La obra cívica de Fernando Redón

Exposición Redón

Imagen de la inauguración de la exposición en el Parlamento

Filósofos y pensadores difieren a la hora de definir la esencia del hombre y su vocación de eternidad, pero existe un cierto consenso cuando se trata de subrayar su condición de ser único e irrepetible. Con educación formal o sin ella, con dinero o sin él, con vida brillante o anodina, viva en el primer mundo o en el tercero, cada hombre encierra en sí mismo a la humanidad entera.

Pero en este común de los mortales, hay personas que sobresalen en la sociedad en la que viven por algunas cualidades que los hacen singulares, sean éstas físicas, culturales, sociales o religiosas. Y, en ocasiones, estas cualidades se ponen al servicio de la comunidad y constituyen referentes en sus respectivos ámbitos.

Esta faceta social, el valor de lo colecivo como elemento sustancial del vivir en común, es un elemento característico de nuestro tiempo y constituye un concepto transversal que impregna los distintos ámbitos de actividad de una sociedad moderna. Tener conciencia cívica y ayudar a crearla es, en consecuencia, un activo especialmente valorado por esta misma sociedad, constituida por una ciudadanía cada vez más consciente y participativa. De ahí que, aunque en democracia el valor del individuo es la clave de bóveda del sistema, el liderazgo social y cívico juega también un papel preponderante y es percibido como uno de los más necesarios y apetecidos.

La sensación de excepcionalidad se acrecienta cuando esa persona sobresale no en uno, sino en variados campos de la actividad humana. Si estos se refieren al ámbito de la ciencia y de la cultura, hemos convenido en denominarlos “hombres del Renacimiento”, por haber sido en esta etapa histórica cuando florecieron algunos de sus más ilustres representantes.

Todavía hay un último rasgo que me gustaría subrayar. Los hay quienes han hecho del mundo conocido su única patria, mientras que otros han vinculado su actividad a su tierra natal y, desde allí y en comunión con ella, han proyectado su figura y su obra al exterior porque su mundo interior ni tiene ni quiere fronteras geográficas más o menos artificiales.

Fernando Redón es una persona que responde a algunas características de este patrón de referencia. Es un arquitecto eminente; es un hombre culto, dominador de numerosas disciplinas, que ha ayudado activamente a hacer comunidad; y conoce y ama profundamente a su ciudad, Pamplona, y a su tierra, Navarra, a la que ha dedicado sus mayores y mejores desvelos.

Su faceta de arquitecto es, probablemente, la más conocida. Navarra en su conjunto y Pamplona en particular acogen la huella indeleble de una arquitectura que, en palabras de Luis Manuel Fernández Salido, su mejor conocedor, está elaborada “desde una mirada permeable y sensible hacia el lugar y hacia su tradición como legado, consciente de que la arquitectura modela su entorno, el paisaje y su cultura y, por tanto, el espacio en que se desarrollan nuestras vidas”.

Pero Redón no ha hecho solo ciudad y región en sentido físico, en su condición de arquitecto y urbanista, sino que ha ayudado a hacer ciudad y región en sentido social y cultural con su múltiple y diversa aportación en los más variados ámbitos en su condición de pintor, fotógrafo, dibujante y naturalista. Pocos ciudadanos conocen tan bien esta tierra y la han disfrutado tanto, sea artística, paisajistíca o gastronómicamente. A eso se une un compromiso social casi permanente con sus gentes: director de la Institución Príncipe de Viana, colaborador veteranísimo de la Casa de Misericordia -la popular Meca pamplonesa-, profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra y de las Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Pamplona, y presidente del Consejo Social de la UPNA, entre otras actividades. Este currículo tan rico e intenso bien se merecía un digno colofón, subrayado con la entrega en el 2004 del premio Príncipe de Viana de la Cultura.

Pero Fernando Redón no había tenido una exposición antológica que diera a conocer su obra, prolífica y variopinta. De ahí que, a propuesta del Consejo Social de la UPNA, algunas de las principales instituciones de la Comunidad decidieran patrocinar la muestra instalada en el atrio del Parlamento de Navarra. Pretende ser el testimonio de gratitud a un hombre que tanto ha trabajado para ennoblecer a su tierra y a sus gentes, porque como dice Rafael Moneo, maestro como Redón de arquitectura y civismo, en el artículo que acompaña al hermoso catálogo de la exposición “amor con amor se paga”.

No se la pierdan, merece la pena.

Diario de Navarra, 19/3/2015

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