En memoria de Joseba Urbe

Ioseba

El pasado jueves, 17 de julio, nos encontrábamos María Luisa y yo en el porche de casa, en una noche especialmente cálida y estival, cuando recibimos la noticia: Joseba Urbe se había matado con el tractor trabajando sus viñas en Cirauqui. Y, una vez más, quedó de manifiesto que la diferencia entre la felicidad y el drama no es sino una línea tenue, regida por no se sabe qué fuerzas ocultas.

Joseba era un chaval de 29 años, con el que nos unían lazos de relación y amistad. Desde los ocho años, tanto él como su hermano Iker habían comenzado a jugar en las secciones infantiles del Idoia, siempre acompañados de Gloria, su madre, viuda desde hacía poco tiempo, y de su tío Ezequiel. La presencia de ambos, Gloria y Ezequiel, fue permanente a lo largo de los años, y juntos recorrimos muchos de los lugares de la merindad acompañando a nuestros hijos, celebrando las cenas de fin de campaña, consolándolos en las derrotas y alegrándonos en los días de victoria. Hasta que, con el paso de los años, Joseba pasó a jugar en el equipo de su pueblo, el Zirauki. Lo que no impidió poder seguir saludando a Gloria y Ezequiel, y a los propios chicos, vinculados ahora a Oteiza a través del matrimonio de su hemana Amaia con Mitxel Sanz de Galdeano.

Aunque la muerte sea inexorable y casi siempre resulte inoportuna, hay casos en los que carece de toda lógica. Y el impacto en los que apenas saben de su existencia porque no va con ellos, es enorme. Eso indicaban los aledaños del tanatorio de Mercatondoa en Estella, la tarde del día siguiente, cuando me acerqué para saludar a Gloria y dar el último adiós a Joseba. Cuadrillas de jóvenes, de Cirauqui, Oteiza y otros lugares de la merindad, con la mirada perdida, lágrimas en los ojos y la pregunta en los labios. Copartícipes de un duelo que les había pillado de improviso. Me impresionó la serena presencia de Gloria, aislada de la multitud, junto a la caja de su hijo, sin levantar ni una sola vez la mirada, repasando sin duda, sus cortos y fructíferos 29 años de vida en común. Junto a ella Joseba dormía plácido, con su indumentaria futbolera y sus guantes de portero, redeado de flores y cariño, ajeno ya a un mundo que se desmoronaba a su alrededor y se convertía en preguntas sin respuesta.

Hay funerales que se definen por sus silencios. Y éste fue uno de ellos. Una multitud, tomado el término en sentido literal, de personas jóvenes la mayor parte, esperaban en el entorno de la hermosa iglesia de San Román de Cirauqui la llegada del cadáver. La tarde, calurosísima, no se prestaba a la espera callada y sosegada. Pero apenas hubo sino murmullos, lágrimas entrecortadas y abrazos. Lo recibimos en la escalinata, arropado por su familia y sus compañeros del club deportivo que, con sus camisetas amarillas, se encargaron de arroparle y acompañarle. A la finalización de la acogida, hermosa y cercana por parte del sacerdote que presidió la ceremonia, sonó una melodía que parecía surgir del alma de cada uno de nosotros.

La ceremonia religiosa, especialmente díficil en ocasiones como ésta, tuvo calor, color, hondura y humanidad. El sacerdote, amigo de la familia, tocó sin excesos la fibra sensible, glosó sus valores humanos, el compromiso con su familia y con su pueblo, y sus gustos y aficiones. Y los acompañantes, seguimos con silencio y respeto, en un templo abarrotado, una celebración que los creyentes creemos, entre la espera y la esperanza, que es una celebración de vida. Sonó el agur jaunak rotundo, sonoro y siempre melancólico en el ofertorio, que Joseba oiría con gusto, dada su afición a la música. Y la coral de Cirauqui acompañó el resto de los cantos de la celebración.

La emoción se desbordó en los momentos finales, cuando los amigos del club recordaron al entrañable compañero que guardaba la portería. Y prometieron dedicarle todos los goles que en la nueva división marque este año el club. Una carta, puesta en su boca por una joven familiar de Joseba, puso ese nudo en la garganta difícil de aguantar. Recordó su vida, sus compromisos, sus anhelos, su amor por la familia y por su pueblo, y nos dio un hasta pronto que será una realidad un poco antes o un poco después.

El aurresku sirvió de despedida civil. Me situé al lado de Javier Morentin, uno de sus grandes amigos y compañeros de trabajo, que no paró de sollozar sentidamente durante su interpretación. Era uno más, y muy representativo, del sentir generalizado. Se ha ido una buena persona y un gran tipo. Así se lo reconocieron sus compañeros de la charanga, que interpretaron para él una evocadora canción de despedida.

Leía por la mañana en el Aleph de Borges que “ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.”

Joseba ha dejado este primer mundo. Que junto a Pepito, su padre, su tío Ezequiel y el resto de sus familiares y amigos, siga viviendo esa otra vida que no tendrá fin.

 

 

 

 

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