El balcón en invierno

Landero

Portada del libro de Luis Landero

Hace ya muchos años, leí el libro que elevó al estrellato literario a Luis Landero, Juegos de la edad tardía. Prácticamente no recuerdo nada del mismo, pero sé que me gustó mucho y dejó en mí un buen recuerdo. Por eso, cuando hace unas semanas recogí de la estantería de novedades de la biblioteca de Oteiza el último texto de Landero y leí el resumen de su contenido, me interesó especialmente.

El balcón en invierno narra de forma aparentemente sencilla y poco pretenciosa la infancia del autor en una familia de labradores extremeños, nacidos en la raya con Portugal y emigrados a Madrid en 1960 a un barrio de nueva creación en busca de una vida mejor.

Luis Landero es un curioso caso de escritor autodidacta, que pasó una despistada juventud buscando su destino en tareas de todo tipo. En el último capítulo de su libro lo resume en una sola frase: del caos al canon, al que llegó de la mano de un profesor de academia nocturna, al que dedica cariñosas y agradecidas palabras.

El relato, que no tiene carácter cronológico, sino que es un caleidoscopio multiforme en el que va y viene de su niñez a su adolescencia, del retrato de sus padres -él, duro y ella especialmente comprensiva- a la descripción de su pueblo, sin ahorrarse calificativos ni edulcorar la vida rural, está sentida y hermosamente escrito. El lenguaje fluye con naturalidad, casi como en una conversación en la que el lector está inmerso. Destacan la riqueza de la prosa, el peculiar vocabulario del campo extremeno, la hermosa descripción de personas y paisajes, y el respeto por una humilde familia de hojalateros y labradores de los que no renuncia.

Al leer el último capítulo, Landero nos cuenta lo que hará con su madre, ya necesariamente muy mayor, en su próxima visita al pueblo. Todo sigue igual y todo es ya distinto, porque faltan buena parte de los que vivieron con él su infancia y su juventud. Algo parecido a lo que me sucede a mí cada vez que me acerco, y lo hago semanalmente, a la calle mayor de Los Arcos y mi madre repasa el estado del barrio. Aunque rodeada de casas, se está quedando sola con sus recuerdos.

“Todo sigue tan bullicioso y alegre como antaño, pero apenas queda nadie de los tiempos de mi niñez. Casi todos han muerto, y los jòvenes emigraron hace ya muchos años. Uno siente entonces que esa alegría y ese bullicio no tienen nada que ver con él. Uno es forastero; o mejor, un fantasma que vivió hace muchos años y que ahora camina por un mundo que le es ya casi ajeno”. Y aún quiere encontrar un sentido a este hermoso libro: “Pienso entonces que acaso estas páginas puedan servir para que lo vivido no se pierda del todo, y para que algún día los futuros descendientes de los hojalateros ambulantes puedan captar un destello, un eco, de las vidas anónimas de sus antecesores… Qué se yo. Que se oiga, o se imagine oir, el alegre o triste repicar de la vida a través de los siglos. Que se sepa, y no solo con el pensamiento sino ante todo con la cercanía de los sentidos y del corazón, que se vivió, y se soñó, y que si en ese desear y afanarse ningún acto llegó a ser del todo provechoso, tampoco fue del todo en vano. Y que la sangre que circula por nuestro cuerpo circula también por los siglos pasados y circulará por los venideros hasta el fin de los tiempos”.

Para él, como para mí -y son sus últimas palabras-, “en cada instante, en cada frase, en cada suspiro, en cada pequeño acontecer, lo trivial y lo misterioso van a partes iguales. Eso es todo, y no hay más que contar. Un grano de alegría, un mar de olvido”.

Ficha técnica: LANDERO, l., El balcón en invierno, Tusquets editores, Barcelona, 2014.

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