Un Corpus más encarnado

CorpusProcesión del Corpus en Pamplona

Como persona amante del arte y de la cultura, siento una gran admiración por la liturgia eclesial, sobre todo en días especialmente solemnes. Y hay pocos a lolargo del año litúrgico que alcancen la simbología y la brillantez del Corpus Christi, sea ésta representada por las grandes procesiones y custodias, caso de Toledo, Granada o Sevilla, o por los más modestos altares y custodias rurales.

Uno de los primeros recuerdos que guardo de niño lo constituye el acompañar a mi padre a recoger en el río hierba verde y aneas para alfombrar nuestro trozo de calle al paso de la custodia eucarística. Una tradición que las vecinas del barrio han mantenido hasta hace un par de años, levantando en nuestra ventana un pequeño altar al que cada una aportaba lo mejor que tenía: el Sagrado Corazón de Jesús, los candelabros, las flores frescas, los tiestos más hermosos, alguna alfombra y los manteles de las “monjillas”. Hasta las campanas de la iglesia conventual han srguido sonando al paso de la procesión, pese a que hace ya una década que la comunidad de concepcionistas dejó el pueblo, camino de Zaragoza.

Pero esa fiesta entrañable, fruto de una espiritualidad propia de un tiempo en el que la Iglesia militante lo dominaba todo, también la calle, está en franca revisión. Y sería preciso adaptarla a los nuevos tiempos, sin tratar de perder su esencia. No es una peregrina idea que se me haya ocurrido a mí, sino que la revista Vida nueva, todo un referente eclesial, propugnaba en su número de esta semana “revisar la fanfarria en el Corpus, ya que el exceso de ostentación choca con la denuncia de las situaciones de pobreza”. En un editorial expresivo y nítido señalaba: “Nacida en Lieja en el siglo XIII, se extendió a toda la Iglesia. En algunos lugares, la procesión aparece como un cortejo de vanidades con vitola turística. Se vacían vitrinas de museos y se saca brillo al oro y la plata de copones, cálices y ajuar litúrgico. Enhiestas custodias, labradas con nobles metales, avanzan raudas por las calles. Entre el incienso asoma un tufo de vanidad. En las filas de la clerecía se reivindica el lugar que la reforma litúrgica conciliar le arrebató. El sacerdote denunciará las situaciones de pobreza sin atreverse a detener la ostentación de riqueza de la procesión posterior. El Misterio de la Eucaristía tirita tras la fanfarria. Se difuminan los pies cansados y las llagas abiertas que acarician y lavan las manos del Maestro, invitando a repetir el gesto supremo del amor entregado. La Iglesia debería revisar las formas de esta fiesta para hacer creíble la Transustanciación. La rodilla que se dobla ante el oropel debe doblarse también ante la injusticia del dolor. Lo demás es fanfarria; y hasta podría ser blasfemia”.

Pensé en ello el pasado domingo, mientras acompañaba a la procesión en Oteiza. Una modesta custodia, sin palio que la cobijara, paseó por el casco histórico en un día veraniego. Y en los tres discretos altares del recorrido, hechos con cariño y buen gusto por las vecinas del barrio, el párroco nos invitó a una triple reflexión: además de procesión y Eucaristía, era el día de la Caridad y, en consecuencia, de los más necesitados, la cara oculta y más real de la jornada que Caritas tan bien ejemplifica.

Y es que el Corpus, en Oteiza, habíamos tenido la ocasión de experimentarlo como sociedad entera el sábado anterior, en el que a iniciativa de un vecino solidario y comprometido, Carmelo Hortaleza, y con el apoyo de muchos otros cooperadores anónimos, 600 vecinos de Oteiza y Muniáin nos reunimos en torno a una mesa, para allegar fondos a fin de proseguir la recuperación de Fatimetou M´Bodj, una joven mauritana que la familia de Carmelo tiene acogida en su casa desde hace varios años para recuperar una de sus piernas. Pasaron muchos: pequeños conjuntos, coros, charangas, joteros, magos y cantautores. Tuvimos bingo y tómbola solidaria. Participamos todos, creyentes y no creyentes, sin distinción de clases, sexos, edad, color de la piel o simpatías políticas. Fue la fiesta solidaria más hermosa a la que yo he asistido en muchos años. Hasta el arroz y el caldero de carne, cocinado por un grupo de voluntarios dirigidos por la mano maestra de Manuel Fernández, estuvieron a la altura del acontecimiento.

La fiesta no tuvo contenido religioso, pero fue profundamente ética y, por entrañablemente humana, casi divina. Hacer más solidaria nuestra convivencia y atender mejor a los más débiles, podrían ser elementos clave en el replanteamiento de la fiesta del Corpus. Se trata de sacar nuevo brillo, y no necesariamente de seda y de oro, a un festividad que lo necesita.

Diario de Navarra, 26/6/2014

 

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