De premios y premiados

Ramón Andres

Es ya casi un clásico de esta sección que, conocida la concesión anual del Premio Príncipe de Viana de la Cultura, le dedique al evento el comentario correspondiente. Me mueven a ello tres razones poderosas: le tengo a la iniciativa, que me tocó poner en marcha en 1990 siendo consejero de Cultura, un especial cariño; he seguido con interés la nómina de premiados, un grupo selecto y representativo de la cultura navarra de los últimos 25 años, tras abandonar la veleidad internacional que afortunadamente duró un par de años; y, dada la inserción de esta sección en el Diario2 del periódico, parece especialmente obligado atender a la actualidad cultural.

Los 25 galardonados anteriores presentan algunas características que se mantienen a lo largo del cuarto de siglo transcurrido. Se han premiado básicamente trayectorias profesionales cuajadas, vinculadas a los ámbitos más clásicos de la cultura, como la historia, la filología, la literatura, la música y la pintura. No obstante, otros ámbitos también se han abierto paso con los años, como la arquitectura, la física, el derecho, el cine, la interpretación y la ingeniería. El galardón se ha concedido a personas concretas, a diferencia de la medalla de oro de Navarra que ha premiado en su última etapa básicamente a instituciones y colectivos. Y, finalmente, en general, se ha premiado a personas conocidas y reconocidas por la sociedad navarra.

Pero de vez en cuando surge una excepción que rompe la norma general. Ese fue el caso de Eugenio Asensio, un navarro de Murieta, en la Valdega de Tierra Estella, desconocido para casi todos, pese a ser una figura indiscutible en el complejo mundo de la filología. El premio permitió dar a conocer su menuda imagen y su ingente obra y recuperarlo para una Navarra que, pocos años después, lo acogió para siempre en el cementerio de su pueblo natal.

La historia se ha repetido este año. Me tengo por persona atenta al devenir cultural de la Comunidad. Sigo con interés las novedades que se suscitan en la misma y la música clásica es una de mis aficiones. Había oído hablar de Ramón Andrés, he leído algún artículo suelto, pero no conozco su obra. Y el caso es que algunas de sus iniciativas no las tenía tan lejos. De los estantes de mi biblioteca he rescatado los 8 números de la revista Pasajes, una iniciativa tan exótica como interesante, nacida de la iniciativa de José María Romera y dirigida por Miguel Sánchez Ostiz, cuyo último número, dedicado a la Melancolía, está coordinado por Ramón Andrés. Y he vuelto a ojear algunos números de Goldberg, esa preciosa revista dedicada a la música antigua y editada en Navarra, que Ramón Andrés coordinó entre 2004 y 2007. Además, un par de cosas más me han suscitado especial interés por su obra: fue presentado por Ricardo Pita y Joaquín Romero, personas de fino olfato y buen criterio, y esta misma semana, tras una conversación informal sobre su obra, un amigo me ha prestado dos libros suyos que me ha ponderado especialmente: “Johan Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros” y “No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio”.

Su currículo no admite duda. Intérprete de música medieval y renacentista, historiador de la música, poeta, ensayista, editor y traductor, son algunas de las facetas que componen su extensa obra. Sin menoscabo de los méritos de las otras candidaturas presentadas, no dudo que su elección ha sido un acierto. Espero que su premio ayude a que seamos muchos los navarros que nos animemos a conocer su obra. Sin duda, el premio le honra a él y, a su vez, él engrandece la nómina de los premiados.

Sus declaraciones a este mismo medio, tras la concesión del premio, no dejan lugar a dudas. Se trata de un intelectual en el pleno sentido de la palabra, convencido del valor liberador de la cultura, comprometido con su tiempo y crítico con la situación actual. Pese a lo breve de la reflexión exigida por el protocolo en Leire, su discurso tiene pinta de que será enjundioso e interesante.

En espera de encontrarme con su obra, mientras escucho una exquisita composición del cantante, laudista y compositor inglés, John Dowland, leo el breve ensayo “Semper Dowland, Semper Dolens”, que constituye la aportación de Ramón Andrés al monográfico sobre la melancolía de la revista Pasajes. Es una sutil y erudita reflexión en la que literatura, filosofía y música se mezclan en una recóndita armonía. Una melancolía que invade la vida y la obra del autor, y que traducida en verso de Garcí-Sánchez de Badajoz se expresa así: “en dos prisiones estoy/ que me atormentan aquí,/ la una me tiene a mí, y la otra la tengo yo”.

Enhorabuena al premiado.

Diario de Navarra, 14/5/2015

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