El legado Várez Fisa

 José Luis Várez Fisa en el momento de firmar la donación al PradoLegado Várez

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Por razones vinculadas a mi nuevo destino en el Consejo Social de la UPNA, he vuelto a retomar una actividad casi olvidada, los viajes a Madrid, siempre con la misma cadencia: viaje en tren desde Tafalla a primera hora de la mañana y vuelta a última hora de la tarde para poder dormir en casa. Un trayecto cómodo y rápido que apenas desmerece del AVE, y permite realizar una intensa jormada en la capital. Como las reuniones y entrevistas son a horas desiguales y procuro huir de las largas sobremesas, casi siempre encuentro un hueco para escaparme a uno de los museos de las inmediaciones de Atocha: el Reina Sofía, el Thyssen, CaixaForum o el Prado, con radical preferencia por éste último.

En los últimos meses he tomado también otra decisión: visitar las exposiciones temporales de interés y comenzar una visita al museo por etapas en función del tiempo disponible. Sabia decisión de la que no me arrepiento, porque conozco pocos espacios en el mundo que posean un magnetismo mayor y te reserven sorpresas tan gratas en cada una de las visitas. Es como volver a las variaciones Goldberg o los conciertos de Branderburgo, o releer el Quijote cada verano. Siempre son el mismo y distinto Bach o Cervantes, y siempre encierran una nueva sorpresa.

Con este espíritu comencé el pasado 3 de junio la nueva visita al Prado. Y dentro de la pintura, la inicié con el capítulo de la pintura románica, escasa pero excelsamente representada por los conjuntos procedentes de Santa Cruz de Maderuelo (Segovia) y San Baudelio de Berlanga (Soria). Ambos conjuntos son lo más antiguo en pintura del museo, pero están llenos de una radical modernidad. La cacería de liebres del primero, y la creación de Adán y la escena del pecado original del segundo, encierran intuiciones que sólo las sacarán a la luz los grandes pintores del siglo XX.

Pero la visita tenía una especial finalidad, disfrutar del legado Várez Fisa, ubicado en la Sala 52A, planta baja, con acceso por la Puerta de Jerónimos. A principios de 2013, don José Luis Várez Fisa y su esposa, doña María Milagros Benegas Mendía, junto con sus hijos, realizaron una generosa donación de doce obras de arte al museo. En esta sala, que lleva el nombre de la familia, se expone el conjunto completo, incluyendo el gran artesonado procedente de Valencia de Don Juan (León). Las obras, una a una, son de gran calidad: un frontal de altar del círculo del maestro de Lluçà de en torno a 1200; un retablo con relieves escultóricos de San Juan Bautista, del último cuarto del siglo XIII; un retablo pictórico de San Cristóbal, obra de un autor castellano de finales del siglo XIII; la Virgen de Tobed, de finales del siglo XIV, atribuida a Jaume Serra; el ya comentado artesonado, de comienzos del XV, que cubre toda la sala; un retablo pictórico de la Virgen, obra del maestro de Torralba, de mediados del siglo XV; un San Antonio Abad de Joan Reixach, también de mediados del XV; un hermosísimo tríptico del Nacimiento de Jesús, que da nombre al maestro, de mediados del siglo; una Virgen entronizada con el Niño, obra de Gil de Siloé de finales del siglo XV; una tabla con San Gregorio Magno y San Jerónimo, de Pedro Berruguete, fechada en torno a 1500; un Cristo de Piedad entre David y Jeremías, obra de Diego de la Cruz, de las mismas fechas; un nacimiento de Cristo con un donante, obra de Fernando Llanos de comienzos del siglo XVI, y una tabla de la Virgen con el Niño de Juan de Flandes, fechada en torno a 1510.

Con la fascinación de la donación y la pretensión de comentársela a ustedes volví a Navarra. Y cuál no fue mi propresa al encontrar en el Diario de Navarra del día 10 de junio una esquela de don José Luis Várez Fisa, fallecido el día 8 de junio en Madrid. La explicación la daba el mismo medio en una información firmada por Miguel Lorenci. “Muere el mecenas Várez Fisa, creador de Laminaciones de Lesaca”. Nacido en Barcelona en 1928, se formó como ingeniero en la Ciudad Condal e hizo fortuna como empresario en Navarra. Llegó a Pamplona como consejero de la sucursal del Banco de España. Fundó en 1959 la empresa Laminaciones de Lesaca, industria de derivados del acero, que presidió. Vendió la empresa en 1973 a Altos Hornos de Vicaya para centrar su actividad en la promoción inmobiliaria y el sector financiero. Coleccionista de arte desde los años sesenta, se instaló en Madrid cuando ETA empezó a amenazar a los empresarios vascos.

Estos pecualiares orígenes son una razón más para visitar su legado en el Prado. Que la donación fuera conjunta del matrimonio y los hijos, nada menos que siete, dignifica a toda la familia. Una donación que justifica sobradamente las condecoraciones que recibió en vida. Sin duda estaban más que justificadas.

Diario de Navarra, 10/7/2014

 

 

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