Los cansados

Los cansados

Los que reunimos la doble condición de padres/madres y docentes conocemos bien al personaje y su idiosincrasia: adolescentes de cuerpo vigoroso y mentalidad todavía infantil; inadecuación entre fuerza física y aparente y casi permanente abulia; preocupación por el cuerpo y práctica sistemática del feismo en ropa y aderezos; y gusto por el ejercicio físico compatible con un apego casi enfermizo a permanecer indolentemente sentado cuando no tumbado. Y eso, no sólo en época vacacional, que anima a una cierta holganza, sino también durante el curso ordinario, con lo que supone de estrés adicional a quienes conviven con ellos. Los rasgos que acabo de citar tal vez estén subrayados con trazo grueso, pero son perfectamente reconocibles con variados matices.

A sugerencia de la bibliotecaria de Oteiza, -aprovecho para glosar la impagable tarea de las bibliotecarias, por ser mayoría mujeres, a la hora de recomendarnos buenas lecturas, recogí hace unas semanas de la estantería de novedades un libro de Michel Serra, titulado “Los cansados”, editado por Alfaguara este mismo año, que pretendo glosarles brevemente. El texto, mitad novela, mitad ensayo, apenas tiene 150 páginas y constituye, en mi opinión, una agradable novedad, breve y jugosa. El tema no puede ser más manido: la visión de un padre posmoderno -se define a sí mismo como un burgués de izquierdas- y separado, por más señas, respecto a su hijo de 19 años, un auténtico extraterrestre en casa, casi siempre tumbado y cansado.

Su inicio es prometedor: “Pero ¿dónde coño estás? Te he llamado por teléfono cuatro veces por lo menos, y no me contestas nunca. Tu móvil suena que te suena, como los de los maridos adúlteros y las amantes ofendidas. La interminable retahíla de timbrazos da a entender tu activa renuencia o tu sosegada distracción: y no sé cuál es, de los dos “no contesto”, el más ofensivo”.(…) Lo único seguro es que has pasado por esta casa. Las pistas de tu presencia son inequívocas. La alfombrilla de la entrada es una pequeña cordillera de pliegues y hondonadas. Su honesta forma rectangular, cuando entras o sales de casa, no tiene escapatoria: se ve desfigurada por las huellas de tus enormes zapatos (…) En invierno, rastros de cieno y de hojas secas agregan osadas variantes de Land Art a los austeros diseños geométricos. En verano, el desastre es más pulcro, menos sugestivo respecto a la apoteosis invernal. Pero el calzado que impresiona y desarraiga siempre es el mismo: tú y tu tribu habéis abolido sandalias y mocasines en beneficio de esos cascos de goma acolchada que os engullen los pies durante todo el año, sea en la nieve húmeda o en la arena caliente (…) En la cocina, el fregadero está lleno de platos sucios. Manchas de salsa ya calcinadas por la sucesión de cocciones churretean los hornillos. Esa es la norma; la excepción es una sartén carbonizada, un colador mutilado de su mango, o una fuente de pírex con restos de macarrones que genera su propio moho en la balda al lado de la nevera”. A partir de ahí, la descripción continúa con la taza de café, el baño, las toallas, la ropa tirada, los calcetines sucios, y los aparatos electrónicos. Y concluye la descripción: “Todo queda encendido, nada apagado. Todo abierto, nada cerrado. Todo empezado, nada terminado. Tú eres el consumista perfecto. El sueño de todo jerarca o funcionario de la presente dictadura, a quien para mantener en pie sus muros delirantes le es necesario que todos quememos más de lo que nos calienta, comamos más de lo que nos alimenta, iluminemos más de lo que podemos ver, fumemos más de lo que podemos fumar, compremos más de lo que nos satiface”.

La descripción física y psicológica de esta juventud, en la que muchos padres y madres nos sentimos más o menos reflejados, la ubica el autor en un contexto de Occidente en el que los viejos serán la clase dominante y el resto los dominados. Eso le lleva a escribir una novela grandiosa y definitiva en la que lleva bastante tiempo trabajando La Gran Guerra Final que narrará la lucha entre Viejos y Jóvenes.

Pese a todo, lo mejor del libro me sigue pareciendo la lucha de amor-desamor con el hijo, la reflexión sobre los jóvenes de nuestro tiempo, la impostura de nuestra cultura, y ese espíritu desenfadado con que se enfrenta a un mundo en el que está irremediablemente inserto.

Bien escrito, bien articulado, mitad sátira social y encuentro-desencuentro afectivo, el libro es un viaje hacia una generación que se ha extendido horizontalmente por el mundo -su posición natural- y quizás desde esa postura pueda ver cosas que los adultos -los erectos- todavía no ven o ya no quieren ver. Recomendable para todas las edades, pero especialmente para los que todavía están disfrutando/padeciendo de hijos adolescentes. Que les sea leve.

Diario de Navarra, 16/10/2014

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