El Museo Universidad de Navarra

Museo tríptico

Diversas perspectivas del Museo

El Museo es una institución que etimológicamente nos remite, una vez más, al mundo clásico. El origen de los museos hay que entroncarlo con dos hechos importantes: el coleccionismo y la Ilustración. No obstante, no será hasta 1793, en plena Revolución Francesa, cuando se cree el Museo del Louvre como institución pública, modelo que servirá de pauta a los grandes museos nacionales europeos. Los siglos XIX y XX conocen una verdadera eclosión museística y la tipología de los mismos se diversifica cada vez más. En 1974, el ICOM consagra la siguiente definición, asumida por las legislaciones nacionales: “Institución permanente, sin fines lucrativos, al servicio de la sociedad que adquiere, conserva, comunica y presenta con fines de estudio, educación y deleite, testimonios materiales del hombre y su medio”.

Navarra no ha vivido ajena a este movimiento museístico que desde las últimas décadas del siglo XX está viviendo en permanente renovación. Acaban de cumplirse 25 años de la total remodelación física y museográfica del Museo de Navarra, obra de los entonces jóvenes arquitectos Garcés y Soria, que marcó un hito entre los museos generalistas y regionales de España. En 2003 se inauguró el Museo Oteiza en Alzuza, una feliz fusión de los singulares Oteiza y Sáenz de Oiza, donde el cubo de hormigón teñido de rojo del segundo acoge en su interior espacios cargados de misterio en el que parecen levitar las esculturas del primero. Finalmente, para culminar esta tríada mayor, el pasado 22 de enero abrió sus puertas el Museo Universidad de Navarra, singular por varios conceptos.

Aunque asistí a la multitudinaria fiesta de su inauguración, apenas pude intuir su contenido. Sí disfruté esa misma tarde de un bello espectáculo de danza en un soberbio auditorio que, previa minuciosa programación y seguimiento, respondió magníficamente a lo que se esperaba de él. Por ello, el pasado lunes por la tarde recorrí pausadamente junto a algunos ciudadanos sus salas de exposición, me paseé con verdadero regocijo interior por salas, pasillos y espacios varios, me asomé a los ventanales para observar las distintas y cambiantes vistas del campus cubierto de nieve y pude hacerme una idea de conjunto que pretendo compartir con ustedes.

La Universidad de Navarra tiene en conjunto un hermoso campus con edificios de muy variado signo: historicistas, como el Central; anodinos, como Derecho; o ejemplos de buena arquitectura como la escuela del mismo nombre, la Biblioteca o Comunicación. Ante tal diversidad, el nuevo museo ha optado por no apabullar. Ubicado en lo alto de la colina más próxima a la ciudad, se recuesta con elegancia clásica -acabo de ver en Delfos un museo de parecida estructura y disposición- y desde allí imparte una discreta y soberana lección de arquitectura. Adecuada, pues, su ubicación, elegante su disposición y hermosa su rosácea textura de hormigón. Pero esa sobriedad exterior da paso a un interior ciertamente deslumbrante. Los pasillos, con un empaque de categoría mayor, las salas de exposición, limpias y bien iluminadas, y los juegos de volúmenes y de luz nos remiten a un Moneo que conoce magistralmente su oficio, es capaz de instalarse en una modernidad sin estridencias y, en consecuencia, da a luz una obra que hace honor a su impecable trayectoria.

La colección de María Josefa Huarte, verdadero corazón del museo, es tan corta como extraordinaria. Las salas de Tàpies, Palazuelo y Oteiza ¡qué hermosura su Homenaje a Bach!, junto a la cuatro, más ecléctica, con firmas como Picasso, Kandinsky o Rothko, justifican por si solas el museo. Pero a eso hay que añadir la extraordinaria colección de fotografía de Ortiz Echagüe y la impactante instalación de Manglano-Ovalle. Finalmente, Carlos Irijalba es el ejemplo de la joven experimentación que pretende tener su asiento en el museo.

Finalmente, su tipología. Aunque su estructura sea la convencional de un museo -y es uno de los pocos peros que me atrevo a señalar- los responsables insisten en que es un museo universitario y, por lo tanto, distinto, llamado a la convivencia e interacción de las artes. La apuesta es tan interesante como arriesgada. Solo queda que el día a día traduzca en hechos lo que la teoría parece tener bien perfilado y que lo haga en libertad, cultivando la apertura, la innovación y el espíritu crítico.

No puedo terminar sin recordar que María Josefa Huarte ofreció en su día la colección al Gobierno de Navarra para crear un centro público en la Ciudadela. La indolencia del gobierno de turno dio al traste con esta oportunidad irrepetible. Al final, la Universidad de Navarra, con su probada perseverancia y eficacia, ha levantado en su campus el museo. Pero con ser complejo lo realizado, lo difícil comienza ahora. En palabras de Rafael Llano, “tengo esperanza en que esa visitante única que es la Belleza nos sacuda y nos dé un revolcón a todos”. Si es así, el Museo habrá cumplido su objetivo.

 

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