Viaje de estudios a Grecia. Edipo Rey en Epidauro. 15 de enero (V)

El despertador es implacable. Son las 6,30 de la mañana, suena el teléfono de la habitación y repica el móvil casi al unísono. Es hora de levantarse, que el día se promete intenso.

Tras el desayuno, a las 8 en punto iniciamos el camino del sur por la autovía que, recorriendo Ätica, nos acerca al canal de Corinto. El paisaje es tan hermoso como el día: azul brillante en el cielo, con los destellos irisados sobre las aguas del Egeo. Poco a poco la gran ciudad se transforma en suburbio urbano y urbanizaciones periurbanas. Y el paisaje comienza a poblarse de olivos y naranjos que crecen por doquier.

Nuestra primera parada es el Canal de Corinto. Una obra ingente, aunque vista desde arriba sea apenas una hendidura en el istmo. El canal luce, pero no apreciamos barco alguno en su trecho. Sus limitadas capacidades y su coste hacen que la obra sea más objeto del pasado que realidad presente y futura. Pero ahí queda un intento que se fraguó en el primer milenio antes de Cristo como tentativa y que no llegó a feliz término hasta finales del siglo XIX.

Aunque mi participación ayer fue mínima en el desarrollo del viaje, hoy aprovecho los traslados para complementar las informaciones de Angélica con lecturas varias. En primer lugar, un capítulo del libro de Reverte sobre la evolución del teatro y sus principales actores. Vamos hacia Epidauro y conviene ponernos en situación.

La mañana acompaña. Iniciamos la visita en el museo del sitio arqueológico, una instalación que está pidiendo a gritos una modernización y actualización de sus fondos. Pero hay cosas de interés: Restos del templo, inscripciones, instrumental médico, y magníficos capiteles corintios, uno de ellos canónico por la calidad y perfección de s conservación. Y de allí al teatro. Impresionante. Tras las explicaciones de Angélica procedemos a una demostración práctica de su acústica. Los componentes del grupo se dispersan por las gradas -13.000 espectadores en total- y yo aprovecho para recitar las estrofas del Coro de los Ancianos de Tebas de la tragedia Edipo Rey de Sófocles. El momento es único e irrepetible para mí.

“Nacido de Zeus Oráculo de dulce palabra,

¿qué es lo que desde Pitón, la rica en oro,

a la esplendente Tebas a traer viniste?

Tenso estoy con corazón amedrentado,

de temor vibrando,

Peán delio salvador,

de tí temeroso qué deber, ya muero,

ya en tiempos pasados otra vez,

a mí me impones.

Díme, hijo de la áurea Esperanza,

inmortal Augurio.

Tras lo primero a tí invocarte, hija de Zeus,

inmortal Atena,

y a la `protectora de mi tierra y hermana tuya,

Ártemis, Que circular trono en la plaza

famoso ocupas,

y a Febo flechador,

los tres, protectores, a mí apareceos,

y si ya un día en defensa de anteriores calamidades,

que para la ciudad surgieron,

apagasteis lejos la llama de un pesar,

llegaos también ahora” (…)

Al final me llega el eco de unos aplausos desperdigados. Pero no son ellos los que me emocionan, sino un vívido sentimiento interior de haber experimentado un momento que probablemente no se repetirá.

Subo a las últimas filas para fotografíar y degustar también la sonoridad magnífica del conjunto. Pero, pese a la inicial prohibición, el guardia no aparece y un pequeño grupo entona una melodía polifónica a capella que suena a música celestial. No hay apenas nadie en el recinto. El silencio y la naturaleza nos acompañan y la visita deja un recuerdo memorable y entrañable.

De nuevo al autobús para recorrer una tierra de héroes, la Argólida, y visitar Micenas, la patria de Agamenón, Menelao y Atreo. Aprovechamos el camino para leer un hermoso capítulo de Reverte dedicado al mundo micénico, que debo interrrumpir porque las ruinas de la ciudad se divisan en el horizonte.

Otra visita de impacto: la muralla ciclópea, la Puerta de los Leones, las tumbas llamadas de Agamenón y el palacio propiamente dicho se ofrecen a nuestros ojos atónitos. Uno no puede menos que admirarse del olfato de Schlieman que fue capaz de dar con Troya y con el llamado Tesoro de Agamenón. Tenía de todo un poco: intuición, osadía, dinero y buenos contactos. ¡Y una verdadera fascinación por la civilización griega! ¿Y qué decir del enclave? Extraordinario. Entre la tierra y el cielo, con un horizonte despejado y el mar a lo lejos.

El complemento perfecto es el llamado Tesoro de Atreo, sin duda una tumba real. Impresionan los bloques ciclópeos, los dinteles y la bóveda por aproximación de hiladas tan original como imponente. Realizo una pequeña explicación para compararlo con los dólmenes de corredor del sur de la Península y de Artajona, y el hipogeo de Longar, diversos estadios de una misma cultura.

La comida en un pretencioso restaurante local nos depara un plato de musaka y excelente cordero.

De nuevo al autobús, que el trayecto es largo. Tras la Argólida, la montañosa Arcadia para llegar finalmente a Olimpia. Leemos un capítulo del libro de Lacarriere dedicado a glosar la Arcadia, supuestamente bucólica, pastoril y feliz, y en la práctica patria de los duros espartanos y de los lacónicos laconios.

Son las siete y media de la tarde cuando llegamos a nuestro hotel en Olimpia, el Arty Grand, una construcción moderna y funcional. Ha sido un gran día en todos los órdenes. ¡Y mañana no parece que le vaya a ir a la zaga!

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