Homenaje al Padre Muneta

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Muneta sigue con atención, partitura en mano, la interpretación de sus obras

El pasado 5 de noviembre, la Asociación Diego Gómez de Larraga programó en el Nuevo Casino de Pamplona un homenaje a Jesús María Muneta, galardonado recientememente con la Cruz de Carlos III el Noble por el Gobierno de Navarra.

El homenaje, menos solemne y protocolario que el recibido en el Palacio de Navarra, tuvo dos partes bien definidas. En la primera, Francesca Croccolino y Roberto Casado interpretaron cuatro obras del compositor navarro escritas para flauta y piano, dos de las cuales fueron estreno absoluto. La música biensonante de Muneta, en palabras del propio compositor, resonó limpia y hermosa en el reluciente marco del Nuevo Casino. A mi lado, Jesús Mari seguía atentamente la ejecución con las partituras en la mano, mientras que sus paisanos y amigos nos deleitábamos con una música llena de amor, trabajo y evocaciones varias. Me gustó especialmente la última, una hermosa pieza basada en los mayos de Albarracín, un buen ejemplo de la utilización de las melodías populares como fuente de inspiración.

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Francesca Croccolino y Roberto Casado, intérpretes del concierto

En la segunda parte, una mesa redonda quiso rememorar la figura del compositor desde tres perspectivas. Roberto Casado lo glosó desde el ángulo de la interpretación. Rebeca Madurga lo hizo desde la biografía y los reconocimientos. Y a mí me tocó disertar brevemente sobre el lado humano del autor, visto desde la perspectiva de un exalumno, como era mi caso.

Inicié mi comentario situando a Muneta y sus alumnos en el contexto de la Navarra de los años sesenta, pródiga en vocaciones religiosas. En el colegio de La Milagrosa de Pamplona tuve la ocasión de iniciarme en el mundo de la música de la mano del Padre Sagredo, músico sensible que tuvo como maestros a Remacha y Echeveste. A Muneta lo conocí en Cuenca, donde yo realicé el noviciado y él era el maestro de capilla. Fui uno de los solistas del coro de la comunidad, trabajé con él codo con codo en la parte musical de la liturgia y, empujado por él, comencé a estudiar solfeo y piano examinándome por libre en el Real Conservatorio de Madrid. Aquellos dos años en Cuenca me permitieron acercarme a la música culta, con momentos estelares como los conciertos de Odón Alonso al frente de la orquesta nacional y la de RTVE, y la Coral de Cámara de Pamplona bajo la dirección de Luis Morondo, todo ello en el marco de las Semanas de Música Religiosa de la ciudad.

El padre Muneta fue un educador respetuoso, tolerante, exigente, comprensivo, motivador y muy abierto, cosa poco habitual en la época. Y, por supuesto, muy trabajador. A él, como decía Picasso, la inspiración siempre le pilla trabajando. Desde entonces data mi amistad con él, que se ha mantenido a lo largo de los años hasta hoy día en que nos seguimos viendo en los veranos durante el ciclo de órgano Diego Gómez que tan brillantemente programa en la segunda quincena de agosto en Larraga.

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Vista parcial de los asistentes al concierto en el solemne marco del Nuevo Casino

Pero esta visión de Muneta, no es sólo mía. Con motivo de la concesión de la Cruz de Carlos III el Noble, recibí una carta de un antiguo alumno suyo con el que coincidí en Pamplona, que decía lo siguiente: “El Padre Muneta también dejó en mi un gran recuerdo, no sólo musical (¿te acuerdas del concurso de villancicos de Cuenca con el Padre Sanjuán de solista?), sino también como persona. Para mí en aquellos años duros de noviciado era la persona más cercana a nuestros problemas y una pequeña ventanita abierta a un mundo que nosotros todavía no habíamos hollado. Por eso me he atrevido a ponerte estas líneas: a mí me es difícil poder verle porque como te he dicho me muevo por unas coordenadas geográficas distantes, pero tú he entendido que lo ves con cierta normalidad. Quisiera que le trasmitieras mi más sincera enhorabuena, pero no individualmente de parte de Facundo que ni tan siquiera se acordará de mí, sino colectivamente de un grupo de gente que lo tuvimos como educador en Cuenca y siempre que nos reunimos en verano en nuestra tierra gallega terminamos hablando del Padre Muneta, sus partidos de frontón, su órgano y nuestras confesiones con él. Somos bastantes, algunos ya jubilados que no le olvidan. Román, en tus manos queda que le hagas llegar nuestro regalo”.

Unas palabras del homenajeado cerraron la velada. Una vez más quedó patente el agradecimiento de los suyos y el buen eco que su persona dejó en cuantos tratamos con él.

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