Juana la loca. La cautiva de Tordesillas

Juana la Loca

Sigo con atención e interés la serie televisiva “Isabel”. Reúne cualidades que no son muy frecuentes en otras series: excelentes actores, buena ambientación, ritmo narrativo y, lo que es más inusual, un relativo rigor histórico. Así me lo refrendaba en la última visita que le hice a raíz de la concesión del premio “Príncipe de Viana de la Cultura” Tarsicio de Azcona, probablemente su mejor conocedor y autor de su biografía más célebre.

Los últimos capítulos han puesto el acento en la figura de Juana, un personaje complejo que provoca cierta simpatía y compasión ante el comportamiento de su joven, atractivo y descarnado esposo, Felipe el Hermoso. Su exquisita educación y su apasionado amor no fueron suficientes para gozar de un matrimonio tranquilo. Y la muerte del esposo en plena juventud no solo no aligeró el drama sino que lo ahondó hasta el punto de marcar el resto de su larga vida. Viuda a los 26 años, madre de 6 hijos de los que vive muy pronto separada a excepción de su pequeña Catalina que también le será arrebatada, vivió encerrada en Tordesillas 30 años, sin apenas otra cosa que visitas esporádicas de la familia imperial.

Para tratar de conocer mejor la desventurada figura de Juana de Castilla, acabo de leer el libro de Manuel Fernández Alvarez “Juana la Loca. La cautiva de Tordesillas”. El profesor Fernández es un experto en la historia de España de los siglos XVI y XVII, y un consumado maestro de la divulgación histórica. El libro rezuma sabiduría, buen hacer y una escritura clásica algo arcaica, sin necesidad de aportar un aparato crítico inconmensurable y una exhaustiva bibliografía. Y el lector lo agradece, porque la lectura es ágil y casi novelesca.

Si uno ojea el índice verá que todo comienza situando al personaje en su contexto. Juana pasa de ser, con apenas 16 años, condesa de Flandes y residente en Bruselas primero; princesa de Asturias y residente en España después; reina de Castilla ya con signos inequívocos de locura más tarde; y, finalmente, prisionera rodeada de una pequeña corte y una interminable soledad.

Me han llamado poderosamente la atención algunas cosas. La primera, la valoración que el autor hace de la obra de Tarsicio de Azcona sobre la figura de Isabel La Católica: “acaso el mejor investigador del entorno de Isabel la Católica”.

En segundo lugar, el fino diagnóstico que el historiador hace de su locura: “Sin embargo, una cosa es clara: Juana no era una simple. Juana era una enferma, sin duda con una carga genética que la predisponía a graves depresiones, en las que acaba cayendo al no poder soportar la fuerte presión que sufre durante diez años (…) Arrojada a una Corte extraña, donde todo le era ajeno, chocando con la barrera del idioma, que la aislaba, recibida con recelo, cuando no con hostilidad en aquellas tierras de los Países Bajos, privada del entorno familiar que le era tan caro, trocando la luz del Sur por las brumas del Norte, todo colaboró para que aumentara su sentimiento de soledad. Quizá eso también le hizo arrojarse con tanta furia en la vida amorosa, que le haría entrar en el infierno de los celos, siguiendo aquí el ejemplo, en parte, de lo que había sufrido su madre, la reina Isabel”.

En tercer lugar, las razones de Estado aducidas por Fernando el Católico y Carlos I para “tenerla a buen recaudo”, de forma que nadie pudiera tener acceso a ella por los peligros que para la paz del Reino podían derivarse, como quedó de manifiesto con motivo de la rebelión comunera.

En cuarto lugar, la escasa atención prestada a la muerte de Felipe el Hermoso, que la despacha con estas palabras: “Hasta que súbitamente vino lo inesperado. Apenas unos días en el poder, en la gloria, en el triunfo. Y de repente, un mal paso, unas fiebres que no se atajan, un mal invencible, y la muerte la gran vencedora”.

En quinto lugar, la inadecuación entre la vida de la reina y el séquito que la servía. “Causa asombro un cortejo mucho más numeroso de lo que pudiera creerse. En un principio uno se imagina a doña Juana guardada por los marqueses de Denia, con alguna dueña entre ellas, las cuatro o cinco loqueras que la controlaban, algunas mujeres para el servicio doméstico y algunos guardas. Y con lo que nos encontramos es con toda una pequeña Corte, bajo el control del marqués de Denia, con un notable contingente familiar: los Rojas”. Un contingente que el autor concreta en torno a 300 familias.

En resumen, un libro excelente que permite acercarse con rigor y amenidad a la figura de Juana la Loca, llamada a ser la heredera de los Reyes Católicos y convertida en uno de los personajes más patéticos de nuestra historia.

Ficha Técnica: FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M., Juana la Loca. La cautiva de Tordesillas, Círculo de lectores, Barcelona, 2000.

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