Néstor Basterretxea

Nestor

El artista en una imagen reciente

El pasado 12 de julio, los medios de comunicación nos trajeron la noticia de que Néstor Basterretxea, nacido en Bermeo hace 90 años, había fallecido en el caserío Idurmendieta, su casa de Hondarribia, rodeado de los suyos, tras una vida plena en lo personal y lo artístico. Tras conocer la noticia, que escuché en la televisión, volví la vista en el salón de mi casa hacia la izquierda y contemplé de nuevo dos pequeñas obras artísticas del autor que me han acompañado desde hace 25 años y que me han permitido tenerlo muy presente en mi memoria.

Corría el año 1989. Los responsables de cultura de las cuatro diputaciones forales fuimos invitados a un viaje a los Estados Unidos, que tenía básicamente una finalidad: asistir a la inauguración de un monumento al pastor vasco que, previa suscripción popular y con la ayuda de las instituciones forales, pretendía homenajear a un colectivo de evidente importancia en los Estados de Idaho, Nevada y California, entre finales del siglo XIX y los años sesenta del pasado siglo. Tras vencer algunas reticencias y clarificar mi papel en los actos, ya que los aspectos cultural y político se entremezclaban en la iniciativa, cosa bastante habitual en aquellos años, emprendí viaje a Reno, la ciudad del Estado de Nevada donde se levanta la imponente escultura de bronce.

Pastorm

Monumento al Pastor Vasco. Reno. Nevada. USA

Dos cosas se me quedaron grabadas de aquella estancia. Por un lado, el cariño con el que los pastores y sus descendientes, muchos de ellos procedentes de los valles de Aézkoa, Salazar, Roncal y todo el norte de Navarra acogieron mis palabras de saludo. No era exactamente un vasco quien les hablaba, sino un navarro que sin menospreciar la cultura común, les dejó claro que representaba a una Comunidad distinta que quería vivir en armonía con sus vecinos con los que tantas cosas teníamos en común. Y aquella presencia de Navarra, su Navarra, la agradecieron especialmente. La segunda cosa fue la sorpresa con la que acogieron la obra del escultor. Ellos aspiraban a una obra realista, en la que el pastor fuera pastor, la oveja pareciera tal, y todo fuera perfectamente identificable. Y se encontraron con un soberbio monumento, más una idea que un elemento estrictamente descriptivo, en el que la soledad de la vida pastoril quedaba nítidamente reflejada en un enorme basamento, una ciclópea figura humana sin rostro específico, una oveja apenas sugerida en trazos rasgados sobre el propio bronce y, finalmente, una enorme luna como culminación, imagen real y poética de la dura vida que les había acompañado. Esta obra representó para el autor “el carácter esencial de ese arquetipo de nuestra cultura popular que es el pastor; su capacidad para vivir y trabajar en soledad. Ese fue el sentido de lo que quise hacer en Reno. Allí tuve conciencia del sentimiento de respeto y simpatía que se guarda por esos hombres que han sabido y saben cumplir con tan duro compromiso”. A mí el monumento, situado a la salida de Reno, en pleno desierto de Nevada, me gustó mucho, y pude hacerme con una pequeña copia de una serie de 50 que se puso a la venta, que es la que conservo en mi cuarto de estar. Mi relación con él fue muy cordial durante aquellos días, y algunos meses después recibí una hermosa serigrafía del lago Tahoe, una lámina de agua azul en medio del desierto, evocada en día de tormenta. No me resisto a transcribir para ustedes la dedicatoria de su puño y letra: “Homenaje al lago Tahoe, USA. Para mi querido amigo R.Felones. Néstor Basterretxea 89.”

Basterretxea, forjado en el exilio argentino como consecuencia de la guerra civil, regresó a España en 1952 y pasó a formar parte a finales de los cincuenta de los grupos de vanguardia más importantes del campo creativo. El equipo 57 y el grupo Gaur reunieron a personalidades tan sólidas y dsipares como Oteiza, Chillida, Mendiburu, Ruiz Balerdi, Amable Arias o Sistiaga. La pintura, el diseño industrial, la escultura, los cinematografía y la escritura, son eslabones en los que Basterretxea ha expresado su universo artístico y vital, un universo en el que la multidisciplinariedad es elemento característico. Probablemente, junto con los dos colosos, Oteiza y Chillida, Basterretxea compone la tríada más deslumbrante del arte vasco del siglo XX. Y probablemente también, su figura se ha visto oscurecida por las de estas dos sólidas personalidades artísticas. El legado de ambos, pese a pasar por serias dificultades de diverso tipo, está a salvo. Katrin Alberdi, restauradora y conservadora de la obra de Basterretxea, señalaba en una entrevista: “Yo espero que se le otorgue una posición importante porque artísticamente ha marcado mucho y ha hecho su propio camino. Es patrimonio cultural de todos y se merece un respeto y un sitio en la sociedad”. Mi deseo es que familia, instituciones y sociedad acierten en el empeño.

Diario de Navarra, 24/7/2014

 

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