuestra Constitución. El artículo 16.3 señala: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. La aconfesionalidad está clara, pero a partir de ahí, casi todo es interpretable. Habrá quien apoyado en este artículo propicie una radical separación que traerá como consecuencia la ausencia de toda autoridad política en los actos religiosos habituales en casi todos nuestros pueblos y ciudades. Y habrá quien, basándose en este mismo precepto, interprete que la creencia mayoritaria de su población le exige la presencia en dichos actos.

Pongamos algunos ejemplos. Suponiendo que se quiera mantener la presencia de los Reyes de España en el acto que nos ocupa, que será una decisión sin duda polémica sea cual fuere el sentido de la misma, ¿debe incluir la jornada una celebración litúrgica con presencia de las más altas autoridades religiosas de Navarra? ¿Y qué decir de la presencia del Ángel de Aralar, tan querido para el mundo nacionalista, cuando en la próxima primavera intente visitar las sedes del Parlamento, el Gobierno o el Ayuntamiento?

Si de los actos institucionales pasamos a las fiestas patronales, el panorama se nos presenta igualmente complejo ¿Procesión de San Fermín sí, pero misa y vísperas en la octava no, como tienen por costumbre algunos grupos? Y los concejales que asistan, ¿representan a la corporación o lo hacen a título personal? ¿Qué prima en estas consideraciones, su sentido netamente religioso o su carácter popular y folklórico, enraizado en una tradición de siglos? Hoy ya tenemos planteamientos netamente diferenciados. Naci en Los Arcos y allí el ayuntamiento participa de forma asidua en procesiones y misas, con ofrenda personal del alcalde a la Patrona en el multitudinario final de la novena el día 14 de agosto. Vivo en Oteiza, donde la Corporación solo se deja ver una vez al año en la iglesia con motivo del día del patrón.

El asunto que apunto no es ni de lejos el más importante con el que se va a enfrentar el nuevo gobierno y las nuevas corporaciones municipales, pero no es un tema baladí, porque con la sensibilidad a flor de piel, como todo lo que afecta a las creencias y símbolos, puede ser motivo de discordia y confrontación. Por eso, antes de que lleguen las primeras decisiones, convendría una llamada a la mesura y la concordia. En época de pérdida de mayorías absolutas y de gobiernos a varias bandas convendría no guiarse por posturas maximalistas. De ahí que la responsabilidad sea, en primer lugar, de las autoridades civiles. También en esto acordar es mejor que imponer y ceder más rentable socialmente que avasallar. Pero también las autoridades religiosas tienen algo que decir. No les corresponde a ellas el protagonismo, sino a los electos. Ser hoy en Navarra factor de concordia es el mejor favor que la Iglesia puede hacer a nuestra nada fácil convivencia.

El verano promete ser movido en este sentido. Veremos, estoy seguro, más de un caso que nos sorprenderá. Y es que las vivencias y creencias populares están más enraizadas que algunas ideologías, por laicas que parezcan. Disfrutemos y dejemos disfrutar. Todos tenemos cabida en esta tierra que es la nuestra.

Diario de Navarra, 11/6/2015

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