Distintas formas de mirar el agua

Llamazares

Una propuesta para pasar una buena tarde en el Día del Libro

A veces no es cuestión de cantidad, sino de intensidad. La última novela de Julio Llamazares, Distintas formas de mirar el agua, no llega a 200 páginas, pero en su interior encierra un mundo que se nos fue, visto desde la perspectiva de las generaciones que convivieron con su representante.

La idea central de la novela es tan sencilla como eficaz. Domingo es un campesino de la montaña leonesa que se ve obligado a emigrar a una nueva tierra, una laguna desecada en la llanura palentina, porque sus tierras van a ser anegadas por el nuevo pantano en construcción. Allí deja sus tierras, sus ancestros, un hijo que murió de niño y un mundo que le acompañará para siempre. Hasta tal punto que, cincuenta años después, tras criar a sus hijos y verlos dispersarse por diferentes regiones de España, ingresar junto con su mujer en una residencia y perder la cabeza y los recuerdos, pide que sus cenizas sean dispersadas en el pantano, lo más cerca posible de Ferreras, el pueblo que le vio nacer.

Allí se juntan un día de primavera su mujer, sus cuatro hijos, sus nietos y la novia italiana de uno de ellos en una procesión familiar y laica para aventar sus cenizas. El libro, dividido en pequeños capítulos, narra las reflexiones de Virginia, Teresa, Miguel, Susana, Raquel, José Antonio, Elena, Daniel, María Rosaria, Alex, Virginia hija, Emilio, Laura, Jesús, Virginia nieta, Agustín y un automovilista anónimo que contempla la escena.

La prosa, lírica y limpia de Llamazares, alumbra una serie de reflexiones que nos permiten ahondar en los cambios acontecidos en muchos lugares de España desde el franquismo a la transición. Costumbre familiares, comportamientos rurales y urbanos, principios de vida casi obsoletos que resultan anómalos para los nietos, y relaciones de familia aparecen uno tras otro componiendo un cuadro que tiene mucho de verdad y retrato sociológico sin eruditas pretensiones.

El pantano, ese espejo que refleja sentimientos dispares, da lugar al hermoso título de la novela. Título que es explicado por Agustín, el hijo retraido y soltero que se queda en casa, en su personal y poética reflexión, tal vez la más hermosa del conjunto. “Otra vez -se refiere a su padre-, tiempo despúes, un día que caminábamos al lado de un canal de riego, me enseñó cómo había que mirar el agua. Porque no todo el mundo la mira de la misma forma, me dijo. Unos lo único que ven de ella es su interés, si les sirve para beber o para regar las tierras, para venderla en garrafas como hacen muchas empresas, mientras que otros la miran sin fijarse en ella, al pasar al lado de un río, de un pozo o de una laguna. Pero nosotros, me dijo él, tenemos que ver el agua de otra manera. Nosotros no podemos contemplarla sin respeto después de lo que nos supuso ni despreciarla como hacen otros, esos que la malgastan sin darle uso porque no saben lo que cuesta conseguirla. Y, mientras lo decía, mi padre miraba el agua del canal, que corría libre de finca en finca aquella mañana si nnadie que la robara excepto los pájaros, que bebían de ella al pasar volando sin detenerse a mirarla como nosotros. Debía de ser primavera, porque el cielo estaba limpio y azul como el de esta mañana”.

Se acaba ese mundo rural regido por principios casi inmutables. Emilio, un yerno casi amputado de la familia ya que se ha separado de Virginia, una de las hijas, lo expresa con claridad en su reflexión: “A veces me gustaría ser como ellos, como esos hombres y mujeres para los que la felicidad se basa en la fidelidad a otros y en conformarse con muy pocas cosas (…) Aparentemente al menos fueron felices hasta el final, algo que yo no podría decir de mí a pesar de que toda mi vida la he empleado en lograr ese objetivo. ¿No será que el secreto de la felicidad es conformarte con lo que tienes, con lo que a base de esfuerzo vas consiguiendo por ti mismo, con el amor de unas pocas personas que la vida puso a tu lado, con la tranquilidad de dan la fidelidad y la compañíka de una mujer a la que conociste un día y que, si entonces te pareció la mejor del mundo, quizá fuera porque lo era?”.

Julio Llamazares, nacido en Vegamián en 1955, completa así su recorrido por las tierras que lo vieron nacer a las que ha dedicado hermosas páginas llenas de belleza, nostalgia y poesía.

He aquí otro retrato vívido de una época que se nos fue, al igual que el de Luis Landero que glosé en el blog hace algunas fechas. Les recomiendo ambos, sobre todo si han tenido la suerte de nacer en un trozo cualquiera de esa España rural que, pese a su pobreza, nos proporcionó una niñez tan feliz.

Ficha técnica: J, LLAMAZARES, Distintas formas de mirar el agua, Alfaguara, Madrid, 2015

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