España y Polonia, dos estados de ánimo

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España y Polonia, dos integrantes de la UE con similitudes y diferencias

Decía Jean Jacques Rousseau que no es lo mismo viajar para ver países que para ver pueblos. Ese componente humano, consustancial a todo viaje, no es cuestión fácil cuando no se conoce el idioma. Pero una atenta mirada a nuestro alrededor nos permite intuir por donde van los tiros, además de admirar monumentos y paisajes naturales. Eso es lo que un grupo de amigos hemos intentado hacer en nuestra última salida vacacional, que tuvo como destino Polonia, lo que me suscita algunas reflexiones que quiero compartir con ustedes.

Salimos de nuestro país es un clima social y político casi irrespirable: se sucedían los casos de corrupción, las tensiones separatistas se agudizaban, las cifras del paro sufrían solo ligeros descensos y la predicada bonanza apenas era perceptible para la ciudadanía. En consecuencia, el estado de ánimo de esta misma ciudadanía era pesimista y tendente a la frustración colectiva, con el auge consiguiente de movimientos populistas que solo necesitaban permanecer sentados para ver pasar el cadaver de sus adversarios políticos. La llegada a Versovia nos permitió apreciar un estado de ánimo sustancialmente distinto. Bien es cierto que se concitaron una serie de circunstancias para que el viaje resultara magnífico: la cordialidad del grupo, la buena suerte con los guías, el buen tiempo, la atinada programación y la buena selección de los lugares visitados, entre ellos 6 enclaves declarados Patrimonio de la Humanidad: los cascos antiguos de las ciudades de Varsovia, Cracovia, Poznan, Torum y Gdansk, el castillo de Malbork, las minas de sal de Wieliczka, y el campo de concentración de Auschwitz. Con el añadido, además, de recorrer de norte a sur y de este a oeste una tierra que sorprende por ser básicamente una planicie sin fin. En definitiva, quedé sorprendido por el paisaje natural y artístico, pero más aún por el paisanaje.

Para buena parte del grupo, Polonia evocaba básicamente tres cosas. En primer lugar, una cierta simpatía como país doliente. La ausencia de fronteras naturales y la ubicación en una encrucijada en la que Prusia, Austria-Hungría y Rusia intentaron imponer su dominio, ha hecho que la historia polaca desde el siglo X sea la de un país en busca de un territorio estable. Polonia nos evocaba, además, un segundo rasgo coincidente con España: una tierra en la que la religión católica trasciende lo estrictamente religioso para convertirse en un poder que ha dominado la política, la sociedad y la cultura, impregnando su forma de ser y de sentir. Como tercer elemento, Polonia es el ejemplo máximo del holocausto judío en la II Guerra Mundial, un holocausto que encontró en Auschwitz la cumbre del horror nazi.

Si comparamos los datos básicos de los dos países referidos a 2012, estos presentan similitudes y diferencias: 505.000 kms cuadrados frente a 323.000; 47,3 millones de habitantes frente a 38,5; un PIB de 22.240 euros frente a 9.900; un crecimiento de -1,4% frente al 2,1; una tasa de paro de 27,1% frente al 13,4%. A esto debemos añadir dos datos más: Polonia ha tenido un crecimiento constante y significativo a lo largo de la última década y es uno de los pocos países europeos que ha conseguido esquivar la recesión entre 2009 y 2012, ayudado por su no vinculación al euro.

Con estos datos, la macroeconomía nos daba un resultado cantado: pese a algunas magnitudes negativas, el paro la más significativa, la situación de España era claramente favorable. Ahora bien, si nos hiciéramos la pregunta de quiénes viven mejor, si los españoles o los polacos, en mi opinión la respuesta generaría mayores dudas. Es verdad que el salario medio es mayor en España, pero los precios en Polonia son sustancialmente más bajos, con lo que la cuestión se equilibra grandemente. Pero hay otros factores intangibles que me parecieron especialmente relevantes. Entre otros, los polacos son un pueblo que mira optimista el futuro y cree en su propio país. No nos sorprende -dirán algunos- viviendo de donde vienen. Pero la pregunta es obvia: ¿y de dónde venimos nosotros? ¿Acaso hemos olvidado que hemos protagonizado como pueblo una etapa memorable -la transición- que aparece en todos los libros de historia? ¿Tiraremos por la borda lo conseguido? Los polacos me parecieron los españoles de los noventa: básicamente optimistas y confiados en su pueblo y en su país. Y este optimismo y esta confianza mueve montañas. Justamente las dos características que a nosotros nos faltan. Recuperarlas, además de esencial, es más cuestión de voluntad que de dinero.

Diario de Navarra, 13/11/2014

 

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