Isabel, de la serie a los textos

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Los que por profesión, vocación o simple gusto amamos la historia, nos hemos preguntado muchas veces por la razón de la inexistencia de series televisivas que abordaran con rigor los abundantes y apasionantes capítulos de nuestra historia. Arturo Pérez Reverte suele comentar en su columna de El Semanal que las gestas de la conquista del oeste americano palidecerían si conociéramos los hechos acaecidos en la conquista y colonización de la América hispana. Que ello era posible estaba claro, no hay más que ver la magnífica acogida que la serie Los Tudor tuvo en España, con el joven e inquietante Jonathan Rhys Meyers como Enrique VIII, pese a las muchas licencias históricas que contenía.

El día 1 de diciembre acabó definitivamente “Isabel”, “una serie de ficción en la que se ha cuidado el rigor histórico” en palabras de su productor. La apuesta de RTVE era arriesgada, pero afortundamente el éxito ha acompañado. Tres temporadas, 39 episodios y una audiencia media de 3,5 millones de espectadores, entre los que me encuentro, avalan una trayectoria que debería repetirse en aras al servicio público inherente a una televisión pagada con los impuestos de todos. La razón del éxito ha consistido en una sabia mezcla de buenos guiones, magnífico reparto, pulso narrativo firme, buenas ambientaciones y dosis adecuadas de acción, intriga, traición y aventura, adobadas con un aceptable rigor histórico.

Son muchos los protagonistas que merecerían al menos un pequeño comentario. Por razones de espacio me limitaré a glosar los dos personajes femeninos que han capitalizado la última temporada: Isabel la Católica y su hija Juana la Loca. El complejo personaje de Isabel fue encarnado por Michelle Jenner, una actriz que en mi opinión ha ido de menos a más a lo largo de la serie. Este es el retrato de su mejor biógrafo: “Rubia, de ojos claros, risueña, altiva, temperamental, amante apasionada de su esposo, constante y muy celosa, austera de costumbres, abstemia y no muy generosa, con un carácter varonil, producto quizá de una esmerada educación para gobernar, capaz de superar cualquier flaqueza”.

De Juana de Castilla solo hemos conocido la primera parte de su vida, ya que a la muerte de la reina Isabel todavía no había sido recluida en Tordesillas. Según su biógrafo “Juana la Loca es uno de los personajes más patéticos de nuestra historia. Viuda a los ventiséis años, madre de seis hijos de los que vive muy pronto separada, acorralada por el poder, encerrada en sus habitaciones por su marido, recluida en Tordesillas por su padre, mantenida en cautiverio por su hijo Carlos, viviendo desde 1525 apartada de todos los suyos, hasta que le sobreviene la muerte treinta años después, no vive menos acorralada por los fantasmas que turban su mente y que le angustian día a día en los últimos de su vida”.

Si ustedes desean conocer mejor la personalidad y la vida de estas dos mujeres excepcionales por muy distintas razones, les recomiendo dos libros de gran interés que les permitirán adentrarse en su reinado y comprender mejor la época en la que les tocó vivir.

El biógrafo de Isabel de Castilla es nuestro Tarsicio de Azcona, reciente premio Principe de Viana de la Cultura, “acaso el mejor investigador del entorno de Isabel la Católica”, en palabras de Manuel Fernández Álvarez, uno de los grandes historiadores del siglo XVI. El libro, Isabel la Católica. Vida y reinado, La esfera de los libros, Madrid, 2002, se publicó por primera vez en 1964, ha sido objeto de tres revisiones en la BAC y dos más aparecidas en 2002 en el plazo de un mes. Se trata de un denso, documentado y pormenorizado estudio de 669 páginas en las que se pasa revista a los más variados frentes, con una panorámica final sobre Isabel y su reinado que habla mucho y bien del espíritu crítico del autor.

El segundo libro recomendado es el de Manuel Fernández Álvarez, Juana la Loca. La cautiva de Tordesillas, Círculo de lectores, Barcelona, 2000. El profesor Fernández es un experto en la historia de España de los siglos XVI y XVII, y un consumado maestro de la divulgación histórica. El libro rezuma sabiduría y buen hacer sin necesidad de aportar un aparato crítico inconmensurable y una exhaustiva bibliografía. Y el lector lo agradece, porque la lectura es ágil y casi novelesca. Si uno ojea el índice verá que todo comienza situando al personaje en su contexto. Juana pasa de ser, con apenas 16 años, condesa de Flandes y residente en Bruselas primero; princesa de Asturias y residente en España después; reina de Castilla ya con signos inequívocos de locura más tarde; y, finalmente, prisionera rodeada de una pequeña corte y una interminable soledad.

En resumen, dos libros que les permitirán ahondar en los trazos apenas entrevistos en la serie televisiva y que les documentarán la espera de la nueva que se nos anuncia, la relativa a Carlos I, nieto e hijo de ambas.

Diario de Navarra, 11/12/2014

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