Viaje de estudios a Grecia. En busca de los orígenes. 12 de enero (III)

 

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El grupo espera en Barajas la salida hacia Grecia

Se lo tenía prometido a los alumnos del Aula de la Experiencia. Desde hace 10 años imparto la asignatura de Arte Antiguo y Medieval en la que vemos lo esencial de Grecia, Roma, románico y gótico. Y todos los años, al acabar el programa, la pregunta era la misma: ¿por qué no hacemos un viaje de estudios? Pero mis múltiples ocupaciones me lo habían impedido hasta el presente. Así que este año, aprovechando mi jubilación, puedo hacer realidad lo demandado.

¿Y qué ver en una semana, periodo del que disponemos para el viaje? Dado lo esencial del programa optamos por la Grecia continental, con especial atención al Ática y el Peloponeso.

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Un café permite las presentaciones y los primeros contactos

La salida del polideportivo de la UPNA, todavía noche cerrada y bajo cero, la hemos hecho con estricta puntualidad. Tras pasar la primera lista del viaje iniciamos ruta. En duermevela, recorremos el trayecto navarro y nos adentramos en la paramera soriana. En medio de la nada, los molinos lanzan destellos ante el paisaje desnudo y a la altura de Almazán comienza a abrirse la línea del amanecer. La limpieza se une al dorado de la línea del horizonte en una bellísima estampa, casi un belén navideño. Amanecer dorado titularía este figura si no fuera porque es el nombre adoptado por el partido neonazi griego, que tanto se está aprovechando de la durísima crisis del país heleno.

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Todos en fila en la puerta de embarque

Ya con luz natural y cinco grados bajo cero, llegamos a Medinaceli donde nos espera un café caliente y un rato de reposo para el chofer. En un nuevo salto nos presentamos en Guadalajara y de allí a Barajas. Esta vez la salida es desde la T2, una terminal que responde a la España de los ochenta, alejada todavía de las euforias de fin de siglo ejemplificadas en la T4.

Un rápido embarque nos permite reposar con tranquilidad, tomar un café tranquilos y engarzar las primeras notas de este pequeño diario de viaje.

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La omnipresente Acrópolis desde el piso 11 del hotel Titania

El vuelo en el avión no depara sorpresas. Cierta apretura, la consabida comida insípida e inane, conversación y, esta vez sí, libros y guías que aparecen sobre la mesita. El interés se palpa y el deseo de ver aparecer la perspectiva de la Acrópolis debajo de nosotros también. Mientras tanto aparecen el cielo limpio, el mar azul, tierra firme e islotes desperdigados. Una estampa del Mare Nostrum que los griegos recorrieron de este a oeste durante todo el primer milenio antes de Cristo. A punto de finalizar el vuelo, el panorama cambia por completo. Continuas turbulencias nada agradables, tormenta, viento racheado y bajada de temperaturas. Son las seis cuando tomamos tierra en el nuevo aeropuerto de Atenas, y ya casi es de noche. Los 35 kilómetros de camino hasta las capital, un Ática desconocida y superpoblada, son aprovechados por nuestro guía para desgranar algunas informaciones útiles. Los edificios, la circulación caótica y más en un día lluvioso, van siendo presentados. Atenas, la urbe moderna, apenas nos permite entrever la polis clásica, aunque Licabetos y la Acrópolis despuntan ya en el horizonte.

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Otra hermosa aproximación a la Acrópolis desde el “Jardín del Olivo”

El hotel Titania, situado en pleno centro, es un establecimiento moderno y algo pretencioso. Los mármoles cubren suelos y paredes y un friso correcto orna el hall de la entrada. La presencia de fotógrafos y guardaespaldas nos alerta de una sorpresa adicional, que se repetirá en los días sucesivos. Nueva Democracia, el partido conservador griego, celebra un mitin con presencia de un exministro como orador.

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La ciudad nueva de Atenas se despliega en el horizonte

Salimos hacia la Plaza Syntagma con la idea de contemplar el cambio de guardia que se celebra cada hora delante del edificio del Parlamento, ante la tumba del soldado desconocido. Pero la lluvia, el viento y la atmósfera desapacible nos aconsejan dejarlo para mejor ocasión.

Tras la cena en el hotel, subo al piso undécimo a contemplar el “jardín del olivo”. La vista es impresionante. La Acrópolis, iluminada en todo su esplendor, luce en la noche ateniense. Bajo rápidamente a comunicar la buena nueva a los compañeros de viaje. No cabe mejor estampa para cerrar el día. Mañana por la mañana, antes de desayunar subiré de nuevo a saludar a Atenea. Estamos en su casa.

 

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