Candi López de Dicastillo, un hombre cabal

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Todos conocemos en nuestra vida personas sobresalientes en los más variados frentes: económicos, sociales, políticos, deportivos o culturales. Les sobra dinero, acaparan portadas, tienen poder, son estrellas mediáticas, rebosan cultura. Pero no todas están dotadas de eso que hemos venido en llamar la calidad humana. Candi López de Dicastillo, fallecido el pasado 7 de septiembre, no pertenecía a ninguno de esos primeros grupos, pero su muerte no ha pasado inadvertida porque era un digno representante del segundo.

El guión de su vida se parece mucho al de los que nacieron en la década de los cuarenta: el mayor de una familia de seis hermanos, vivo y de inteligencia natural despierta, fue a la escuela de Oteiza, comenzó a trabajar desde muy joven en los más diversos oficios, hasta que la industrialización de los años sesenta lo llevó a Salvat, donde permaneció hasta la jubilación . Aquí se casó con Consuelo, crió a sus tres hijos y vio crecer a sus nietos, el último nacido hace escasos meses, aunque la muerte le haya impedido conocer al que está próximo a llegar.

A la hora de hacer el balance de su vida, cuatro facetas creo que sobresalen en su trayectoria vital. En primer lugar, su amor a la familia. Ser el mayor imprime carácter, y Candi ejercía de ello. Consuelo, su hacendosa y discreta mujer que todo lo hace fácil, y sus tres hijos eran su vida. Le he oido y visto emocionarse con la trayectoria de los tres, vivos y emprendedores; disfrutar con los nietos; discutir y gozar con sus hermanos, cuidar amorosamente a su padre y llevarle las verduricas del huerto. Ese amor por la familia lo tenía en sentido expansivo. Llevo 20 años asistiendo con él a la comida de los Martínez de Eulate, de la que ambos somos consortes, y en la que Consuelo y él eran parte esencial de la fiesta.

En segundo lugar, su compromiso social, firme y nítido. Afiliado a la UGT, Candi estuvo siempre con la causa de los trabajadores a la que pertenecía. Remiso a ocupar cargos en el comité, su voz era, sin embargo, una referencia en la fábrica y en el sindicato, y sin tener el poder gozaba de eso que los antiguos llamaban la autoridad. No fueron años fáciles los de Salvat. Candi defendió valientemente sus ideas, y no se arrugaba ante otras opciones más radicales. Pero todo sin sectarismos, sin rencor, sin violencia. Ideas firmes y capacidad de diálogo marcaron su trayectoria. Así lo ratificaron ayer sus compañeros de Salvat que, en masa, acudieron a un funeral multitudinario para despedir a un amigo. Y, junto a la militancia sindical, la coherencia política, expresada en un compromiso sin carnet, pero con fe de vida.

En tercer lugar, su amor por la vida. Hombre inquieto y de gran iniciativa, la pronta jubilación le permitió viajar, una de sus pasiones, y conocer mundos y culturas distintos. Y junto a ello, disfrutar de la lectura, la conversación, la viña y el huerto.

Y en cuarto lugar, su pasión por el deporte, en especial por el futbol, representado en dos equipos, el Idoya y el Barça. Fueron sus dos amores. Iturtxipia ha perdido a uno de sus referentes. Allá, en lo alto de la tribuna, justo al lado del bar, se alzaba la voz de Candi, sabio y exigente, reclamando más orden, más actitud ofensiva o los cambios pertinentes, según los casos. Y con el Idoya, el Barça, el club de sus amores. En los últimos años visitaba las instalaciones del equipo y la Masía, recorría todas sus secciones y conocía uno por uno a los jugadores de los equipos inferiores. Munir ya lo tenía en mente antes que Del Bosque. Era tal sus barcelonismo, que su hijo Daniel depositó una bufanda sobre el féretro al llegar a la iglesia, que le arropó durante el funeral. Y, como contrapartida, un directivo del club llamó a la familia para dar el pésame por el fallecimiento de un culé de una pieza.

Pero una vida, intensa y breve como la suya, pasa su prueba de fuego en la hora decisiva. No es fácil enfrentarse cara a cara con la muerte a los 66 años, pese a que es una realidad incontestable. El cáncer pronosticado hace cuatro años lo vivió con entereza y sin dramatismo. Y aparentemente lo venció. Así se lo reconocieron los médicos en la revisión de este junio. Pero, lamentablemente, apareció de nuevo de improviso. En pocos meses, lo ha llevado a la tumba. Pero Candi, tampoco en esta ocasión se arrugó. Sabedor de que había perdido la batalla, se enfrentó con dignidad y gran sentido ético a lo inevitable. Llegado el tramo final, pidió que no se le alargara la vida, se levantó de la cama para despedir uno a uno a los suyos y, tras este trance que la familia dificilmente olvidará, mandó al equipo médico que procediera a sedarle. Dos días después, falleció entre el cariño de los suyos.

El funeral fue todo un acontecimiento. Rodeado de familiares, amigos, vecinos y multitud de personas que quisieron despedirlo, el acto tuvo más de celebración de vida, que de recuerdo de muerte. Angel, el párroco, nos transmitió el mensaje que el propio Candi le había dado para todos nosotros, concretado en dos palabras: perdón y gracias. En la celebración, se proclamó el evangelio de las bienaventuranzas. Candi, hombre de poca iglesia, pero de gran calidad vital, estoy seguro que las escucharía con gusto: bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Confiamos en que él, que luchó por la justicia y la equidad, encontrará el lugar que le corresponde. Esta es nuestra esperanza.

Diario de Navarra, 13/9/2014

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